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El título de primera mujer del arte y las letras nicaragüenses lo merece María Teresa Sánchez, nacida en León, aproximadamente en 1918 y fallecida en agosto de 1994. Su nombre fue una institución, una leyenda, un carácter, por lo menos desde el 17 de abril de 1942. En esta fecha fundó con su compañero de vida Pablo Steiner (1917-1986) el Círculo de Letras “Nuevos Horizontes”, que logró significar más de lo que su nombre sugería.

Nuevos Horizontes

En la práctica, Nuevos Horizontes se transformaría en una tribuna progresista, abierta a todas las corrientes y modas ideológicas, permanente e intensa; en un centro que organizaba charlas y concursos, exposiciones y conferencias; editaba libros, folletos y revistas (la que llevaba su mismo nombre: Nuevos Horizontes; Pruebas de imprenta y Pipil, para niños); auspiciaba recitales de piano y acogía intelectuales nacionales e internacionales, practicando una verdadera solidaridad.
En fin, esta entidad hegemonizó la vida cultural de Managua durante los años cuarenta y cincuenta, convirtiéndose —según Pablo Antonio Cuadra— casi en un “Ministerio de Cultura privado y en una cancillería de relaciones poéticas”. Y eso fue, desde su instalación hasta aproximadamente 1955, año en que los colaboradores de su revista y los asistentes a sus tertulias celebraron sus tres lustros de existencia con una serie de nueve charlas, entre ellas la de Carlos Martínez Rivas: “Don Quijote en la obra de Rubén Darío”.

Los concursos

De los concursos de Nuevos Horizontes se tiene noticia del realizado en marzo de 1944, siendo sus jurados Juan Ramón Avilés, Antonio Barquero y Pablo Steiner. En él participaron veinte obras y la rama de poesía fue declarada desierta. Por eso el tribunal calificador decidió otorgar tres premios a “Cuentos de muertos” de Pablo Antonio Cuadra, “Entre compadres”, cuento de Adolfo Calero Orozco y a la obra teatral “Polvo y espíritu” de Diego Manuel Sequeira. También acordó otorgar un accésit al ensayo de Manolo Cuadra: “Vigencia y triunfo de lo romántico”.

Para entonces el “Círculo…” en cuestión ya era historia digna de valorarse. No en vano había impulsado, como ninguna otra entidad privada y oficial de su tiempo, el arte y la literatura nacionales. Así lo declaraba Cabrales —muy reservado para el elogio— al escribir: “De 1940 a 1955 Nuevos Horizontes fue el único refugio para la cultura nicaragüense. Para todos los sectores… sin discriminaciones, ni privilegios, ni exclusiones. Es todo lo que se podía pedir y todo lo que se dio ni más ni menos”.

Sin duda, Cabrales no solo aludía a la revista Nuevos Horizontes, aparecida desde el 1ro de abril de 1942, sino también a sus “Noches” y, en general, a todas sus actividades, como exposiciones pictóricas de artistas nacionales y extranjeros, además de conferencias. De todas ellas, sobresalió el hospedaje a figuras internacionales como el español León Felipe (1884-1968) y el uruguayo Félix Perayo que hicieron época en el ambiente capitalino de los años cuarenta.

Solo como muestra selectiva, he aquí tres “Noches” culturales promovidas en Nuevos Horizontes hasta 1950: “Vicente Huidobro y el creacionismo” de Joaquín Pasos, “Sobre el Paraíso Recobrado” (una autoexégesis) de Carlos Martínez Rivas y “Poetas jóvenes nicaragüenses” de Ernesto Gutiérrez (1929-1988). Como lo resumía María Teresa Sánchez en su presentación “Diez años de labor” al número de la revista conmemorativo del décimo aniversario de la institución, esta “recibió a escritores de todas las latitudes y tendencias y a pintores de todas las escuelas… Nuestra revista —puntualizaba— no hizo discriminaciones entre lo supuestamente moderno y lo arbitrariamente conservador”.

La revista

La revista Nuevos Horizontes, pues, no pudo relegarse al olvido. Su calidad resultó quizás desigual, pero ejercería una gran influencia durante los años cuarenta y buena parte de los cincuenta perdurando hasta 1972. Tuvo cuatro etapas y, en más de sesenta números a lo largo de 30 años, acogió a todas las conocidas plumas nacionales y muchas extranjeras. En sus números se publicaron algunas de las conferencias promovidas por el “Círculo”. Más sus colaboraciones, aparte de textos literarios, abarcaron temas históricos, científicos, artísticos y sociales.

La editorial

Tampoco es imposible eludir la pionera y significativa labor editorial de Nuevos Horizontes iniciada en 1942 con la importante obra narrativa Contra Sandino en la montaña (1942) de Manolo Cuadra, la novela regional Juan de Pedro Cabrera y el estudio de sociología literaria Neurosis en la literatura centroamericana del guatemalteco Ramiro de Córdoba (1892-1964), pseudónimo de Gustavo Martínez Nolasco, otro de los escritores allegados a Nuevos Horizontes. Dicha labor fue proseguida con más de una docena de títulos fundamentales de la cultura nacional, entre ellos Ideología (1942), de Sofonías Salvatierra, Filología nicaragüense (1943) de Alfonso Valle, Cosmapa (1944) de José Román, Teatro folclórico nicaragüense (1946) de Francisco Pérez Estrada, Cuentos pinoleros (1946) de Adolfo Calero Orozco, Breve suma (1947) de Joaquín Pasos, y Poesía nicaragüense (1948), compilada por María Teresa Sánchez, profusa y utilísima antología.

