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USTED ES la razón de mi existencia, doña Florinda. Usted impera en mi corazón, abate mis tristezas, vigila mis sueños. Usted, doña Florinda, es tan bella como Elena de Troya, tan ebúrnea como Blanca de Navarra, más astuta que Cleopatra, más sensual que la reina de Saba. Usted es mi Dulcinea, mi Julieta, mi Isolda.

En cambio yo, doña Florinda, solo soy un amante extraviado en la noche de los tiempos, un heredero de Nabucodonosor, esposo de Juana la Loca. Un ayotal marítimo incrustado en las circunvalaciones de la conciencia humana. Solo soy un perínclito caballero que viaja desde la edad media para elegirla como dama, doña Florinda. Y para oír de sus labios primorosos esta cálida invitación:

—¿Gusta tomar una tacita de café?

 

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