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En el Nuevo Amanecer Cultural del 24 de mayo de 1981, el veterano narrador Juan Aburto (1918-1988) aseguró que la narrativa nicaragüense de los años 80 “se originará al pie de los testimonios: patéticos, relatos de cárcel, etc.”; y que esta vigorosa forma de expresión enriquecería nuestra literatura. Así se esperaba entonces, tras el derrocamiento del régimen somociano, el radical cambio político subsiguiente y la euforia colectiva  de una revolución en marcha, es decir: de un proyecto histórico trascendente.

Si bien es cierto que el testimonio fortaleció la tradición literaria nacional, las escasas novelas surgidas durante la década no estuvieron ligadas al subgénero, oficializado en Cuba dentro del premio Casa de las Américas a partir de 1970; pero no era nuevo en Nicaragua. “Género de guerreadores”  lo denominó otro notable narrador, más experimentado y moderno: Lizandro Chávez Alfaro (1929-2006).

Cástulo Córdoba: narrador excepcional

Pues bien, Chávez Alfaro señaló como excepcional precursor del testimonio de guerra a  Cástulo Córdoba (nacido en 1821), zapatero chinandegano que  las agitaciones políticas condujeron a optar por la milicia como oficio, habiendo tomado parte en la guerra civil de 1854, e incluso en la guerra nacional antifilibustera, de las cuales dejara a sus 88 años unos “Recuerdos dolorosos”. Publicados por el historiador José Dolores Gámez (1851-1918) en el diario ‘El Comercio’, de Managua —durante los meses de julio y agosto de 1909—, se rescataron durante los años 60.

Terribles escenas del sitio a Granada por el ejército democrático, que duró casi nueve meses, son descritas por Córdoba, como subalterno, con una gran carga humana. Afirma que los legitimistas se exhibieron “como antropófagos, sedientos de sangre y hambrientos de víctimas”. Mas también evoca los ahorcamientos perpetrados por los democráticos de vivanderas, indígenas de los pueblos vecinos que iban a vender  sus productos a la plaza de Granada. Numerosas, en fin, son las imágenes que Córdoba guardaba en su memoria: avances a través de boquetes que los leoneses abrían en las casas, asaltos con puñales afilados para el degüello, borracheras de traidores, capturas de prisioneros, armas y bestias, fuego vivo y nutrido  desde claraboyas; trincheras tomadas y refriegas sangrientas, la epidemia del vómito negro, cadáveres infectados, lastimosos quejidos y lamentos […]. 

Otros testimonios

Otros ejemplos del subgénero fueron ‘Sangre en el trópico’ (1930), primera novela de autor nicaragüense con sustentación testimonial, de Hernán Robleto (1892-1969); ‘Itinerario de Little Corn Island’  (1937) de Manolo Cuadra (1907-1957) e ‘Impresiones y recuerdos de la revolución de 1909 a 1910’ (1941) de Macario Álvarez Lejarza (1866-1977). Si el de Cuadra es el documento humano de un confinado político, el de Álvarez Lejarza la narración novelada de una experiencia bélica.

Otro testimonio más de Hernán Robleto, también novelado, debe tomarse en cuenta: ‘Cárcel criolla’ (1955). A este siguieron cuatro de tendencia antidictatorial o antisomocista. Me refiero a los de Luis G. Cardenal: ‘Mi rebelión / La dictadura de los Somoza’ (1961), Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (1924-1978): ‘Diario de un preso’ (1963), Clemente Guido (1930-2004): ‘Noche de torturas’ (1963) y Fernando Gordillo (1941-1967): ‘La tarde del 23’ (1965). 

Hombre del Caribe (1977)

En la misma línea se inscribía el de Carlos J. Guadamuz (1945-2001): ‘Y… las casas quedaron llenas de humo’ (1971), primera crónica de un movimiento de liberación nacional en Centroamérica y prologada por Daniel Ortega Saavedra en la cárcel Modelo de Tipitapa, que mitifica al héroe sandinista Julio Buitrago. Durante la misma década apareció el testimonio de la vida de Abelardo Cuadra: ‘Hombre del Caribe / Memorias presentadas y pasadas en limpio por Sergio Ramírez’ (1977), que reseñó Ernesto Mejía Sánchez: “La obra no es una requisitoria sobre el somozato, ni siquiera es un buen recuento de sus fechorías, sino un puñado de memorias de un soldado de fortuna, o de mala fortuna, ex oficial de la Guardia Nacional de Nicaragua…”.

