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La segunda edición ampliada de la tesis de maestría, Nicaragua: identidad y cultura política: 1821-1858 (Banco Central de Nicaragua, 1999), se ha publicado con un nuevo título: El imaginario del canal y la nación cosmopolita / Nicaragua siglo XIX (Managua, ihnca, 2015). Su autora es Frances Kinloch Tijerino, quien ubica sus reflexiones sobre la forjación identitaria y el proyecto modernizador de las élites criollas; temática que en general, ya había sido abordada por relevantes figuras intelectuales del país. Pero no es sino hasta ahora que se sistematiza.

La forjación del Estado entre dos imperios

En su presentación, el historiador costarricense y tutor de la tesis, Víctor Hugo Acuña, anota “Frances Kinloch señala en forma detallada, gracias a una sólida base empírica, que el proceso de formación del Estado en Nicaragua (…) no solo estuvo determinado por conflictos y alianzas entre fuerzas locales y regionales, sino que se inscribió en la competencia entre el hegemónico imperio británico y el naciente imperio estadounidense. Esta competencia estuvo fuertemente motivada por la importancia geoestratégica de la región centroamericana y de la zona de paso interoceánico de Nicaragua. El canal como potencial del territorio reivindicado por el Estado nicaragüense determinó la forma de sus relaciones con esos imperios y encuadró la manera en que las élites concibieron un posible estilo de desarrollo para su país”.

Una investigación básica y profunda

Ahora bien, por su finalidad esta investigación es básica: tiene como objetivo el mejor conocimiento y la mayor comprensión de los fenómenos estudiados. Por su alcance temporal, es longitudinal retrospectiva: abarca los primeros 37 años de la “existencia” de Nicaragua a partir de la emancipación política de España; sin embargo, se remonta a más allá de la segunda mitad del siglo XVIII y se proyecta al último cuarto del XIX; y por su profundidad es explicativa al referir —por ejemplo— la incapacidad de las élites criollas para afianzar su autoridad y allegarse los recursos económicos que requería el sostén del aparato social estatal, lo que les obligó a endeudarse con algunos voraces comerciantes ingleses establecidos en el país y delegar en ellos funciones primordiales del Estado. “Esta debilidad interna se tradujo en impotencia para asegurar el reconocimiento externo y defender la integridad del territorio en este período.” Período —especificamos— durante el cual tuvieron lugar las iniciativas audaces de la poderosa Albión por imponer su hegemonía en el istmo centroamericano.

Fuentes

Al mismo tiempo, por su metodología este trabajo monográfico es cualitativo, por cuanto se sustenta en el análisis de contenido de múltiples escritos. Traigamos a colación lo que realiza de las contribuciones de los intelectuales decimonónicos —José Benito Rosales, Pedro Francisco de la Rocha, Gregorio Juárez, Rosalío Cortés, entre otros— a la elaboración del imaginario de la Nación centroamericana, o más específicamente, al proceso de construcción de un sentido de identidad nacional.

En esa línea, conviene señalar el marco teórico de Frances que le facilita Benedic Anderson en su ya clásica obra acerca del origen de la nación y el nacionalismo modernos; es decir, la nación entendida como un constructo imaginario, limitado y comunitario. Marco teórico que comparte Eric Hobsbawn en sus obras —también asimiladas por Kinloch Tijerino— Naciones y nacionalismo desde 1780 e Inventando tradiciones, correspondiendo una de ellas al paralelo entre el hogar, el templo y la nación. “Esta es una práctica omnipresente en los procesos de creación de la identidad nacional para trasladar la lealtad consagrada a la familia y a la Iglesia hacia el Estado.”

Asimismo, es necesario indicar que Frances también sustenta su libro en todas las fuentes secundarias disponibles, sumando 134 y sobresaliendo obras de capital importancia en la historia de las ideas desde la perspectiva del pensamiento ilustrado europeo como La disputa del Nuevo Mundo: 1750-1900, de Antonio Gerbi. O en la historiografía del canal por Nicaragua (sobre ese mito nuestro existe una bibliografía diez veces mayor que la correspondiente al canal de Panamá); aludo a las de Linddley Miller Keasbey de 1896 y a la tesis inédita, concluida en 1992, de Christian Brannstron. O en la de las relaciones entre Centroamérica e Inglaterra; me refiero a la ya traducida de Robert Naylor. Influencia británica en el comercio centroamericano durante las primeras décadas de la independencia (1821-1851).

Kinloch y Burns

No es el caso de una obra, a la cual está muy vinculado el libro de Kinloch Tijerino, como lo reconoce en su introducción: Patriarch and folk; The emergence of Nicaragua / 1798-1858, del catedrático de la UCLA, ya fallecido, E. Bradsford Burns: Solo parcialmente, en un número de la efímera Revista Nicaragüense —que financió el Banco Central en 1993— y en otro de la Revista del Instituto de Historia de Nicaragua, se conocen entre nosotros algunas de las páginas. Sería recomendable, en consecuencia, dar a conocer esta obra valiosa, cuyo título Patriarcas y pueblo —traducido literalmente— podría ser, adaptándola a nuestra realidad histórica, el de Patrones y mozos.

