Ivet Lourdes
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Amanece. La taza de  café al lado. Hay sentimientos que se entremezclan entre sí; hay miradas que se quedan acurrucadas ante los sentimientos; una esperanza envuelta en un sentir que lo arrebata el silencio; una batalla sin norte y sin sur; una ola de emociones que nacieron de la nada y se convirtieron en un todo sin proponérselo siquiera.

Comienza el día; empieza la faena; suspiros… deseos… frases idas, no dichas; palabras sentidas; vivencias pensadas; bálsamos repletos de imaginación que se posan en uno, dos, tres recuerdos; un saco lleno de pensamientos, sentimientos, vivencias, sentires…. compartidos y a veces frustrados, ilusiones y vacilaciones.  Escucho voces, risas y carcajadas. Una voz llega a mis oídos y conmigo se queda, su eco. Es la misma voz que me cobija cuando tengo frío; es la misma voz que me reconforta cuando estoy triste y que alegra mi vivir sólo con el llano hecho de existir.  

Y de nuevo me siento viva. Un abrazo que recoge la tibieza de dos almas; un beso donde que encuentran el cielo y la tierra juntos en un solo sentir; todo se entreteje de admiración e inspiración.

Se comparte una sonrisa, una carcajada, un sentimiento que nació ayer, que vive hoy, que no tiene mañana y que se resiste a las mareadas del tiempo, la distancia e indiferencia.  Y así, al alzar la mirada hacia el cielo y elevar una Plegaria de Amor, me topo con una arraigada resistencia a la renuncia; las almas siguen marcando su propio ritmo de afecto sin prisa. A sus costados, todo deja de existir para sellar su propia historia.

¿Qué se cobija entre tantas sábanas de  pensamientos que tienen dos nombres, dos nombres que se debaten entre la razón y el corazón? No hay respuesta. El cielo ya está claro. Amaneció. El alma se empequeñece y taciturna, busca un horizonte que se pierde y luego… entremedio de sus propias raíces, encuentra su más fiel esencia a su existir; un existir que se quedó pegado al tiempo para renacer en una mirada y luego fundirse cálidamente en dos cuerpos que viven intensamente su más íntima gloria, saboreando su más íntimo aroma.

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