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Es una lástima que el doctor Danilo Aguirre Solís haya fallecido sin tener la oportunidad de leer “Hijos del Tiempo”, ni haber conversado con el doctor José Rizo Castellón sobre la novela con la que, una vez más, nos ha sorprendido este escritor jinotegano de cumbres nevadas y entrañas ardientes de historia, liberalismo y literatura.    

Digo lástima, porque como buen amigo de ambos, y pese al deseo de Aguirre, fui incapaz de organizar un encuentro para hablar, entre crujir de rosquillas y sorbos de café de altura, sobre los usos y costumbres de un siglo XX recién nacido.  José Rizo Castellón.

Se habría conversado mucho sobre la familia presidencial que hablaba francés en salones solariegos y aposentos perfumados, y los detalles de aquella fiesta versallesca en “La Casa Número Uno”, para despedir al siglo XIX y recibir al XX con toda su carga de ridiculez, cursilería y boato.  Asimismo, en torno a  la personalidad del mandatario liberal José Santos Zelaya al desnudo.

Él salió  huyendo del país “al ruido de los caites”,  gringos en 1909 con la Nota Knox de regaño y amenaza, pero como registra la historia el 17 de enero de 1903 se mostró inflexible al momento de fusilar al general conservador Filiberto Castro y al coronel salvadoreño Anacleto Guandique, acusados por la voladura del cuartel militar y gran arsenal del gobierno la noche del 16 de marzo de 1902 al costo de 128 soldados muertos por quemaduras o destrozos en sus covachas.   

Años después, en 1909, Zelaya cerró la losa de su vida política en Nicaragua, al fusilar contra todo pronóstico y pedido de clemencia a los mercenarios norteamericanos LeRoy Cannon y Leonard Groce, sorprendidos tratando de dinamitar embarcaciones militares del gobierno en el río San Juan. 

Esa fue la mecha que encendió la Nota Knox y estalló al gobierno de Zelaya.

Pero entre las pugnas de poder y las conspiraciones internas e internacionales contra Zelaya, un tema en particular interesaba grandemente a Danilo Aguirre, desde que supo de las conversaciones que su señora madre escuchó de sus mayores y los relatos de los viejos conservadores. Este tema fue del homicidio que sacudió los cimientos políticos y sociales de Nicaragua el 7 de mayo de 1906.

Trama

Aquella noche aciaga, el coqueto y seductor jurista esteliano Adolfo Altamirano Castillo,  Canciller y Ministro de Educación de Zelaya, desarmado y asustado en su casa del centro de Managua, fue abatido de seis balazos  por el ministro de Gobernación y emisario especial de Zelaya en acciones conspirativas hacia otros países de centro y Sudamérica, doctor y General Julián Irías Sandres, un ocotaleano quien, hasta ese día, había sido “amigo del alma” con Altamirano, así como su compañero de estudios y de lances políticos.

La trama de la novela no contesta categóricamente cuál fue el “delito de honor” que justificó la muerte de Altamirano a manos de su amigo, al extremo de que Julián Irías nunca fue encarcelado y hasta siguió ejerciendo elevadas funciones y misiones militares para Zelaya, y también para los sucesivos gobiernos liberales de José Madriz, Juan Bautista Sacasa, José María Moncada (del que fue Canciller) y Anastasio Somoza García.

Incluso en 1906, año del crimen, la Asamblea Legislativa escuchó en secreto los alegatos de defensa del propio Irías y resolvió que no había lugar a formación de causa.   

Alegatos, huelga decir que nunca fueron divulgados, y en cambio, el gobierno decretó ocho días de duelo por Altamirano, le tributó unos funerales de jefe de Estado tan fastuosos, como los que,  34 años después, el Presidente Anastasio Somoza García habría de tributarle a su entonces Presidente del Consejo de Elecciones, doctor y general Julián Irías.

Pero el libro de Rizo presenta versiones sugerentes de que, el occiso habría forzado sexualmente  a la bella, pero entonces enferma esposa de Irías –la costarricense Adilia Trejos-  aprovechando una misión relámpago de su amigo a El Salvador.

Curiosidades

En conjunto con el presidente “guanaco”, Tomás Regalado, Irías, por encargo de su gobierno, habría de planificar un ataque militar contra el mandatario “chapín”, licenciado Manuel Estrada Cabrera, adversario de Zelaya en el liderazgo centroamericano.   

De ese ataque resultó derrotado y muerto el presidente Regalado, cuyo cadáver salmuerado a manera de trofeo  lo conservó por algún tiempo el dictador Estrada Cabrera, hasta que por distintas presiones internacionales incluida la de Zelaya, resolvió devolverlo a El Salvador para que su familia le diera cristiana sepultura.  

Rizo Castellón hace narrar en primera persona a cuatro protagonistas de la trama: Julián Irías, su esposa costarricense Adilia Trejos, el infortunado Adolfo Altamirano, y Pío Irías, quien era primo, ayudante, “sombra” y confidente de Julián.

En el estilo de los grandes novelistas, el autor concatena hechos y dosifica curiosidades que logran atrapar el interés del lector hasta la página 229 y final del libro, e incluso, hasta la página 230, completamente en blanco, donde la vista descansa para reflexionar sobre los alcances reales y ficticios de todo lo leído, y para perder de una buena vez la ilusión de que habrá más lectura.

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