Yo deserté de la Guardia Nacional de Nicaragua (1979)

En octubre de 1977 José Antonio Siles, teniente de infantería de la Guardia Nacional, se asiló en la embajada de Costa Rica en repulsa ante los crímenes gubernamentales cometidos en las montañas del país; experiencia de la cual nació su crudo y directo testimonio: ‘Yo deserté de la Guardia Nacional de Nicaragua’ (1979), el cual revela —con la precisión de una memoria asombrosa— detalles, escenas y responsabilidades sobre el desarrollo guerrillero del FSLN y de la represión somociana. Su edición constó de cinco mil ejemplares, pero no se pudo apreciar el valor narrativo de sus páginas.

Somos millones […] (1977)

De 1977 data también el testimonio elaborado por la periodista estadounidense Margaret Randall: Somos millones: la vida de Doris María Tijerino combatiente sandinista. Randall tuvo el mérito de iniciar la factura profesional del subgénero. Más tarde, a raíz del triunfo de la insurrección popular sandinista, formuló que esta coyuntura propiciaría la posibilidad de hacer historia, “por primera vez en la historia” desde las clases dominadas. Y no carecía de razón, aunque las últimas no se hallarían muy presentes en dicho subgénero.

La montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1982)

A un estudiante universitario de clase media, incorporado a la guerrilla del FSLN, le correspondió emitir el primer testimonio surgido en el contexto revolucionario: Omar Cabezas (1950). Con su espontánea oralidad, Cabezas grabó numerosas cintas que fueron sometidas a correcciones literarias por varios amigos, llegando a conformarse un documento vivo de sus experiencias políticas y personales: ‘La montaña es algo más que una inmensa estepa verde’ (1982), que mereció el Premio Casa de las Américas en Cuba y se tradujo al alemán, búlgaro e inglés. Igualmente, se publicó en Ecuador, México y Venezuela, además de obtener buena recepción crítica. “Este libro —lo presentó Eduardo Galeano— nada tiene que ver con las vidas de los santos apóstoles al estilo realista socialista. Nada menos petrificado y solemne que estas páginas, donde continuamente asoma el rabo del diablo de la picardía popular”. 

Al final de los 80, cuando el testimonio había perdido no poco interés, Omar Cabezas dio a luz otro libro con el mismo método: ‘Canción de amor para los hombres’ (1988), en que glorifica la chacota, actitud propia del carnaval universitario, entre otros aspectos.

La marca del zorro (1988)

He aquí los testimonios más importantes de los 80. En primer lugar, ‘El Danto / Algunas correrías y andanzas’ (1988), escrito por el mítico guerrillero Germán Pomares en 1975, lo que le resta anchura e ímpetu. “El suyo debió haber sido un testimonio dicho con su boca y no con su mano entumida por un semidominio de la letra” —observó Chávez Alfaro—. Luego, ‘La marca del zorro’ (1988), sin duda el mejor de todos por la preservación de la oralidad de Francisco Rivera, otro guerrillero legendario, conservada por Sergio Ramírez, coautor. 

Entre el fuego y la sombra (1989) y La paciente impaciencia (1989)

También hay que citar el testimonio, escrito por Charlotte Baltodano Egner, ‘Entre el fuego y la sombra’ (1989): un sondeo exterior e interior, signado por la pasión y la entrega, sobre la “Etapa de acumulación de fuerzas en silencio” (1974-77) de la vanguardia entonces gobernante. Y por fin merece destacarse el testimonio más elaborado por estos autores, desde su título de procedencia bíblica: ‘La paciente impaciencia’ (1989), de Tomás Borge (1930-2012).

Esta obra es autobiografía y biografía, crónica y ensayo, memoria y antimemoria, panegírico y vituperio. Un libro singular y abierto a muchas formas donde caben el prosema y el intertexto, el retrato y el obituario, todos fortalecidos y renovados. En fin, el producto de un testimoniante que se asume como escritor y se construye un lugar en la república de las letras. 

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