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La luz del día solía arrancar a las cuatro de la mañana; La Florida, El Matazano son palabras que se quedaron en la mente de Napoleón y Crescencio Cruz González, dos hermanos que abrieron camino propio tejiendo proyectos de vida, forjando futuros, sembrando esperanzas, esparciendo sonrisas, regalando carcajadas, compartiendo chistes, apretando manos, irradiando alegría.

Napoleón, alto, risueño, de ojos bribones y maliciosos; Crescencio, pequeñito, de tez morada, marcaron la rectitud de vida en el seno de nuestra historia familiar, convirtiéndose en los más grandes íconos y los más grandes pioneros de valores morales inquebrantables.

Dos hermanos que se unieron en la niñez, que se encontraron en el umbral de la adultez, que supieron vivir en verdadera hermandad que, de la mano, luchando hombro a hombro, sosteniéndose el uno al otro, queriéndose el uno al otro, vivieron a plenitud una vida en común.

Una vida llena de alegría que de pronto, en una mañana de domingo, se llevó consigo a Crescencio. Con su partida, se fue también la alegría y el complemento de vida de Napoleón. No hubo oportunidad para decir adiós; privando así a quienes lo amamos, el gozo de crecer con él y expresar a pulmón partido rebasado de amor, cuánto y cuánto lo amamos.

Doña María González de Cruz, su madre, les heredaría a estos dos grandes hombres el don de compartir, don que trasmitirían a sus hijos, a sus nietos, a sus biznietos. Una vida de muchos sacrificios; una infancia de pies descalzos y luego de caites, que posteriormente los convertirían en hombres de bien.

Napoleón y Crescencio Cruz González, dos seres humanos transparentes, consecuentes con su palabra; dos hermanos y un mismo sueño: vivir en armonía, amar sin reservas, trabajar con ahínco, vestidos los dos de humildad, despojados de toda mezquindad.

Napoleón y Crescencio Cruz González, dos hombres llenos de proyectos inmutables ante las dificultades de la vida; dos seres humanos de mirada diáfana, de andar pausado, de carácter afable y dadores plenos de amor.

Y pese a que Crescencio ya no está en la tierra, con la mirada posada en el cielo, esta sobrina suya, le brinda este homenaje para gritar con fuerza, el gran valor de su herencia humana. ¡Su presencia se quedó quieta en aquella silla mecedora en una noche de domingo y con ella, todo su calor de amigo!

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