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Tras apropiarse de Francia en sus proyectos literarios, dos centroamericanos cultos se aproximaron en su imaginario al Imperio del Sol Naciente: el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873-1927). Ambos trazaron imágenes exóticas y librescas, no exentos de verdaderas intuiciones poéticas, del Japón. Darío en versos y prosas artísticas; Gómez Carrillo, en crónicas periodísticas.

Ambos sustentaban sus trabajos en la tradición orientalista de los franceses. Remontada al siglo XVII, esta tendencia había tenido sus concreciones en las obras de los sabios enciclopédicos Herteloy y Galland; asimismo, en los viajes al Oriente de Chateaubriand y Lamartine, en Les Orientales (1829) de Víctor Hugo, en L´Orient (1877); de Theofile Gautier y en otros títulos decimonónicos elaborados por la hija del último: Judith; en la más conocida obra de Pierre Loti (Madame Chrysanthème), y sobre todo, en las de los hermanos Edmond de Goncourt (1822-1896) y Jules Alfred Hout de Goncourt (1830-1870).

Ambos se hicieron famosos por describir con precisión visual objetos de arte, captando la atmósfera de su entorno. “Japonerías” fue uno de los nombres que recibieron esos objetos. Así figuran en Azul… (1888) de Rubén Darío.

El alma oriental de Darío

En mi libro “Azul... de RD: nuevas perspectivas” (1993) he mostrado, siguiendo al biógrafo e intérprete chileno Francisco Contreras, cómo el poeta nicaragüense plasma en su librito revolucionario sus cinco almas: la evangélica, la antigua, la primitiva, la moderna y la oriental. ¿El alma oriental de Rubén? En principio, esta se adscribía a la natural tendencia cosmopolita, o más bien universalista, de su creatividad. Concretamente: para absorber los elementos, temas y recursos literarios –propios de su decoración y contenido modernistas–, que utilizaría como “armas contra la vulgaridad y chabacanería del ensoberbecido burgués”, según el crítico español Ricardo Gullón. Elementos o utilería que no se limitaba a trazar superficialmente imágenes evasivas, sino que eran “instrumentos para combatir la imagen de la realidad que se les quería imponer”, de acuerdo con el mismo Gullón.

El instrumento oriental de Azul..., en su primera edición, se limita a las “Japonerías, Chinerías” de “El Rey Burgués” que amplió, enriqueciéndolo, en el cuento “La muerte de la Emperatriz de la China”, inserto en la segunda edición de 1890. “Alrededor de ella [la pequeña estatua o Emperatriz], había colocado Recaredo todas sus japonerías y sus curiosidades chinas. Le cubría un quitasol nipón, pintado de camelias y de anchas rosas sangrientas... En un plato de laca yokohamesa le ponía flores frescas todos los días. Tenía, en momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le conmovía en su deleitable e inmóvil majestad...”

Japonerías y chinerías

Las mismas japonerías y chinerías tendrán en sus versos de “Divagación” (originalmente escritos en el Tigre-Hotel, de Argentina, en noviembre de 1894) unos de sus logros: ...torres de caolín, pies imposibles, /tazas de té, tortugas y dragones, /y verdes arrozales apacibles. Pero, desde el año anterior, había desplegado en La Nación de Buenos Aires su conocimiento erudito de la literatura japonesa a través de dos extensos ensayos, también publicados en 1894, que precedieron la temática japonesista de Gómez Carrillo. Darío, en ese mismo poema –uno de los centrales de Prosas profanas (Buenos Aires, 1896) y que era todo “un curso de geografía erótica e invitación al amor bajo todos los soles y de todos los tiempos”– no podía prescindir de los siguientes versos:

Ámame japonesa, japonesa
antigua, que no sepa de naciones
occidentales: tal una princesa
con las pupilas llenas de visiones,
que aún ignorase en la sagrada Kioto,
en su labrado camarín de plata
ornado al par del crisantemo y loto,
la civilización de Yamagata.

Gómez Carrillo y su japonesismo

En otro verso, perteneciente a su libro Cantos de vida y esperanza (Madrid, 1905), Darío aludió a la guerra ruso-japonesa: Se asesinan los hombres en el extremo Este; motivo bélico que llevó a Gómez Carrillo visitar Japón, hasta hacía poco tiempo cerrado en sí mismo. De ese viaje, el cronista guatemalteco dejó sus impresiones en tres libros: De Marsella a Tokio (1906), El alma japonesa (1907) y, especialmente, en El Japón heroico y galante (1912).

Llama poderosamente la atención al viajero el imperio de la cortesía, la más generalizada –afirma– de las virtudes de los japoneses. Y este fenómeno lo observa en los actos normales de la convivencia cotidiana (por ejemplo, en los ceremoniosos nipones, hombres y mujeres, que lo acompañaron en el tren a Tokio bajando, al final del trayecto, grave y pausadamente) y en circunstancias menos cotidianas. Estas conciernen a los dos calificativos invocados en el título del tercer volumen: el rasgo heroico (que puede representar el samurai, caballero singular cuyos principios son cosas como sonreír aún en la galante agonía y ser cortés aún en el odio). Gómez Carrillo deriva el adjetivo de la práctica galante del amor venal a través de mujeres enjauladas en el Yosiwara, práctica atenida al cumplimiento de un ritual lento, variado, minucioso.

