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Henry L. Sheldon, ilustrado estadounidense de visita en Granada a finales del siglo XIX, afirmó que el “Hotel Downing” era el mejor centro recreativo de la ciudad, tanto para sus vecinos acomodados como para sus numerosos huéspedes nacionales y extranjeros. Realmente es un lugar muy confortable —dejaría escrito. El desayuno ya estaba servido en las mesas cuando se dirigió al comedor, separado por una baranda donde verdes enredaderas lo protegían de los resplandecientes rayos del sol que entraban por un patio interior. En las paredes colgaban adornos y cuadros.

Otro viajero procedente de los Estados Unidos, Frank Vincent, no fue tan optimista. Curioso, midió sus habitaciones —cuarenta por treinta pies de largo y ancho respectivamente—, el tamaño de sus puertas —seis pies de ancho y quince de alto—, más el grosor de sus paredes: tres pies. La altura del techo estaba a 30 pies de las cabezas de sus huéspedes. Seis camas cabían en cada habitación, de manera que estas semejaban una sala de hospital antes que una posada; además, al carecer de ventanas, no eran muy ventiladas y luminosas.

Darío y sus cuatro primeros hospedajes

El sábado 27 de enero de 1882 llegó a Granada el joven quinceañero Rubén Darío. Invitado por el senador y periodista don Anselmo H. Rivas, se hospedó en el “Hotel de los Leones”. Tal era el nombre que el norteamericano Alejandro Alberto Downing Richardson (1843-1907) había dado a su establecimiento de acuerdo con su ubicación: al final de la Plazuela del mismo nombre. Apenas tres días duro esta visita del celebrado poeta-niño, pues el 30 se marcharía a Managua. El primero en visitarlo, en traje de gran ceremonial, fue el poeta popular Procopio Vado y Zurrizana (1818-191?); luego don Anselmo y don Enrique Guzmán recibieron a Darío en sus casas, respectivamente, el 28 y el 29. Ese día el novel vate —como le llamaría Guzmán en su “Diario”— había escrito unos prometidos versos a la hija recién nacida de don Anselmo: “Ecos del alma”.

En noviembre de 1883 Darío volvió a ser huésped de Míster Downing. Un amigo granadino, a quien había conocido en León, le propuso trabajar como dependiente en su recién instalada casa de comercio. Se trataba del acaudalado y culto caballero don Ricardo Vargas, recién venido de París. En su propuesta, Vargas incluía el buen trato, la habitación y la espléndida mesa del ya famoso hotel. Todo el mundo —consigna Pedro J. Cuadra Ch.— se reía de la peregrina ocurrencia de Vargas… Curioso sería encontrar el detalle de la cuenta que Mr. Downing presentó entonces al señor Vargas, responsable de los gastos de su genial empleado, el cabo de una o dos semanas de regalarle el pico a tan egregio huésped. El señor Vargas se fue de espaldas. ¡Ha de haber pedido hasta champaña…! En los primeros días de diciembre, Rubén ya estaba en León.

Por tercera vez se instaló Darío en el hotel. Según la lista impresa de sus huéspedes, destinada a la Gobernación de Policía, permaneció allí del 12 de junio al 1 de julio de 1884, es decir, 21 días; procedente de León, declaró que su profesión era “Lírico”. Tenía entonces 17 años. De esa estada, sólo se sabe de una composición que escribió para el cumpleaños de la profesora norteamericana Emilia C. Day, directora del Colegio de Señoritas, leída el 24 de agosto. Pero ya no era huésped de Míster Downing.

El joven literato retornó al hotel a principios de mayo de 1886, mientras integraba el séquito del presidente Adán Cárdenas en una gira oficial a Rivas. Ya estamos en Granada. Downing, el hombre-imán, se apodera de nosotros, nos trae con sus elegantes coches, y hétenos aquí instalados en el establecimiento, comiendo en espera de partir en el vapor Victoria, que tras unas horitas que han pasado, pita, recibe a los pasajeros y leva el ancla. Tal fue el testimonio que Rubén dejó en su “artículo semi-poético y al vapor”, titulado “Un viaje a Rivas pasando por otras partes”. Su autor ya había cumplido los 19 años.

Anuncios del “Hotel de los Leones”


El “Gran Hotel de los Leones”, según anuncio de 1878, ofrecía cuartos con puertas a la calle. Hay en él periódicos de EE.UU. y Europa, un magnífico piano, dos billares, baños tibios y fríos, una ovípara cocina americana y acopio de los mejores vinos y licores. Su dueño respetaba, incluyendo el Jueves Santo, las abstinencias de la Semana Mayor. Pero el Viernes su restaurante se llenaba de gente para comer carne. Ese día se mataban en el hotel una ternera, un chompipe y un chivo, como lo informa en 1895 uno de sus comensales: Gustavo Guzmán.

