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El carácter nacional de un pueblo es ya una temática obsoleta entre los actuales ensayistas latinoamericanos. En ese sentido, vale la pena releer El nicaragüense (1969) de Pablo Antonio Cuadra (1912-2002) que, hasta 2003, tuvo catorce ediciones, correspondiendo la última a la inserta en el tomo I de los Ensayos del mismo autor, a quien aludiré con su acrónimo PAC.

El nicaragüense, pues, ha sido el libro de ensayos más editado en Centroamérica, pero no se ha traducido ni se ha comentado a fondo. El trabajo que le dedicó el guatemalteco César Brañas tal vez sea el más consistente y comprensivo. Los restantes —unas pocas reseñas y escasos resúmenes universitarios— no se aproximan a su verdadera naturaleza. Consiste, ––como dice Brañas––, en “un haz de ensayos breves que revela mantenida unidad de pensamiento, de preocupación patriótica y sociológica”. Pensamiento y preocupación que había manifestado PAC desde su juventud, trascendiéndolos con el descubrimiento de su país y de su pueblo logrados a los 21, 25 y 27 años respectivamente en Poemas nicaragüenses (1934), Por los caminos van los campesinos (1937) y “El Robinsón, El Aventurero y El Conquistador” (1939).

Imagen universalista del nica

Desde distintas perspectivas y formas literarias —poesía, drama, ensayo— los tres títulos contribuyeron a crear la imagen universalista del nica. Pero fue en la “Introducción al pensamiento vivo de Rubén Darío” (1945), a sus 33 años, que PAC formuló coherentemente esa imagen. Así partió de la geografía —o centralidad umbilical— y de la historia de Nicaragua, donde han repercutido, más que en otro país centroamericano, los problemas y acontecimientos americanos: las corrientes conquistadoras, la piratería, las invasiones y todas las amenazas en general. En sus realidades políticas y culturales, el nicaragüense extiende su visión al continente e incluso más allá —concluía— basado en el ejemplo paradigmático de Rubén Darío.

Tras su experiencia mexicana en el segundo lustro de los 40, PAC debió considerar la obra de Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México (1934), un modelo para una tarea más ambiciosa: perfilar la idiosincrasia nacional de su patria en función de los modos de vida de sus habitantes como expresiones de estructura sicológicas y espirituales profundas. Y esta tarea llegó a plasmarla en sus “Apuntes sobre el nicaragüense” (1959), aparecidos por entregas en el suplemento dominical de La Prensa y luego insertos en Revista Conservadora (noviembre, 1961): germen de su libro publicado seis años después. En ese texto primigenio, PAC deslinda cuatro “tipos” distintivos de nicaragüenses: el “costeño”, el “norteño”, el “chontaleño” y el de la “zona del Pacífico”, en el cual podrían marcarse diferencias regionales. Pero aclara: “El tipo nicaragüense, hasta hoy, no se ha formado por la suma e interinfluencia de todos estos tipos, sino por la influencia y predominio de uno de ellos”, aludiendo al último. Es decir, reconoce que el surgido de la mezcla española e indígena en el Pacífico (de Rivas a Chinandega), con algunos elementos “chontaleños” y “norteños” se habían impuesto. Este tipo rector —añadía— ha protagonizado nuestra historia y, por circunstancias diversas, ha incidido más en ella imponiendo su estilo a los restantes.

El nica del Pacífico elevado a rango idiosincrático

De esta manera, PAC elevaba a rango idiosincrático ese estilo al describir el nica ––especialmente del Pacífico––, marcado por fuerzas míticas, climáticas, políticas, sobrio e imaginativo, itinerante o “exódico”, procesional en su fe, trabajo y manifestaciones partidarias; extravertido y yoquepierdista; un nica que opta por la simplicidad en su vestimenta cotidiana, carreta y aperos rurales como también en su vivienda, a la cual adorna de forma sencilla y, a veces, con elementos provisionales. Crítico de su país, se ríe de sí mismo, habla directamente, pero no “escupe al cielo” (la blasfemia le es ajena); se apega a tradiciones “machistas” y a un incorregible individualismo. Por lo general, triunfa personalmente. “Pero en las empresas sociales —observa— no damos todavía un buen ejemplo de coordinación ni de disciplina. Somos díscolos. Cada quien es una república. Somos robinsones y cada vez que el héroe sale de casa, el nicaragüense se siente repetir su éxodo y su tentación de la aventura”.

Como se ve, retoma su ensayo de los años treinta, subtitulado “Notas para un estudio del genio nicaragüense”: un robinsón, aventurero e individualista que triunfa dentro de un orden, afuera, en el extranjero; y fracasa, naturalmente, en su país de “robinsones”, aislados y solitarios en el desorden. En otras palabras, comprobaba en el nica su falta de continuidad y solidaridad colectivas para preservar su país, tendencia de su modo de ser que implica la negación sucesiva del pasado, o de cada periodo, para comenzar de nuevo. “La conquista es un comienzo. La independencia es un comienzo. León, la capital colonial, comienza dos veces. Managua, la capital republicana, comienza otras dos veces. Los 30 años —después de la Guerra Nacional— son un comienzo. Zelaya es un comienzo, la Revolución Conservadora es un comienzo. Y se espera la caída de los Somoza para comenzar…” especificó en sus “Apuntes…” de 1959.

