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¡Cómo olvidar las chavaladas! Son recuerdos de travesuras y momentos alegres, que a veces hacen que las personas vivan de nuevo.

Un ancianito en un asilo, un hombre sesentón en una prisión y una viejita en una casita de barro abandonada a la orilla de una carretera, recuerdan todas las tardes sus mejores tiempos de niñez.

Casualidad de la vida, cada uno de ellos en su lugar recuerda una chavalada de cuando fueron vecinos en el Barrio Bonito. Cuando sus madres salían a trabajar se escapaban de la gran seguridad que tenían en sus casas. El ancianito quitaba la tranca de madroño, el señor sesentón se salía por la ventana que no tenía cerradura y la viejita halaba con fuerza hacia dentro la puerta para reventar la tira que servía de candado.

Se pasaban los alambrados de los patios y se encontraban en la calle. A veces hasta se les ensartaban vidrios o espinas en todo el transcurso hasta llegar al punto de reunión.

El viejito recuerda que todos anhelaban tener una bicicleta o al menos andar en una. Se le hizo el gran día cuando al hombre sesentón le compraron una bicicleta. La madre hacía nacatamales para vender, y en muestra de gratitud a su hijo, quien le vendía todos los nacatamales sábado a sábado, le regaló una bicicleta usada.

La viejita hace memoria del día en que ella y sus dos amigos fueron a estrenarla. Sus rostros no soltaban la felicidad y sus palabras se resumían en el que tuani.

Era una pendiente de cinco cuadras de largo. La calle era de tierra con cascajo y necesitaba ser reparada por la Alcaldía. Sin embargo, los chavalos no le pusieron mente. Solo querían sentir la adrenalina.

El viejito montaba sobre el tubo de la bicicleta. El hombre sesentón sentado en la silla de la bicicleta y a cargo del manubrio. La viejita llevaba mejor vista al ir parada en los pescantes con sus manos puestas en los hombros del ciclista principal.

El polvo se levantaba como humo. Y la gente volteaba a ver hacia abajo diciendo,  “jodidos chavalos se van a matar”.

Ellos no paraban de reír, sus ojos veían lo mejor de sus vidas y sus cabellos bailaban. Sentían que iban a toda velocidad cuando de pronto se ponchó la llanta trasera. Entonces la adrenalina les llegó de verdad.  El ciclista principal mantuvo el control, pero luego se dio cuenta de que no funcionaban los frenos.  

El viejito intentó poner sus pies sobre la llanta delantera para ir frenando. El ciclista comenzó a perder el control; se llenó de tanto pánico que condujo con los ojos cerrados y los abrió cuando sintió que la viejita se tiró a un lado. Cayó dando vueltas que la marcaron para toda la vida. Luego el ciclista principal se tiró diez metros antes de chocar contra varias chatarras que permanecían frente a la casa de El Patón. El viejito no recuerda cómo logró tomar el manubrio de la bicicleta mientras iba enganchado sobre la barra. Pasó a gran velocidad que nadie podría haberlo salvado, su única esperanza era un tope de calle. Su pecho marcado por el golpe del manubrio, su pie derecho sufrió luxación, su mano derecha resultó con fractura.

La gente hablaba y no ayudaba, decía, “qué chavalos más vagos. No tienen rienda de nadie” Y los chavalos iban subiendo la pendiente de regreso a casa. Se veían unos a otros y reían a carcajadas.

Pero la euforia terminó al recordar: “Ahora me pega mi mamá”.

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