A los anteriores habría que añadir varios títulos no menos interesantes: El problema del indio en Nicaragua (1943) de Emilio Álvarez Lejarza, folleto núm. 2 de una serie iniciada el año referido; los nuevos números de la importante “Serie Bibliográfica de la Biblioteca Americana de Nicaragua” (1944-47), una decena de publicaciones oficiales de la Secretaría de Agricultura y Trabajo, otra tesis de doctorado en Leyes de la Universidad Central de Managua, media docena de homenajes necrológicos o variantes actualizadas de antiguas coronas fúnebres y El soplón (1943) de Bertolt Brecht.

Los “Cuadernos de literatura extranjera”

Traducido por José Coronel Urtecho, este folleto inauguró la serie “Cuadernos de literatura extranjera”, reanudada cuatro años después con Arturo Rimbaud. Biografía. Apuntes (1947), Edgar Allan Poe (1947), Paul Verlaine (1947) y una reimpresión del primero de Brecht. Tal ámbito, cabe subrayarlo, ya había accedido modernamente a la revista por medio de estudios y compilaciones de Pablo Steiner (“Literatura de la Rusia Soviética”), Luis Alberto Cabrales (“Sobre literatura checo-eslovaca”) y María Teresa Sánchez (“El poeta Langston Hughes”).

Finalmente, para completar los títulos de la Editorial, habría que citar algunos libros de ensayos filosóficos como Marginalia (1938) de Francisco José Cardona, o tratados como el Derecho Internacional (1947) de Ildefonso Palma Martínez, o publicaciones ilustradas como el Álbum de Nicaragua (1946) o la folletería de la “Federación Nacional de Scouts”, que tuvo en “Pablito” uno de sus líderes, o guías informativas periódicas como el Anuario centroamericano (1944).

Resumiendo: “Nuevos Horizontes” fue una ágora y un hogar para el pensamiento y la creación. Un centro de la Managua preterremoto del 72 que convocaba el humor y la inteligencia, la alegría y el trabajo.

Carrera literaria

Paralelamente, su fundadora y promotora desarrolló una carrera literaria que tuvo proyecciones sostenidas y valiosas, sobre todo en poesía y narrativa; más una afición plástica —escultura, óleos y miniaturas— que dejó piezas perdurables como “La Virgen y el Cristo de la Gruta Xavier”. Esta faceta de su personalidad abarcó varias exposiciones, como la inaugurada el 6 de julio de 1962 en la Escuela Nacional de Bellas Artes —y que comprendió 40 óleos figurativos— y la de la Galería 452 en San José, Costa Rica, del 14 al 18 de noviembre, 1973.

Su obra poética, vacilante en Sombras (1941) y en Oasis (1943), no exenta de ecos ajenos en Canción de los caminos (1949), maduró hacia una interioridad plena, concisa en su expresión y cargada de hondos sentimientos. Canto amargo (1948) y Poemas de la tarde (1964), sustentados en la soledad y el misterio, reflejan esa madurez que aprehende el esplendor de Dios; así lo refleja en su último poemario aparecido en vida de su autora, titulado precisamente Poemas agradeciendo a Dios (1966).

Como cuentista, María Teresa Sánchez aportó un libro muy apreciable: El hombre feliz y otros cuentos (1957) en el cual, según Mariano Fiallos Gil se adentra “con feliz resultado por los vericuetos de psiquis de personajes”. Y no solo eso: gestado al margen del regionalismo dominante de la época, contiene tres cuentos representativos y antológicos (“El ciudadano”, “Juan Turín” y el que da título al volumen).

María Teresa Sánchez extendió su vibración centrípeta a otros países del Istmo, Sudamérica y el Caribe. Germinó allí inquietudes fecundas y recuerdos imborrables. Toda una documentación manuscrita e impresa, pero dispersa, está disponible para ilustrarlo.

Pero aquí es preciso subrayar el título de primera mujer del arte y las letras nicaragüenses no solo en su sentido cronológico sino desde la magnitud de sus obras. Las obras de María Teresa pintora, miniaturista y escultora; de María Teresa poetisa, alto valor femenino del verso centroamericano contemporáneo; de María Teresa cuentista, autora de un libro fundamental en nuestra narrativa; de María Teresa antóloga, compiladora de una fuente que en su momento —1948— fue reveladora y comprensiva, y hoy útil e insustituible: su antología de Poesía nicaragüense (1948 y 1965); de la María Teresa, finalmente, ensayista y dariana, pues allí está su monografía florida de amor a Rubén Darío: El poeta pregunta por Stella (1967).

A todo lo anterior, añádase que María Teresa Sánchez ha sido —o fue— la única intelectual que obtuvo más premios nacionales “Rubén Darío”, en cuatro ocasiones (1945, 1948, 1957 y 1958) y en tres géneros: poesía, ensayo, cuento y en poesía de nuevo, pero esta vez a nivel centroamericano.

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