María Elena Artola Juárez
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¡¡Percibiéndote!!

En la lejanía de mis recuerdos
te percibo,
y en los susurros del viento 
escucho tu voz.

Y todavía más…

En las aguas cristalinas de la fuente,
donde saciar quisiera
la sed de tu presencia,
advierto tu silueta que,
al querer acariciarla, se evapora
como el agua entre mis dedos.

Y más allá…

En el horizonte infinito
solo queda la estrella
que juntos tocábamos con el alma
en las mágicas noches de plenilunio.


¡Me tocaste el alma..!

Cuando eras niño no tuviste tanto amor como ahora, pero ya no estás para disfrutarlo. 
Creciste carente de cariño, sin el calor del regazo de tu madre, pero tu ímpetu robusto, tu talento y tu gracia, te elevaron al santuario de las estrellas.
Todo podrá decirse de vos, mas lo único que importa, es que supiste tomar de la vida lo mejor de lo mejor.
Y así...

Me tocaste el alma con las manos limpias. Y una lágrima brotó, con dolor, como la perla cuando sale de la ostra, y corrió por los surcos de mis años, alimentados por las letras y matices de tu hermoso, colorido y sui géneris, cantar. 

Vos allá en la distancia que separa los cuerpos físicos y yo aquí, ahora, tan cerca de vos, sintiendo con mi piel y con mi alma tus canciones que, como corriente eléctrica, hacen vibrar... 

Seguramente, desde esa distancia etérea e ignota donde solo habitan las almas que han emprendido el vuelo sin retorno, estás sorprendido de tanto amor que cultivaste en tu tiempo y en tu historia.

Si de niño el infortunio te arrulló con sus pesares, tu indómito alter ego supo sacarle la mejor parte y brillar ante el mundo con tus divinos talentos: Tu voz, tus canciones y tu gracia. 
Cuando se marcha un talento de tu estirpe, enmudece el sonido del tiempo, el micrófono se apaga, desaparecen las distancias, palidece el alma del mundo y la música pierde su cadencia.
 Tu guitarra, tu piano… sollozan en lamento mudo porque las manos que les daban vida, que les hacían vibrar de amor y pasión, ya no están...se fueron de repente, sin estar preparadas para hacer el equipaje. 
Así, de tal manera, la partida duele más y más y más…

Todo está consumado. Ahora que estás en la constelación más hermosa y brillante del firmamento infinito, dejaste entre nosotros tu alma, tu esencia y tu energía “para seguir amándonos”, Juan Gabriel. 


¡Me gusta todo de vos!

Me gusta cuando dices que me amas
y cuando pronuncias mi nombre
con tanta gracia.

Oh, sí, me gusta todo de vos,
porque estás hecho para amarme,
estás hecho de luz para alumbrar mis días felices.

Adoro la forma en que me miras: 
Siento música en el alma, 
y veo el mundo de colores.

El sonido de tu voz que me llega con el viento
acaricia mi pensamiento,
y entonces surgen, estos versos que te escribo.

La magia de tu amor es tan grande
que todo mi rededor es como arcoiris,
y mi rostro es todo, diáfana alegría.

Me gusta cuando dices ¡mientras vos me querrás,
yo estoy aquí queriéndote más!

Eso es todo. Cuando hay amor,
el mundo se torna de colores, 
las flores se convierten en poesía.

¡Y qué más puedo deciros! 

No hay mayor exquisitez en este mundo,
que tener el alma llena de amor…

Porque cuando hay amor, se anula la tristeza, 
se melifica el pensamiento, 
se poliniza la inspiración, 
y se escriben los versos más lindos de la vida.

Poemas y prosema de
María Elena Artola Juárez

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