Curiosamente, ese mismo año Octavio Paz revisaba y aumentaba su ensayo El laberinto de la soledad: indagación ontológica del mexicano. No pretendía lo mismo PAC en su boceto del nicaragüense donde, más que emitir opinión, constata rasgos culturales que tendieron a configurar un carácter “nacional”. Pero este no es invariable: cambia en la medida que varían las condiciones económicas, sociales y religiosas; por eso el nica allí retratado corresponde, en esencia, al conocido PAC desde sus años formativos hasta los años cincuenta, cuando advino el proceso del desarrollo mecanizado de la agricultura. O sea: un nica más en contacto con la vida campesina que con la urbana.

En esta dirección, señala elementos que había palpado, entre ellos el espíritu de pobreza y soledad del campesino, más la significación vital de su rancho, para asediar problemas generados por la “Revolución de la Máquina”. Por ejemplo, la absorción macrocefálica de Managua y la voraz invasión de la mentalidad comercial, la existencia simultánea de poblaciones con tiempos históricos distintos y la introducción de hábitos despersonalizadotes a través de la publicidad. Igualmente, de vivos vestigios prehispánicos o coloniales extrae pistas para una teoría de la espiritualidad nicaragüense, demostrar el arraigado sincretismo de nuestro folclore o interpretar nuestras festividades populares.

Las fiestas de Santo Domingo y su lectura simbólica

Por ejemplo, PAC leyó en las fiestas de Santo Domingo la negación del pueblo (o masa mestiza) de seguir la religiosidad oficial y su actitud de expresar la suya propia: el santito rechaza permanecer en Managua, cuyo patrón era hasta entonces Santiago —producto de la religión conquistadora— y desea estar en las afueras, en el campo con el campesino. Prefiere ser la fuente de un culto periférico, de unos habitantes marginados. Así se vincula, ritualmente, el campo y la ciudad. Pero expresa más bien la resistencia del campo (y de la cultura nativa) a dejarse absorber por la ciudad (y la cultura hispano-criolla). Y agrega: “Si el nacimiento de la tradición de Santo Domingo coincide con los años en que Managua se perfila o nace como capital de la república, la intuición del pueblo creador de tal tradición adquieren un significado todavía más luminoso para nuestra historia, porque le traza un destino a Managua: su capitalidad no puede encerrarse en un centro (o en un centralismo), sino abrirse al campo y ser la cabeza de un país agrario”.

Pero El Nicaragüense no fue concebido como un libro cerrado y compacto, sino abierto y mejorable. Por eso no solo su corpus principal se enriqueció a partir de su edición de 1987 con un ensayo: “El desarrollo de la conciencia de nuestra nacionalidad”, pieza fundamental; también su segunda y tercera secciones, integradas por otros escritos complementarios. De manera que la editio princeps de los años sesenta, quedó más “angustiosamente provisional” que la última, pues esta posee nuevos trabajos ausentes en aquella. Al parecer, siguió la divisa de Darío: “Mejorarse no es contradecirse”.

Por lo demás, la primera contiene “cosas que se pueden rectificar, ahondar o atacar”, según confesó PAC a Jean-Louis Feliz. El mismo PAC, en las diferentes ediciones, profundizó en su interpretación de la preferencia del nica hacia el beisbol y evocó un “tipo” representativo de un oficio marginado como era el marinero del Gran Lago, con quien había convivido en su juventud; sugirió que al nica la creación de su casa propia y apropiada a la vida moderna —que debía surgir de la tradición, pero abandonando esta— e identificó dos tendencias sociales permanentes: la encarnada por el “Medio real” y el peligro del “Charral”.

Si el primero ha proliferado vendiendo su dignidad por el mita-mita, jafanajaf o el serrucho y, en los años noventa por el irresistible “cañonazo”, el segundo contiene una parábola. Esta se reduce a que la cultura popular en un cambio social, cuartelazo o revolución, es vulnerada por la agresión de la jayanería, la profanación, el gusto vulgar por la destrucción y el rebajamiento. “Los márgenes de rebeldía, anarquía o insociabilidad —puntualizó— no son suprimibles por la represión sino por la educación. Más todavía: la educación no suprime: orienta. El charral es una fuerza virgen, es la fecundidad sin ordenamiento y sin cultivo que, por frustración, se arma de espinas o lanza al aire sus polvos urticantes”. El nicaragüense, por tanto, perfila una guía de progreso cívico; faceta que no debe eludirse.

En fin, pese a sus limitaciones, sigue constituyendo un buen punto de partida para conocernos. La mayoría de sus observaciones son todavía válidas. Y también su idea central: la intensa fusión indo-hispana, o proceso de mestizaje, como clave para definir la identidad cultural de Nicaragua.

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