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Marisa Pereira viuda de Íncer y Noel Lacayo Barreto, con la supervisión de Mario Urtecho, editaron la Autobiografía de Roberto Íncer Barquero, financiada por la Fundación Ortiz-Gurdián y Banpro / Grupo Promérica. ¿Su objetivo? Reconocer el lugar que su autor ocupa, brillante e indiscutiblemente, en la historia económica contemporánea de Nicaragua. O con más precisión, entre el 12 de agosto de 1969 y el 19 de julio de 1979 cuando ejerció la presidencia del Banco Central, siendo el tercero y el de mayor duración de todos los 18 quienes han desempeñado tan importante cargo público, nacional e internacional.

Un libro propiciado por el amor conyugal

Se trata del memorial de su paso por la institución y sus logros, de su trayectoria profesional y de sus vivencias en Boaco, León y Managua. De una obra escrita por el doctor Íncer Barquero en sus últimos años de Washington y que, propiciada por el amor conyugal se publica al año y medio de su fallecimiento, como un justo homenaje póstumo.

Beneficiarios académicos

Yo quiero sumarme a este homenaje por mi amistad con los Íncer Barquero —especialmente con Jaime y Armando— y desde luego, por ser uno de los numerosos beneficiarios académicos de la política cultural del BCN, durante la administración de Roberto Íncer, a quien siempre admiré por sus evidentes méritos intelectuales. No en vano recibí a finales de 1972 fundamental financiamiento para graduarme de documentalista en Madrid e iniciar el doctorado en Filología Hispánica en la Universidad Complutense y en 1978 para permanecer seis meses en Washington, estudiando en la Universidad de Georgetown e investigando en la Librería del Congreso.

Otro beneficiario del excelente programa de capacitación impulsado por Íncer Barquero —el cual seleccionó a 210 nicaragüenses para estudiar en las mejores universidades de Estados Unidos, Europa, Israel, Australia y América Latina— fue el economista Mario J. Flores, autor de uno de los tres prólogos de este libro. Él da testimonio de la singular personalidad de Roberto Íncer Barquero y del privilegio de haberlo conocido. Al mismo tiempo, señala que los índices macroeconómicos alcanzados mientras el doctor Íncer estuvo al mando del BCN no han sido superados hasta hoy.

Educado para presidente del BCN

Precisamente, el autor de este libro da cuenta de ello, ofreciendo un detallado recuento de los primeros años del Banco Central de Nicaragua —el último de los establecidos en Centroamérica tras el de Honduras, fundado  en 1950— y de su labor como presidente del mismo, correspondiendo a la época de oro de la institución. Además, se remonta a su Boaco natal y a su educación recibida en el Colegio Rubén Darío y en el Instituto Pedagógico (1946-1951), rindiendo su examen final de bachiller en el Instituto Miguel de Cervantes; y en la Universidad Nacional de Nicaragua, León, siendo el primer graduado de la promoción de abogados 1951-1956.

Tras ejercer su profesión, fue escogido por el rector de la UNAN, Mariano Fiallos Gil, como candidato del programa de becas del Banco Nacional para la preparación de los cuadros técnicos del futuro Banco Central de Nicaragua. Así, por su credencial académico —y no por favoritismo político, ni por conexiones familiares—, el joven boaqueño partió con destino a los Estados Unidos, primero a tomar cursos de inglés en American University, Washington, y luego a la Universidad de Michigan, en Ann Harbor; de regreso en la capital estadounidense, continuó un curso básico de economía  —tres semestres— en la Universidad George Washington, pasando a la Universidad de Yale para seguir cursos de postgrado y obtener el título de máster en Economía durante el año académico 1959-1960. Todo dentro de la precariedad del becario.

En junio de 1960 Roberto Íncer fue llamado por el Departamento de Emisión del Banco Nacional para incorporarse al futuro personal del BCN que se fundaría ese año. “Muchas veces pienso que tal vez un segundo año en Yale —dejó anotado— me hubieran hecho mejor economista, pero sí sé con seguridad, que el primer año de trabajo en el Banco Central me preparó para ser mejor presidente de esa institución”. Y de esta manera ocupó esa responsabilidad a sus 36 años, tras cursar otro postgrado en la London School of Economics, becado por el Gobierno británico durante el año académico 1963-1964, además de recibir una complementaria beca del BCN con goce de sueldo completo. Por eso el doctor Íncer afirmaba que él había sido educado para presidir el BCN.

Asimismo evoca en sus memorias que, con su solicitud a la embajada británica, remitió un escrito donde exponía conocimientos sobre las aportaciones de Inglaterra al Derecho Constitucional moderno, la contribución de economistas ingleses al desarrollo de la teoría económica, el papel del Banco de Inglaterra en la creación de los instrumentos en el manejo monetario, y su interés de seguir de cerca el debate sobre el ingreso de Inglaterra al Mercado Común Europeo.

