Sébastien Perrot-Minnot*
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La actualidad científica internacional muestra que el poblamiento inicial de América suscita, hoy en día, un intenso interés. Lógicamente, el tema provoca también acalorados debates. Uno de los más importantes concierne a la antigüedad de la presencia humana en el continente: la misma todavía no puede ser claramente fechada. Lo que se puede razonablemente afirmar es que los primeros humanos entraron al Nuevo Mundo al final de la era del Pleistoceno, durante la glaciación de Wisconsin (80,000-11,000 años atrás, aproximadamente); con toda probabilidad, emprendieron esta crucial migración después del pico de la glaciación, ocurrido hace unos 21,000 años.

Por cierto, los yacimientos arqueológicos más antiguos conocidos en América, y cuya datación es aceptada sin demasiadas reservas por la comunidad científica, tienen entre 15,000 y 16,000 años de edad; están ubicados en Estados Unidos. En Sudamérica, el sitio de Monte Verde (Chile) reveló una ocupación remontándose a unos 14,600 años, pero un reciente estudio sugiere que el lugar ya pudo ser habitado hace 18,500 años…

Así, si exceptuamos el caso de la Antártida, América aparece como el último Continente en haber sido ocupado por el hombre. Su colonización inicial se desarrolló durante el periodo Paleoindio, que se extiende hasta el VIII milenio a. C., precediendo el periodo Arcaico.

Los discretos vestigios paleoindios fueron descubiertos en miles de lugares, del Ártico a la Patagonia, y del Pacífico al Atlántico. Incluyen artefactos de piedra, principalmente, pero también de hueso, marfil, concha y madera. Se pueden atribuir a humanos modernos (Homo Sapiens) venidos, originalmente, del noreste de Asia. Estos primeros americanos estaban organizados en grupos familiares, clánicos o tribales, que llevaban una vida nómada. Se ha establecido que eran extremadamente móviles, y que se desplazaban con un asombroso sentido de la orientación.

Aseguraban su subsistencia practicando la cacería, la pesca y la recolección, en medioambientes muy diferentes de los que podemos apreciar en la actualidad. Por otro lado, se dedicaban a actividades artísticas y rituales. Cabe notar que los restos arqueológicos, y en particular puntas de proyectil admirablemente elaboradas, permitieron definir diversas tradiciones culturales.

En Centroamérica, hasta la fecha, el periodo Paleoindio ha recibido una atención muy limitada: su estudio ha sido afectado por la fama de civilizaciones precolombinas más tardías, y por prejuicios tenaces, desvalorizando el “hombre prehistórico”. De Chiapas, México a Panamá, solo se reportaron unos 50 sitios paleoindios, de los cuales, menos de la mitad fue objeto de excavaciones controladas. Sumado a ello, la cronología del material arqueológico está pobremente documentada, y las dataciones por radiocarbono (calibradas) disponibles en este campo no van más allá de 13,400 años antes del presente. Entre los vestigios, se reconocen características de dos grandes tradiciones paleoindias: la cultura Clovis, que floreció del sur de Canadá hasta Venezuela, entre 13,300 y 12,800 años atrás, y el estilo de las puntas “Cola de Pescado”, que se difundió de la Patagonia al sur de Estados Unidos (al parecer), y resulta ser parcialmente contemporáneo de Clovis.

Testimonios “seguros” del periodo Paleoindio fueron recogidos en todos los países de Centroamérica… menos en Nicaragua. Es cierto que en El Bosque, Estelí, investigadores sostuvieron la existencia de huellas de actividades humanas, asociadas con restos de mamíferos del Pleistoceno; sin embargo, sus argumentos fueron criticados. Por lo tanto, sería pertinente desarrollar ambiciosos programas científicos, con el fin de reunir informaciones sobre los primeros habitantes de Nicaragua.

Para ello, conviene considerar como Sherlock Holmes, que las cosas pequeñas tienen “una importancia capital”.

Prospecciones minuciosas deberían de buscar vestigios paleoindios en áreas estratégicas, especialmente a lo largo de los ríos, en las riberas de los lagos y lagunas, en las costas y la plataforma continental, alrededor de yacimientos de rocas duras (útiles para la industria lítica), en terrenos que habrían sido favorables para la cacería hace más de 9000 años, y en cuevas. Llegado el caso, pacientes excavaciones permitirían de registrar rigurosamente los artefactos en su contexto cultural y natural, y reconstituir así aspectos de la vida de los antiguos pobladores. Por supuesto, es necesario que las investigaciones propiamente arqueológicas sean acompañadas de estudios paleoambientales, para poder detectar y entender mejor el impacto del ser humano sobre los medioambientes del pasado.

Es de esperar que los trabajos arqueológicos de rescate realizados en el marco del proyecto del Canal Interoceánico de Nicaragua tomen en cuenta las problemáticas de la arqueología paleoindia. De hecho, todas las oportunidades deben ser aprovechadas. Sería una verdadera lástima que Nicaragua no tenga el lugar que se merece en los debates inspirados por la más formidable aventura humana de los tiempos precolombinos: la colonización inicial de América.

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