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Él estuvo presente en los grandes acontecimientos de la sociedad leonesa dándole vida a cada festejo con sus notas musicales ejecutadas por las mejores orquestas. Gran compositor de temas religiosos y de géneros ajenos a las fronteras del vals.

En esos tiempos en los que las discomóviles eran asuntos de ciencia ficción y en los que la música era por encargo, el maestro José de la Cruz Mena era uno de los más respetados talentos leoneses. 

Alma atormentada que divagaba en las tinieblas como sombra que acecha, condenado a vivir en un exilio doloroso en el que no solo le aquejaban las heridas del cuerpo cubierto por lepra, sino el hielo social que carcomía a quienes, como él, habían tenido la desgracia de albergar el maldito bacilo.

Fue su vida un juego perfecto de antítesis. La luz de sus ojos se apagó por la ceguera, pero su existencia se iluminó con el genio musical. Su piel se laceró pero su alma se hizo fuerte como roble y fructífera en gratitud para con quienes le tendieron la mano, de hecho gran parte de sus grandes piezas las produjo como homenaje a sus bienhechores.

José de la Cruz Mena, el maestro, es de esos hombres que se hacen más grandes en medio de la miseria..

Nacido en León, tierra que también lo vio morir, se labró un gran futuro como músico gracias a que tenía la herencia tanto por sus raíces maternas como por las paternas.

Desde muy niño empezó a desarrollar su talento junto a sus hermanos, aunque su padre advertía en él especial devoción y pasión por la música.

“Cuando aún era pequeño y entre todos sus hermanos, José de la Cruz fue uno de los más sobresalientes y apasionados por la música, quizás el que más deseó aprender su técnica, su magia”, se lee en la obra Brevario de investigaciones musicales nicaragüenses.

En dicho libro se cita al maestro Edgardo Buitrago sobre un encuentro entre Mena y Rubén Darío. Según la narración, el joven Darío llegó al colegio del músico y ambos se observaron detenidademente como si él uno adviertiera el gran talento del otro.

Viajes

Su talento inigualable lo llevó a que con 15 años, pudiera integrar la Banda de los Supremos Poderes, donde le designaron la ejecución del bugle, el cual se convirtió en su instrumento predilecto. Luego viajó a Honduras, donde fue integrado a la Banda Nacional y de ahí se marchó a El Salvador, para ingresar a la Banda de los Supremos Poderes. 

De ese país al que llegó cargado de ilusiones, salió abatido con la terrible noticia de que padecía lepra. En el hospital donde fue atendido, compuso para la madre superiora villancicos  y un Ave María, siendo esta última grabada e interpretada con éxito en España.

Si antes había tenido que batallar contra la estrechés económica, lo que le venía ahora era mucho más difícil de enfrentar.

Sabía que estaba condenado a recluirse en la isla Aserradores junto a los pobres desdichados a los que este mal les había arruinado la vida.

Sin embargo, su talento lo salvó. Dedicó una marcha al general Zelaya, tan bella que el presidente decidió permitirle vivir su soledad junto al Río Chiquito en León.

La música no solo lo salvó de Aserradores, también le permitió sobrevivir, pues componía temas por encargo y con ese dinero se ayudaba, aunado a la pensión que Zelaya le había designado para paliar su desgracia.

Ahí, recluido y atormentado por la mutilante infección, no solo perdió la vista, sino también sus manos, pero eso no lo detuvo en su carrera como compositor, pues muchos jóvenes músicos entusiastas llegaban hasta su lecho para copiar las notas que él les dictaba por medio de silbidos.

Despreciado por muchos, no solo por su enfermedad,sino por la magnifencia de su talento, tuvo su mayor momento de gloria en el teatro municipal que hoy lleva su nombre en León, donde su pueblo dejó de ver al leproso para ensalsar al músico.

Transcurría el 15 de septiembre de 1904  cuando se anunció al ganador de los Juegos Florales en la categoría música. Era una noche lluviosa y en las afueras del teatro merodiaba una sombra que resplandeció cuando fue conducida hacia el interior del coloso donde Margarita Rochi interpretó las notas del vals “Ruinas”, que le dio gloria al “Divino Leproso”.

“Los labios del artista enmudecieron. De sus ojos sin luz brotó un torrente de lágrimas y subió a las galerías más altas del teatro desde donde emergió su triste figura mutilada de leproso. Y los ojos de todos se volvieron hacia él y gritaban “¡Viva Mena!”, narra don Edgardo Buitrago.

 Según el maestro Donald Chamorro, director del grupo de Cámara Kinteto, “la personalidad artística de Mena y su relevancia se puede posar en cino o seis hechos trascendentales. Empezando porque es un músico que se puede considerar uno de los grandes exponentes del pentagrama centroamericana de la época, puesto que sus obras traspasaron nuestras fronteras.Su música es patrimonio del istmo”.

Asimismo, Chamorro enfatizó en que el maestro Mena destacó en la música religiosa y de salón, y que no se limitó a los valses, como muchos han creído erróneamente.

Por otro lado, lamenta que no se conserve gran parte de sus composiciones, debido a que muchas las dictó a jóvenes con poca pericia musical, otras las vendió, por lo tanto no tenía un lugar fijo que le permitiera archivar su trabajo.

Inmortal por su talento, Mena murió el 22 de septiembre de 1907, fue depositado en un ataúd donado por la municipalidad, fue enterrado acompañado por música en el cementerio Guadalupe pero al cumplirse 100 años de su muerte, sus restos fueron exhumados y trasladados a la Catedral de León, donde descansan junto a los grandes de la poesía, entre ellos Rubén Darío, aquel con el que se quedó viendo cuando eran niños. 

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