También a los profesores les dedica muchas páginas. Imposible referirnos a todos ellos. Basta decir que entre ellos figuraron James Tobin, premio Nobel de Economía; Robert Triffin, arquitecto de la reforma del sistema monetario internacional; y Bela Balassa, pionero en los estudios modernos de integración económica.

Labor cultural

Yo prefiero destacar los programas culturales financiados con las ganancias del BCN, producto de una administración proba y eficiente; a saber: la conversión de la Biblioteca en centro hegemónico y especializado con la adquisición sistemática de la bibliografía nacional y la publicación de su Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (que todavía persiste, alcanzando hasta abril de este año 170 números desde julio de 1974); el apoyo a la educación superior, en concreto a la UNAN, UCA, Incae e Intecna; el aporte a las actividades celebratorias del 450 aniversario de la ciudad de Granada, especialmente la restauración del Castillo San Pablo, o reducto-batería colonial en las Isletas; la creación de la Pinacoteca, o colección de pinturas patrimoniales desde el siglo XVIII hasta nuestros días y la del Herbario Nacional; el programa revitalizador de las artesanías en San Juan de Oriente y —nada menos— la transformación del área del volcán Masaya en Parque Nacional. En efecto: desde su propuesta como modelo de una reunión centroamericana sobre manejo de recursos naturales y culturales en San José, Costa Rica (diciembre, 1974) hasta su inauguración (enero, 1979), el BCN financió la compra de los terrenos, la construcción de la carretera y el Centro de Visitantes.

Habría que agregar otras iniciativas no menos importantes: la organización del Centro Cultural en la Colonia Dambach, el financiamiento de la Orquesta Sinfónica de Nicaragua, la instalación de la biblioteca en la sucursal del BCN en León, la repatriación de documentos de Europa ejecutada por Manuel Ignacio Pérez Alonso y Carlos Molina Argüello (los de la Monumenta Centroamericae Historicae), el estudio de los volcanes por el geólogo francés arraigado en el país Alain Creusot-Eon, las investigaciones paleontológicas de Jorge Espinosa Estrada y las arqueológicas de Richard Magnus y otros estadounidenses, más las ediciones de libros significativos sobre Nicaragua.

Ediciones de libros

Aludo a obras de carácter científico, tesis de economía y aportes historiográficos y artísticos. Entre ellos, resulta imprescindible recordar Anfibios de Nicaragua (1972) de Jaime Villa, la traducción al español de la clásica obra decimonónica del británico Thomas Belt: El naturalista de Nicaragua (1976), ilustrada con fotografías de Franco Peñalba e Imágenes de Occidente (1977), editado con motivo de la inauguración del edificio del BCN en León, con textos y fotografías de los citados; la tesis académica de Ernesto Fernández Holmann para optar al grado de doctor en economía en la Universidad de Harvard: Política monetaria, estabilidad financiera y desarrollo económico en Centroamérica (1970); Investigations of the ichthyofauna of Nicaraguan Lakes (1976), compiladas por el estadounidense Thomas B. Thorson; Piedras vivas (1977) del italiano René Furletti y del español-nicaragüense Joaquín Matilló Vila: un panorama de nuestra estatuaria prehispánica y de otras expresiones como el jade; Artículos históricos (1978), de Alejandro Montiel Argüello; y Catálogo de dulces típicos de Nicaragua (1978).

No quiero concluir mi presentación sin elogiar las entrañables y poemáticas evocaciones de Armando Íncer, hermano mayor del autor de este libro, ni sin referir la pasión beisbolera de Roberto, que le condujo en sus periódicas conferencias de prensa a explicar las coyunturas económicas del país en términos del deporte rey; incluso se haya presente en sus memorias al escribir que muchas situaciones suyas eran como tomar turno al bate en el cierre del último inning, con tres embasados y perdiendo su equipo el partido 3 a  0.

Autodefinición

En relación a su personalidad, Roberto Íncer Barquero se autodefinió con tres frases del general francés Charles de Gaulle: “Soy demasiado inteligente para caer en la rutina, demasiado ambicioso para aceptar la mediocridad y demasiado orgulloso para recurrir al servilismo”.

En fin, a él le correspondió ser el gran iniciador del mecenazgo cultural del BCN porque creía que sin cultura, sin el fortalecimiento de la identidad de nuestro pueblo, no hay desarrollo. Al respecto, no debe olvidarse que el hombre —biológica y antropológicamente inacabado— pasa del vientre de la madre al vientre de la cultura. El hombre, demasiadas apetencias que la economía de mercado, ni ninguna otra, puede satisfacer.

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