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De la mítica y volcánica isla de Ometepe procede Arnoldo Guillén (Moyogalpa, 18 de febrero, 1941), artista plástico integral y polifacético, como muy pocos en Centroamérica. Alumno de la Escuela Nacional de Bellas Artes de 1955 a 1963, entre los catorce y veintidós años aprovechó al máximo las enseñanzas de dos señeros maestros: Rodrigo Peñalba (1908-1979) y Fernando Saravia (1922-2009).

En 1958, participando en una exposición colectiva de la Escuela, su firma era la única destacada por el historiador del arte mexicano Manuel González Galván, de visita en el país. Reinaba en la exposición, en cuanto a pintura “una especie de postimpresionismo, sin gran calidad y en escultura, un academismo pobre con inclinaciones snobs hacia lo moderno”. Pero Guillén trascendía ambas limitaciones. 

Mas él no solo fue afín a la trasmisión directa del magisterio de Peñalba y Saravia. También marcó con su sello personal cuanta obra acometiera bajo el signo de la fecundidad. Como pintor, se especializó en paisajes y retratos. Unos vivos y telúricos; los otros logrados hasta la revelación.

La pintura mural tampoco le era ajena, como lo indica su contribución al path-finder Mural Proyect, de Nueva York, en 1987.

Para entonces, Guillén había acumulado una notable carrera que abarcaba su integración al grupo Praxis en 1963, aportes al diseño publicitario durante los años sesenta, la presencia en numerosas exposiciones colectivas dentro y fuera del país, la dirección de la Escuela Nacional de Bellas Artes de 1979 a 1981, seis premios en los años ochenta y, sobre todo, cinco exposiciones personales (tres en el país y dos en Letonia, URSS). Entonces demostraba una diversidad e intensidad inigualables, como se ha reconocido: cartelismo político, viajes de estudio (Alemania, Dinamarca, Estados Unidos, España, Suecia), temática revolucionaria: barricadas, balas combatientes e iconografía histórica.

De ellos quedarían como ejemplos sus retratos y bustos de héroes y mártires, que lo ratificaron como extraordinario retratista. El óleo de Rubén Darío, de cuerpo entero, en la Biblioteca Nacional; la cabeza de Sandino en la Casa-museo de Niquinohomo, y el acrílico de Carlos Fonseca, en la fachada del Palacio Nacional, adquirieron categoría de memorables.

Durante los noventa, Guillén continuaría fiel a sí mismo, mejor dicho: a compenetrarse más a fondo. Dio fe de ello en la muestra “Maestros del Grupo Praxis” (septiembre-octubre, 1991), donde expuso tres obras de amplio formato: 122x1925 cms, acrílicos sobre tela: “Laguna”, “Quema en Ometepe” y “Puerto”. Es decir, paisajes de su entrañable entorno natural, a veces transformados en siderales. Temática que proseguiría ejecutando hasta reunir 47 piezas en las que combinaba la abstracción y el trazo figurativo, recreando el cromatismo cerámico y auscultando herencias ancestrales. Además, presentaba admirables retratos en óleo sobre tela de Benjamín F. Zeledón, Augusto César Sandino y Olof Palme; de Julio Cortázar (óleo sobre madera), Fernando Gordillo y Leonel Rugama (ambos en técnica mixta sobre madera).

Pero la escultura constituye el ámbito creador más ostensible del maestro Arnoldo Guillén, a quien en 2013 se le dedicó el Certamen Nacional de Pintura del Banco Central de Nicaragua. Al respecto, resulta imprescindible referir sus esculturas monumentales trabajadas en concreto, entre ellas La Virgen, de 10 metros de alto, versión manerista de la escuela sevillana de Murillo; el estilizado Simón Bolívar, de cinco metros, en el parqueo de la UNI; el Rigoberto López Pérez, también de cinco metros, antes de acceder a la UNAN-Managua; el Che Guevara, diseño estructural metálico, de nueve metros, en el Ciprés. Otros bustos, como los de Carlos Fonseca Amador y otro de Elena Arellano en la calle Real Jalteva, de Granada; dos más —uno del doctor Carlos Vega Bolaños y otro del profesor Cristóbal Rugama— ubicados en los colegios que llevan sus nombres; y uno más de monseñor López Ardón en Estelí. La última escultura monumental de Guillén, de cinco metros, es otro Rubén Darío que preside con Sandino a la entrada de la Casa de los Pueblos. En fin, la obra pictórica y escultórica del ometepino se ha concentrado en rendir excelente tributo a los héroes de la patria y a su tierra natal.

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