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Este evento catastrófico acontecido hace 85 años -–el terremoto que destruyó Managua el Martes Santo 31 de marzo de 1931-- es el origen de esta cuarta novela de Francisco Mayorga. Un episodio casi olvidado, quizás por la mayor cercanía de otro sismo similar que nuevamente destruyó la capital del país en diciembre de 1972. 

La Managua de entonces tenía solamente 2 kilómetros de largo de Este a Oeste y unas 10 cuadras de Norte a Sur, y contaba con menos de 45,000 habitantes. Como se sabe, el temblor acaecido a las 10:23 de la mañana, destruyó la capital y todas las instalaciones de los servicios públicos, matando cerca de 1,500 personas y dejando en la calle a centenares de familias, sin agua ni alimentos.

En medio de este acontecimiento catastrófico y ante la ausencia temporal del presidente Moncada, emerge la figura de Anastasio Somoza García, conectado con los representantes de la intervención militar y con las instancias políticas y diplomáticas del país. 

La novela propone que de las circunstancias que rodearon al terremoto emerge el germen de la tragedia política del pueblo nicaragüense, consolidado cuando Somoza logra ser nombrado Jefe Director de la GN y ejecuta el designio imperial de asesinar al general Augusto César Sandino.

Pero las circunstancias dichas son hilvanadas en forma cuidadosa por Mayorga, a partir de un esbozo sobre la personalidad de los actores más destacados de la época. Somoza García, el protagonista; el general José María Moncada –El Canelo-que era el presidente de la República; Henry Lewis Stimson, poderoso secretario de Estado de los Estados Unidos; el embajador de Estados Unidos, Matthew Elting Hanna y su esposa, la baronesa Gustava van der Tarn, el teniente Santillana, Eligio el carpintero, la Licha y la Matancera, para citar a los principales. 

A tal punto esta tipificación que podría añadirse que esta obra, además de ser una novela histórica, es también un ensayo sobre la personalidad del poder, una aproximación psicosocial a la trama de cómo se ejercen, despliegan, fortalecen y consolidan las relaciones de dominación, y cómo en Nicaragua las relaciones de parentesco y la asimilación a los patrones conductuales de los Estados Unidos despejan el camino al éxito político. 

A lo largo de la obra el autor nos incita con episodios de encuentros amorosos, para decirlo de alguna forma, cuando no de actos crudos y lascivos, tan criticados en público, pero que tanto gustan en privado. Hay en la novela escenas de amor de pueblo y de gobernantes; amor de mano, de boca y de lanza plena; amor de pensión y de comedor; amorío de urgencia en la playa; amor sosegado de alcoba; amor de cine al ritmo del film El Águila y el Nopal, pasión de galope en el despacho presidencial, y más aún. 

Toda esa vertiente lujuriosa proporciona a la obra un atractivo adicional, pues se despoja de la hipocresía de la doble moral para exponer hechos que tienen la verisimilitud de haber sucedido. El protagonista hace uso concupiscente del espionaje sexual para sus propios beneficios. 

Sin embargo, a pesar de que estos episodios tan comunes como encendidos humedecen la novela, no me parece que la obra pudiera clasificarse como novela erótica. Lo erótico aquí es un ingrediente más en la maraña de los esfuerzos de Somoza para hacerse con el poder. Por ello la temática central de la novela no es ni el terremoto, ni lo anecdótico, ni la historia real, sino simple y llanamente la toma del poder.

La tramoya política alrededor de los sucesos del terremoto de 1931 subrayan algunas de las características adicionales de la personalidad de Somoza, a saber, su sentido pragmático para aprovechar los acontecimientos –trágicos o  no- a su favor, su astucia para lograr posiciones clave en la estructura de poder, su comprensión de la mentalidad norteamericana y la fidelidad perruna al servicio de sus intereses. Pero su cualidad sobresaliente es, a mi entender, su falta de escrúpulos, capaz de utilizar cualquier recurso, cualquier expediente para alcanzar sus objetivos. 

En el relato, que se lee con avidez de principio a fin, hay mucha credibilidad, o para ponerlo en las palabras de Vargas Llosa, un alto poder de persuasión, la característica principal de una novela, quizá porque está entreverada con hechos de la realidad. 

Mayorga no puede prescindir de citas sobre hechos y documentos históricos no apócrifos, que refuerzan el sentido de autenticidad de la trama de la obra. 

Cinco Estrellas, despojada de la ficción, pudo ser un análisis de la estructura del poder alrededor de la Semana Santa de 1931, pero intuyo que no hubiera tenido el poder de seducción de la obra actual.

 Finalmente, el título Cinco Estrellas es pertinente, pues nos recuerda los delirios de grandeza de Tacho Somoza, otro rasgo inherente de su personalidad. Por el contrario a Somoza, el general Sandino, fue un general del pueblo, y como tal, no tuvo ni una sola estrella; como él mismo dijo, ni siquiera un palmo de tierra para su sepultura. 

 A Sandino le bastaba el sol; el sol de su dignidad.

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