Hay muchas similitudes entre Patriarch and folk y Nicaragua: Identidad y cultura política; pero también no pocas diferencias. A mi modo de ver, el libro de Frances supera —en varios sentidos— al de Burns. Este parte de una dicotomía muy general —resultando forzosamente simplificadora— y omite aspectos imprescindibles del período que ambos abarcan, trabajados por la historiadora nicaragüense. Entre otros, el desarrollo de la guerra federal de 1826-29 entre conservadores centralistas y liberales autonomistas; la secular rivalidad entre las principales familias —originadas en sus disputas por el control del poder local en los Ayuntamientos como factor que favoreció a la movilización política de la “plebe” o de los marginados; las tensiones entre los tres proyectos unionistas: la alianza defensiva entre Nicaragua, Honduras y El Salvador frente a la propuesta confederal británico-guatemalteca impulsada por Frederick Chatfield y el último intento morazánico desde Costa Rica; la disputa limítrofe entre este último país y Nicaragua desde la separación de Nicoya y Guanacaste hasta la firma del tratado Jerez-Cañas en 1858, el ímpetu unionista del general Tomás Martínez ese mismo año ante el peligro del expansionismo norteamericano, etc.

La Iglesia y su debilidad

Sí coinciden, por ejemplo, en la debilidad de la Iglesia como institución. Apunta Frances: “Los párrocos desempeñaban un importante papel como intermediarios de las élites y los indígenas de Matagalpa. Estos curas podían ser tanto “fiebres” como “serviles”, “timbucos” o “calandracas”, pues la Iglesia Católica no presentaba un frente compacto en la Nicaragua de aquella época”. Otro hecho valorado por ambos es la visita de Squier en 1849 que generó una verdadera euforia pronorteamericana a todos los niveles sociales, previa a la generosa concesión otorgada por el gobierno de Norberto Ramírez a Cornelius Vanderbilt (el segundo hombre más rico de su tiempo en Estados Unidos).

El esquema interpretativo de Burns lo confirma con mayor profundidad Kinloch Tijerino: “Durante la década final del período de la anarquía, 1849-1858 —resume—, se definieron tres ámbitos principales de relaciones: entre los mismos patriarcas —Frances diría las élites criollas—, entre los patriarcas y el pueblo y entre Nicaragua y los Estados Unidos. En la larga y encarnizada lucha entre los patriarcas —lo que equivale a decir entre las dos ciudades-estado de León y Granada— un devastador conflicto civil —la guerra de 1854— y una brutal guerra internacional —la nacional antifilibustera— borraron virtualmente el poder de cada una y promovieron a Managua como centro político de una élite y una nación más unificadas”. Y añade:

Los patriarcas y su triunfo

“El triunfo sobre el filibustero William Walker marcó la defunción de las ciudades-estado. Los patriarcas resolvieron sus problemas con las comunidades tradicionales derrotando las rebeliones populares de 1845-49 e incrementando los poderes de su más efectivo gobierno central después de 1857 para comenzar el proceso de desmantelar esas comunidades. Finalmente, en sus importantes relaciones con el mundo exterior, los patriarcas reemplazaron a Gran Bretaña por los Estados Unidos como metrópoli, fijando así un nuevo rumbo a través de los tormentosos mares de las relaciones internacionales”. Y continúa:

“...Los patriarcas tuvieron éxito al resolver el conflicto a su favor. En un lapso relativamente breve, 1849-58, triunfaron interna y externamente, en un notable tour de force. Su victoria, creían, abría a la nación las puertas de la oportunidad y el progreso. Ellos proclamaron su éxito como la victoria de la civilización sobre la barbarie. Invistiendo al Estado con nuevo poder, remodelaron radicalmente a Nicaragua para que se acomodara a su visión económica. Los patriarcas colocaron al país en un nuevo rumbo que entrañaba su trastorno estructural. Siguiendo ese rumbo recién fijado, las élites patriarcales despojaron al pueblo de muchas de sus tierras y los empobrecieron cultural y económicamente. El progreso impuesto benefició a unos pocos, a expensas de la mayoría. Nicaragua se caracterizó en forma creciente por el desequilibrio social, económico y político”.

Por último, elijo entre los más novedosos tópicos desarrollado por Frances Kinloch Tijerino uno muy interesante: las redes subregionales de poder. Al respecto, la Universidad de León fue uno de ellos al crear vínculos derivados de ese espacio de sociabilidad donde los jóvenes de las élites provincianas (salvadoreña, hondureña, costarricense y, más de alguna vez, algún guatemalteco) obtenía no solo títulos profesionales, sino también compromisos matrimoniales. Fue el caso de Juan José Guzmán, luego gobernante salvadoreño, casado con una joven granadina.

La anécdota del “Transeúnte”

He aquí, muy aproximadamente, esta investigación ejemplar, por no decir insuperable. Investigación que reconstruye toda una época, lejana, compleja y conflictiva; pero en la cual se pueden rastrear actitudes culturales del nicaragüense actual. Me refiero a la simpática anécdota que extrae Kinloch Tijerino del periódico El Correo del Istmo, ilustrativa de la imaginación desmedida de nuestro pueblo:

De paso por una calle de León, un “Transeúnte” divisó un tropel de gente que corría hacia la plaza. Al preguntar el motivo a distintos paisanos, recibió respuestas cual más descabelladas: un grupo de sediciosos asaltaba el cuartel de armas; los ingleses marchaban sobre León en son de guerra, apoyados por los pobladores de El Realejo, furiosos por la apertura del nuevo puerto de Corinto; los indios de Matagalpa, después de haber asesinado a todos los ladinos de Segovia, venían entrando a sangre y fuego por el barrio de San Juan... Al llegar a la plaza, el “Transeúnte” descubrió el origen del bochinche: los pícaros del barrio habían atado por el rabo a unos incautos perros.

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