Además, el establecimiento ofrecía venta de conservas y regalos empaquetados, más alquiler de carruajes y caballos. En realidad, como lo he señalado en mi libro Granada: aldea señorial, a Míster Downing se le debe la introducción del pavo a la manera estadounidense en la cocina granadina. Cada mediodía del 24 de diciembre, Downing salía en uno de sus coches —que llevaba pintado en la capota trasera un gran chompipe— a recorrer las calles; un muchacho le acompañaba tocando un gran bombo. “Esta manera de anunciar las cenas del 24 le fue siempre muy productiva a su propietario” —recordó el granadino Pío Bolaños.

Autor de Granada: ciudad trágica, Bolaños agrega que a Míster Downing la gente lo llamaba “Dóniga” y que su esposa era doña Sabina Selva Jiménez (1839-1928), quien vivía en el mismo hotel y lo atendía muy bien. El matrimonio procreó hijos varones y mujeres, estas muy cultas y de singular belleza. Entre ellas mi bisabuela paterna Rosa Matilde Downing Selva, casada con don José Antonio Cuadra Gómez, hijo de don Vicente Cuadra Lugo.

Bolaños afirma también: “Este yankee, nacido en Missouri, nunca aprendió a hablar ni a pronunciar bien el español, y con frecuencia trastocaba los géneros; para él no existía el femenino. A su esposa le decía el Sabino, al apellido Chamorro lo llamaba Chamarra y por estilo a otros, cambiándoles las letras. Daba risa oírlo hablar en español, sobre todo cuando estaba en vena”. Su nieto Orlando Cuadra Downing me refirió que, estando enfermo de gravedad uno de sus hijos, Míster Downing exclamaba amenazando: —Si se muere la Rodolfa, incendio el manzano. Sin duda, don Alejandro Alberto Downing Richardson —uno de mis 16 tatarabuelos— sabía del efecto humorístico de su pronunciación castellana. De hecho, era un gran aficionado a las bromas y una de ellas generó un dicho circunscrito al vecindario granadino, pero olvidado hace mucho tiempo.

La anécdota de Cambpell

Un negrazo que protagonizaba un espectáculo, donde exhibía su contextura y destrezas musculares, se hospedó en el “Hotel de los Leones”. Al fracasar económicamente, Cambpell se marchó del hotel sin pagar un centavo, instalándose en el barrio de Jalteva. Míster Downing le mandaba a cobrar todos los días, sin resultado alguno; entonces fue personalmente a visitarlo, pero sólo recibió puñetazos. De regreso, dijo a otro acreedor del negro: —Ya está pagando Cambpell y el otro acreedor fue pegado —no pagado— de la misma forma. Así quedó por algún tiempo el dicho que se aplicaba a deudores respondones o agresivos.

El águila de Ubau

Entre la juventud, y aún entre las personas mayores, era de rigor llegar a comer los domingos por la noche al “Hotel de los Leones”, donde también se organizaban periódicos banquetes. El más notable lo ofrecía míster Downing, cada 4 de julio, para celebrar el aniversario de la independencia de los Estados Unidos, su patria original. Naturalmente, asistía el ministro de los Estados Unidos y la flor y nata de la sociedad granadina. En uno de ellos, transcurridos los discursos programados, decidió tomar la palabra el popularísimo Joaquín Ubau, un chispeante y dicharachero vecino que comenzó diciendo:

—Brindo por el Águila del Norte que vuela, vuela, vuela… — y, como la idea que iba a desarrollar se le fue de golpe, siguió repitiendo el verbo seis veces, sin alterarse: vuela, y vuela, y vuela, y vuela, y vuela, y vuela…

A tal altura, y cuando las risas por la indetenible voladera estaban a punto de reventar, a un chusco se le ocurrió preguntarle inesperadamente:
—¿Y hasta cuándo va a dejar de volar, Joaquín?
—¡Hasta que se le rompa el bicho! —contestó Ubau, produciendo la mayor hilaridad colectiva que tuvo lugar en el “Hotel de los Leones”.

Por supuesto, el ministro norteamericano, no había entendido la reacción del público. Interrogando a míster Downing, este tuvo que explicarle en inglés la causa del festivo incidente.

Descendencia

Don Alejandro Alberto Downing era cuatro años menor que doña Sabina Selva Jiménez. Ella le sobrevivió 21 y tuvieron 9 hijos: 1. Guillermo Enrique, casado con Santos Sánchez; 2. Rosa Matilde Downing, casada con José Antonio Cuadra; 3. Enma Downing, casada con Agustín Chamorro; 4. Aida Downing, casada con Gustavo Pasos; 5. Amanda Downing, religiosa: madre Catalina; 6. Luis Alejandro Downing (1880-1943), casado con Antonina Urtecho; 7. Rodolfo (se desconoce cónyuge); 8. Orlando (idem); y Emilio, casado con Matilde Arceyut. Al menos, de esos enlaces descienden los Downing-Sánchez, Cuadra-Downing (entre ellas mi abuela paterna: Elena), Chamorro-Downing, Pasos-Downing; Downing-Urtecho y Downing Arceyut, con sus respectivas proles.

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