Gina Sacasa Gina Sacasa Ross
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Mi historia es larga y tendida como suelen ser las historias de los que como yo, hemos alcanzado vivir más de 70 años. Yo llevo ya 74 en los que he recopilado alegrías y tristezas por partes iguales.  Mi génesis tuvo lugar en la parte cálida del paraíso: León de Nicaragua. Allí nací y crecí; allí enterraron mi ombligo y allí, impelida por la voluntad del Ser Supremo que designa quién viene a este mundo y en dónde, fui inconscientemente incorporándome a la vida, distinguiendo formas y colores, absorbiendo olores, sabores y costumbres con los que el día a día va moldeando a la persona. Aprendí que tenía padre, madre y hermanas. Y por la luz del entendimiento que nos infunde el Espíritu Santo, identifiqué que el bienestar que al lado de ellos percibía, era lo que llamamos ‘calor de familia’. Ese mismo don me hizo comprender que yo era una leonesa –origen que me llenaba de orgullo–.  Más adelante supe que León era parte de Nicaragua.  Cuando mi cerebro fue capaz de procesar lo que mis ojos veían: el paisaje de aquellas tierras, la majestad de sus volcanes, la placidez de sus lagos, quedé cautivada por sus bellezas y noté en el pecho otra fuerte emoción… el amor patrio; muchos septiembres juré ante la bandera azul y blanca respetar y amar a Nicaragua para siempre.

Suave, aunque inexorablemente, Dios extendía ante mí un camino que yo seguía alegremente a ciegas sin pararme a sopesar consecuencias.  Sin notarlo, dejé la infancia transformándome en mujer. Andando, andando crucé muchas de las misteriosas puertas guardianas de los sentimientos humanos. Tras una de ellas Eros me salió al encuentro; de su mano experimenté la pasión, la entrega, los celos y el desengaño. Pero también la maternidad -que a mi juicio es un amor tan poderoso como camaleónico, ya que faculta a la mujer con la más noble abnegación o la más indomable fiereza según lo requiera la circunstancia.  

Aquel florido sendero que se me abrió al nacer se fue tornando con el paso de los años más amplio, más largo, más complicado. Lejos quedaban las conocidas calles de mi León. Lejos el repicar de sus campanas, el rumor de sus mares, la afectuosa amabilidad de las gentes leonesas que me querían solo por el hecho de ser hija de mis padres. “Es la muchachita de don Joaquín” decía alguien y esa simple frase –adquiría la magia de la famosa “ábrete sésamo” haciéndome posible cualquier deseo.

Mas todo eso fue convirtiéndose en recuerdo a medida que yo avanzaba en mi camino. Recuerdos que yo anidé en mi corazón pero que parecían abandonarme cuando mi vida tomó rumbos desconocidos y tan difíciles que si alguien me pidiera dibujarlos serían trazos parecidos a los arrojados por un electrocardiograma que interpretados por ojos ignorantes, semejan multitud de sinuosas líneas, inesperadas vueltas, abruptos tumbos, empinadas  subidas y escabrosas bajadas.  Milagrosamente –sin duda por disposición divina- aquellos recuerdos de Nicaragua ¡especialmente los de mi León! siempre volvían a mi mente.  A veces entre sueños reconocía la silueta de mi iglesia de La Recolección; a veces a la luz de alguno de mis logros que me sabía incompleto sin el eco de los aplausos de mis coterráneos. También los fracasos me trasportaban a mi terruño –anhelando consuelo-. Debo admitir que mi memoria fue parcial a mi patria al punto de distorsionar un tantito la realidad. En el lienzo nebuloso de mis ensueños incrementaba con arte magistral el azul de sus cielos, el verde de sus campiñas, la dulzura de sus frutas y sobre todo, la amplitud de la sonrisa del nicaragüense.  Las imágenes que mi mente recreaba de mi tierra natal eran tan prometedoras que me contagiaban del tipo de nostalgia que aflige a los exilados; esa que te va inundando despacito hasta que con el paso de los años te quiebra las espaldas.    

Con esa carga entré en mayo del 2015 en un túnel inesperado y oscuro del que pensé nunca iba a salir. ¡Me equivoqué! Un destello rompió las tinieblas y escuché una voz que hablaba con mi acento: “Ánimo que estoy aquí para servirle; sus hijos oraron al Padre y Él me envía para ayudarla”.  Sonreí encantada. “¿Sos leonesa?”, le pregunté. “De Telica”, me dijo. “¿Cómo llegaste hasta San Francisco?” “Usted sabe, empujada por el destino”. ¡Cómo no saberlo si me había sucedido lo mismo!

De ahí en adelante, Miriam (¡tenía que ser tocaya de la Virgen!) me ha convertido cada día en una efeméride. Gallopinto a diario, indio viejo, salpicón para mi cumpleaños, nacatamal el domingo, vaho para Año Nuevo, acompañados con cebada olorosa a frambuesa, pinol, pinolillo con mucho cacao y canela, atoles, rosquillas. En fin, ¡como si viviera en el corazón del mercado Central! O al menos en sus alrededores.

Por supuesto, que el retomar esos olores, sabores y costumbres ha recrudecido mis añoranzas. Tentadores pensamientos danzan en mi cerebro. Las esencias y savias del otoño que Darío proclamó en su Cantos de vida y Esperanza inducen en mis labios  plegarias rogando  a Dios me conceda completar el círculo de mi vida desandando el camino que me separa de mi querida ciudad para poder cerrar mis ojos en el mismo lugar donde los abrí por primera vez. Ahora persigo esa ilusión, abrigo esa fe. ¡Te veo pronto, León!

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