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Eloísa no sabía precisar cuando había comenzado a experimentar aquel mariposeo interno; ni siquiera podía identificar exactamente en qué parte de su cuerpo sucedía, ¿en su pecho, en su corazón o en la boca del estómago?

La extraña sensación le recordó a Eloísa el consejo brindado a la humanidad por el sabio Unamuno: [...] “el cuerpo canta; y el hombre escucha” lo que a su vez le provocó risa. ¡Siempre saco a relucir la literatura!, se dijo mientras seguía cavilando. De algo sí estaba segura: embarazada no estaba, enamorada tampoco. Bueno, estaba casada y quería a su marido pero ya llevaban veinte años de matrimonio, lo que garantizaba que ese aleteo no se debía a la emoción de verlo, escucharlo ni nada por el estilo.    

El asunto era un misterio y ya comenzaba a notársele.

—Andás en las nubes— le dijo un día su amiga Ángela, con tono de reproche.
—Es que…— atinó Eloísa a contestar y allí se quedó, ensimismada, con la mirada perdida.

Hasta aquella noche.

—Me siento como zombi— le comunicó Eloísa a su esposo. —Me voy a dormir temprano—.

Hizo bien, porque fue precisamente antes de meterse en la cama que logró despejar la incógnita gracias a aquel duendecillo que se le apareció de repente.

—Eloísa—le susurró en el oído, —yo sé lo que te sucede. Yo sé porque sentís ese aleteo; que dicho sea de paso no se llama aleteo, se llama deseo, inquietud, vocación, en fin, que lo que te sucede es que te morís por ser escritora.

—¿Yooo?— argumentó Eloísa. —¿De dónde voy a sacar esa idea?  ¡Qué disparate!—.

—Que no querrás aceptarlo es otra cosa— continuó el duende con absoluta seguridad. —Es más, fijate en lo que te voy a decir: no es que no querrás aceptarlo, es que tenés miedo a fracasar, a no poder hacerlo—.

—Humm— resopló Eloísa en actitud defensiva.

—La vida te está dando una oportunidad— prosiguió el enano, —la Asociación Nicaragüense de Escritoras te mandó un email invitándote a participar en el taller de escritura creativa dictado por la Carmen Pérez Cuadra. Es tu oportunidad. Corré a contestarlo—.

—¿Correr? ¿No te digo que sos iluso? ¡No puedo correr!— Y Eloísa dirigió una sarcástica mirada a su silla de ruedas.

El geniecillo dio un salto y se situó detrás de la silla de ruedas de Eloísa. —Sentate— ordenó entusiasmado, —yo te empujo—.

Escritora nicaragüense residente en EEUU.

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