En uno y otro aspecto, Gómez Carrillo elige utilizar como ilustración historias tradicionales o leyendas protagonizadas por gentes de alcurnia; y toma estos materiales de libros o más o menos recientes, lo cual supone un elemento culturalista, permanente en todas sus obras. La religiosidad nipona –de la que da noticia a través de una excursión a Nikko, ciudad en la región central de la isla de Nipón– y el amor a la Naturaleza, manifiesto en el entusiasmo que sienten por los árboles y las flores, son dos características más de este pueblo, atendidas por Gómez Carrillo con simpatía y curiosidad.

La segunda edición del primer libro japonesista de Gómez Carrillo, aparecida en 1912, fue prologada por Rubén. Para este, un hombre que retornaba del Japón era siempre interesante y si, como en este caso, ese hombre es un poeta, el hecho me resulta encantador –añadía. Este poeta, me digo, viene del país de los dragones, de las cosas raras, de los paisajes milagrosos y de las gentes que parecen caídos de la luna. Doy las gracias a Gómez Carrillo por su regalo. Hojeo mi álbum de eróticas epilepsias; desenrollo la oración thibetana que está en caracteres rojos y que ha de serme útil recomendación para Budha; y admiro la estampa de Utamaro. Juntos hemos admirado, con el querido Enrique, a Utamaro y Hokusay y a todos los artistas nipones que nos revelaban los Goncourt. Darío reprodujo en este prólogo un largo párrafo de Gómez Carrillo acerca de su impresión, producto de la experiencia in situ que tuvo al constatar menor americanización y europeización de la que se hablaba.

En La Nación de Buenos Aires Darío publicó el domingo 2 de octubre de 1904 un artículo más a fondo titulado “Viejo y nuevo Japón”, en el cual opinaba lo contrario. Añorando y lamentándose irónicamente de la “barbarie” japonesa tradicional (una síntesis del Japón galante con sus costumbres exóticas, su original concepto de la vida y sus virtudes y su sano y vigoroso feudalismo que mantenía en lo alto la seguridad del Gobierno y abajo la felicidad del pueblo, entre otros aspectos notables), reprochaba la europeización, tecnificación y militarización del gran país. He aquí su conclusión:
Destruyeron toda la poesía posible; y convirtieron a Madame Chrysanthème en institutriz inglesa y en enfermera. ¿En dónde está ese mundo de vagos ensueños, ese mundo como lunar, extraterrestre, como astral, que admiré en las escenas, en la maravillosa actriz Sada Yacco, que era una revelación de belleza exótica y peregrina? ¿En dónde están los antiguos pintores de “Kakemono”, los antiguos Outamaros y Hokusais? ¿En dónde las nobles creencias, los generosos ideales, la dulzura del carácter, las genuflexiones, las pintorescas amorosas, el alma antes encantadora del pasado Japón? ...En la Manchuria la tierra se llenó de cadáveres... Los mares chinos se enrojecieron de sangre. Se mira a los Estados Unidos con aire de desafío, con amor a la guerra... La civilización ha triunfado...  
Como se ve, conservaba el tono irónico. El ensayista peruano Estuardo Núñez, comentando la imaginería oriental de Darío, puntualiza: “Así como estuvieron incorporados a su poesía todos los ambientes del mundo, también lo fueron los cuadros zonales de todo el Oriente, casi sin faltar ninguno. Lo chino, lo japonés, lo hindú, lo persa, lo hebreo, lo árabe, lo turco, nutren separada o conjuntamente las imágenes de muchos versos de Darío. En tal forma se integra ese sentido universal de su poesía y de tal manera resulta enriquecido, al par su mundo poético y la imago mundi del Modernismo”.

La Bildungerlebnis de Darío

Generado por las nutricias lecturas de su adolescencia (esencialmente la Biblia y Las mil y una noches) y por la asimilación de la poesía de Enrique Heine, el orientalismo de Darío careció de la vivencia originaria (la Urerlebnis), teniendo de único fundamento la vivencia formativa (la Bildungerlebnis) a través de la literatura y de testimonios orales (uno de ellos fue el del guatemalteco Eutorpio Calderón, autor de las primeras crónicas de un centroamericano sobre Japón tras el viaje de rigor). Gómez Carrillo, en esa línea, fue su principal contacto. Esto explica que el poeta nicaragüense le haya publicado un anticipo de su último libro japonesita al guatemalteco (“El Japón galante y heroico”) en la revista Mundial (núm. 14, junio, 1912, pp. 113-121).

Dos años más tarde, con el título “Bajo las luces del Sol Naciente”, Darío reprodujo en la misma revista Mundial (núm. 34, febrero, 1914) su artículo de La Nación escrito diez años atrás, datado en agosto de 1904. En otras palabras, mantenía su fe antimilitarista y añoraba al viejo Japón, en cuyo imaginario gravitaba aún como un mundo fascinante.

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