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Siempre me ha interesado pensar en la antigua y extraña relación entre periodismo y literatura, y acerca de cómo la obra de Rubén Darío y de los escritores modernistas hispanoamericanos han colocado ante nuestros ojos la verdad incuestionable de que ambos oficios se han enriquecido mutuamente a lo largo de los años; pese a que, como parientes distantes, se miran a veces con reticencia o con cierta desconfianza.

Como escritor de un particular período de entre-siglos era inevitable que el ejercicio intelectual más constante de Darío fuese el periodismo, que a la larga llegó a ser su modus vivendi permanente. Sucede que en literatura hay pocos escritores que logran crear nuevos lenguajes, y como se sabe Darío fue uno de ellos.

Recordemos que, ejerciendo como ejerció una importante influencia sobre otros escritores de su tiempo, él fue, si no el creador, uno de los principales impulsores del lenguaje modernista.

Es obvio que, además de Darío, el modernismo contó con excelentes poetas; sin embargo el lenguaje modernista a la larga logró articularse y llegó a configurar sus principales recursos estilísticos a través de la prosa. Y ese proceso tuvo como cauce más importante el periodismo, especialmente el más versátil de sus géneros: la crónica.

La generación de escritores hispanoamericanos de entre-siglos, es decir, entre los siglos XIX y XX, fue también una importante generación de periodistas. Casi todos ellos cultivaron la prosa con la misma disposición ética y estética con que cultivaron la poesía, y desarrollaron su labor creadora y crítica principalmente en los periódicos.

Pero eso tuvo causas determinadas. A finales del XIX se había producido un proceso que los historiadores califican de profesionalización de la literatura. Como consecuencia de la expansión capitalista, los “hombres de letras” abandonaron, o fueron abandonados, por el tradicional mecenazgo.

Los nobles linajes y otras instituciones antes venerables perdieron predominio, y la división del trabajo obligó a los escritores a insertarse en la economía de mercado, y a empezar a ganarse la vida con su oficio.

GIMNASIA ESTILÍSTICA

Durante ese período los periódicos experimentaron un gran impulso y se convirtieron en la puerta de entrada al mercado para muchos escritores.

Era la primera etapa de modernización o de industrialización del periodismo, en la cual los escritores encontraron espacio no solo para hacer “gimnasia estilística” (como llamó Darío al oficio periodístico), sino para desarrollar la prosa con grandes libertades; aunque pasando miserias debido a la falta de un mercado editorial desarrollado.

Precisamente en las “gimnasias” periodísticas de Darío puede observarse con claridad la profunda e imbricada necesidad de relación, en ambos oficios, con el ejercicio de narrar y con la voluntad constante y sistemática de observar y explicar críticamente los entornos humanos y sus complejas implicaciones.

Fue con el ejercicio del artículo, la reseña crítica, la semblanza, la entrevista y especialmente la crónica, o con la virtuosa combinación de todos ellos, que desde el tiempo de auge de los modernistas el periodismo hispanoamericano empezó a imbricar sus mejores dechados con la historia de la literatura.

La venezolana Susana Rotker ha señalado que la modernidad, la industrialización y el cosmopolitismo sacudieron la conciencia de los modernistas, lo cual, en efecto, no solo se reflejó en su poesía, sino también, y especialmente, en su prosa periodística, en sus crónicas.

PERIODISTAS POR NECESIDAD

Y es que no solo fueron poetas: debieron ser también redactores y corresponsales de periódicos, y como tales supieron mezclar literatura y periodismo “en la justa dosis”. Sus notas, reseñas, entrevistas, o la mezcla de ellas, resultaron ser, según Rotker, “obras fundacionales de la excelencia en la escritura periodística latinoamericana”.

Según el académico nicaragüense Noel Rivas, por sus características la crónica fue uno de los géneros idóneos para encauzar las colaboraciones periodísticas de los modernistas, que llevados generalmente por la necesidad se convirtieron en articulistas, críticos literarios, reseñadores y cronistas.

“Periodismo y literatura -anota Rivas- se beneficiaron mutuamente: los escritores por medio del periodismo comenzaron a difundir las metáforas configuradoras de la nueva imaginación artística… El periodismo comunicó a los escritores un sentido de la actualidad que afectó positivamente sus creaciones”.

La crónica no les imponía limitaciones. Con la única obligación de partir de un acontecimiento actual que interesara a los lectores de periódicos (una puesta en escena, la presentación de un libro, la semblanza de un personaje, el viaje a algún país remoto para ilustrar acerca de su cultura o historia), el escritor-periodista desplegaba libremente las más prolijas divagaciones e impresiones acerca de asuntos de actualidad.

En ese sentido Darío fue un verdadero maestro. También lo fue en la confección o la práctica de una hábil mixtura de géneros, principalmente la crónica, el artículo, la entrevista y la reseña crítica. La mezcla de ellos le permitía hacer semblanzas y descripciones verdaderamente magistrales y de gran profundidad.

No era para menos. Ya sabemos que ejerció el periodismo durante casi toda su vida. Empezó a publicar artículos desde que era un jovenzuelo en Nicaragua; trabajó para periódicos de Centroamérica, el resto de América Latina y España.

Fue redactor, fundador y director de diarios, semanarios y revistas. En lengua española no existe publicación periódica de importancia en su tiempo donde no haya aparecido su nombre ocupando un lugar destacado.

Como corresponsal en Europa durante casi un cuarto de siglo, Darío fue sin duda un virtuoso ejecutor de combinaciones genéricas, capaz de difuminar, no solo las fronteras inter-genéricas del periodismo, sino también las fronteras entre el periodismo y la literatura.

HERENCIA PERIODÍSTICA

Su herencia periodística es extraordinaria, aunque hasta ahora muy poco estudiada. Lo que en cierto momento consideró sus mejores dechados del oficio periodístico, él mismo los recopiló, organizó y estructuró en una docena de libros:

Los Raros (1896), España contemporánea, Peregrinaciones (1901), La caravana pasa (1902), Tierras solares -y Tierras de bruma-(1904), Opiniones (1906), Parisiana (1907), Viaje a Nicaragua -e Intermezzo tropical-(1909), Letras (1911), Todo al vuelo (1912), Historia de mis libros (1913) y Autobiografía (1915).

Lo demás quedó disperso en múltiples publicaciones de América y España, principalmente en las páginas del diario La Nación, de Buenos Aires.

En su tesis doctoral, el crítico nicaragüense Leonel Delgado asume la producción periodística de Darío y su novela inconclusa El oro de Mallorca, como materia autobiográfica, y comparto su criterio, pues también considero que toda obra literaria es en esencia autobiográfica.

Tengo incluso el convencimiento de que sus dos autobiografías stricto sensu, y en buena medida su novela, constituyen ejercicios de crónica.

En cierto modo también sus crónicas y muchos de sus artículos periodísticos están afectados por cierta reminiscencia ficcional, como lo evidencian las constantes indecisiones y dudas de quienes han recopilado sus cuentos completos, entre los que se incluyen o excluyen textos que para unos son periodísticos y para otros, legítima ficción.

LAS CRÓNICAS DISPERSAS

En los últimos años la Academia Nicaragüense de la Lengua ha publicado dos tomos con más de un centenar de textos periodísticos dispersos de Darío, que originalmente fueron publicados en La Nación y que él excluyó de sus libros.

Forman parte de más de doscientos textos rastreados, recuperados y anotados por el investigador alemán Günter Schmigalle, y publicados parcialmente bajo el título Crónicas desconocidas (2008, 2010), en cuya introducción Schmigalle se pregunta si se impusieron en Darío razones de calidad o de temática en el proceso de discriminación.

Si estas crónicas se han quedado al margen de los más de diez volúmenes reunidos por Darío, ¿Significa que son textos de calidad inferior? se pregunta Schmigalle, quien reconoce que Darío, al compilar sus crónicas, se guiaba sobre todo por un criterio de calidad, y escogió las “mejores”.

Supone además que para Darío las “mejores” eran aquellas que seguían un modelo clásico de crónica; aunque mi impresión general (que sin duda es también la de Schmigalle) es que en el proceso de selección para compilar esos volúmenes hubo también un juicioso rigor temático.

Para comprender ese proceso selectivo debemos recordar que, en una época en que los periódicos y revistas llegaron a convertirse en la más palpable y reconocida representación del espacio público, los modernistas tuvieron que abrirse espacios a veces con editoriales políticos, información gacetillera y hasta con anuncios.

Muy pronto también tendrían que enfrentarse con un rival engendrado entre los vertiginosos cambios de las nuevas urbes, y que proporcionaba ahora a los lectores la noticia de último momento.

Al fallecer Darío en 1916 ya había ganado campo en los periódicos del mundo la divisa norteamericana de la especialización informativa, y había nacido la figura del repórter o reportero; el rastreador de noticias interesado más en lo informativo, en lo sensacionalista, que en lo ilustrativo o erudito; y ya menos concentrado en el estilo.

Ante esta nueva competencia los escritores modernistas siguieron recurriendo a la crónica y sus combinaciones como un espacio que les había permitido, y hasta entonces les permitía, al mismo tiempo, informar al público y desarrollar su creatividad literaria.

Sin embargo, esa función de la crónica hizo que en cierto momento de los inicios del siglo XX quedaran en relativa desventaja en su puja constante contra aquella nueva figura campeando en las salas de redacción. Darío llegó incluso a formular una sentencia al respecto: “El repórter –dijo- no podrá nunca desarrollar un estilo”.

Era el inicio de una nueva etapa del periodismo que marcaría su dinámica durante casi la totalidad del siglo XX. Aunque, a finales del mismo, el oficio se obligó de nuevo a evolucionar de diversas formas frente a los retos del auge audiovisual y la tecnología; volviendo otra vez su mirada hacia géneros más versátiles como la crónica.

 

UN GÉNERO APRESADO POR LA NOSTALGIA

Hoy día, en pleno albor del siglo XXI, los periodistas sabemos que eventualmente resulta saludable o conveniente para un reportero olvidarse del esquema de pirámide invertida e incorporar, incluso en una simple nota informativa, los recursos de una crónica y hasta un propio estilo literario.

En una época en que el mercado y la revolución tecnológica han modificado las más legítimas y arraigadas expresiones de la cultura, y han trastocado a fondo la relación entre literatura y lectores, entre medios y sociedad; la crónica debe dejar de ser, como decía el mexicano Carlos Monsiváis, “un género apresado por la nostalgia”.

Así las cosas, no les vendría mal a los nuevos comunicadores y estudiantes de comunicación, asomarse a la prosa periodística de los modernistas, especialmente la de Darío, y exigir su estudio sistemático en los pénsum académicos.

Eso les permitiría, además de enterarse de innumerables y sorprendentes trucos y procedimientos en el ejercicio de los distintos géneros; aproximarse también a una compresión de los contextos históricos que enfrentó la dinámica del pensamiento modernista.

 

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