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En uno de mis viajes a España, como era de rigor, visité al amigo y maestro Eduardo Zepeda-Henríquez. La noche del sábado 7 de marzo de 2009, un día después de haber celebrado su 79 cumpleaños, me recibió en su apartamento madrileño de Conde Aranda 6, 4to dcha: para mí una dirección entrañable desde los años 70. Allí siempre me ha dado cita la acogida intelectual, la cordialidad y el afecto de quien contribuyó a mi formación no solo desde el aula —en la UCA de los años 60—, sino a través de su inalterable amistad e intercambio epistolar.

Por eso quisiera dar noticias de sus últimos poemarios, sumándome a la valoración que ha realizado de su obra en verso Julio Valle-Castillo en el segundo tomo de su antología El siglo de la poesía en Nicaragua (2005). Ahí la reconoce como lo que es: un ejemplo cimero de la vertiente honda y temporal —a lo Antonio Machado, sin excluir la humanidad vallejiana— de la poesía española contemporánea del siglo XX. Señala, además, su continuidad de la vanguardia internacional y su dinámica al cantar “los lenguajes poéticos, plásticos, musicales, modernos, secuenciales y sus figuras: Neruda, Joyce, Eliot, Henry Moore, Le Corbusier, Picasso, Dylan, el rock, el cine”.

Y no podía ser de otra manera. Por algo Zepeda Henríquez ha residido en España más de 40 años: primero 8 (1954-61) cuando, incorporado a la vida literaria española, casó con Concepción Aguilar, habiendo procreado dos hijas: Enriqueta y Esperanza; y luego 32, a raíz del último terremoto de Managua, tras once años de experiencia entre nosotros (1962-72) como catedrático y funcionario cultural. Pero su vocación se remontaba a la adolescencia granadina con los jesuitas y a sus primeros pasos dentro de la llamada Promoción del 50, determinante en su carrera literaria.

Rigor mental y deslumbrante intuición 

Esta ha sido marcada por un equilibrio que articula en su lenguaje totalizador un máximo rigor mental y una deslumbrante intuición. Entre ambos polos oscila su obra, especialmente su poesía, estrenada —sin tomar en cuenta la publicación de su precoz poemario Lirismo (1948), al que el poeta ha llamado su “ejercicio de scholar”— con El principio del canto (1951), poema inaugurador del tono coloquial en Nicaragua, de signo hispanista y cristiano, merecedor del Premio Nacional Rubén Darío de ese año.

Luego —primero en Chile y después en España— intensificó sus recursos en Mástiles (1952) y Poema campal del prójimo (1955), no ajeno a la fibra religiosa de José María Valverde y a la conceptual de Claudio Rodríguez; pero con claros acentos personales. En Como llanuras (1958) logró más selectividad, como también en A mano alzada (1964 y 1970), donde adapta el heptasílabo al romance, con encabalgamientos y rimas graves; no en vano obtuvo el Premio Internacional de Poesía Juan Boscán en 1962.  

Durante los once años nicaragüenses de administración cultural, magisterio universitario y labor de interpretación crítica y reflexión filosófica, Zepeda Henríquez no renovó su estro poético, logro que alcanzaría durante su definitiva estada española. Así lo revelaron los siguientes poemarios publicados antes de concluir la centuria pasada: En el nombre del mundo (1980), Horizonte que nunca cicatriza (1988), Mejores poemas (1988), Al aire de la vida y otras señales de tránsito (1992) y Responso por el siglo vigésimo (1996), los dos últimos difundidos por Verbum, sello editorial madrileño. Si en Al aire de la vida traza poemas autobiográficos (por ejemplo “Compañía limitada” y “Alta fidelidad en la Cruz del sur”), el Responso conforma todo un sonetario experimental y refinado que culmina en una “Oración y canto secular” en verso libre.

Aporte a la épica de una conciencia nacional

Pero en sus libros del siglo XXI, a partir del Concierto nacional de la gesta de Sandino (2000), editado también por Verbum, Zepeda Henríquez encontró su plenitud. Trece cantos consagran al Sandino mítico y al histórico, fundidos en uno solo: el de la Conciliación, no el de la Discordia. Sandino es arquetipo. Nicaragüense único. / No tendrá sucesor ni sustituto, / y ha proclamado entre sus hombres / la independencia; nunca / la dependencia de otros hombres.

Una sublimación metafísica del amor

En Amor del tiempo venidero (2001) condensa una sublimación metafísica del amor,  que “ultima —de acuerdo con su prologuista, el poeta español de su generación, José Gerardo Manrique de Lara— el mito de la pasión amorosa como salvadora del género humano”. De cuatro movimientos y un epílogo coral consta este poema unitario, cuyo verso más memorable es imprescindible citar: A la amada le basta una sola mirada en los ojos. A esta sinfonía de raigambre clásica siguió su Canto rodado de personas y lugares (2004), evocaciones que alcanzaron su más alta expresión en Fisonomía sobre tabla (2005): autorretrato, escrito en el centenario del biopoema más grande la lengua: el “Preludio” o primero de los Cantos de vida y esperanza. 

Un recuento autobiográfico de su estética

Se trata de un recuento autobiográfico de su estética. Soy poeta “laguista”, con el ritmo / de mi lago natal entre las venas, / obsesionado por la transparencia… / Mis maestros jesuitas me iniciaron / en la amistad de los poetas clásicos, / que de las diosas la belleza amaban, / y la sabiduría de los dioses… / Chile me dio la sobriedad, lo justo / en el decir —con la excepción de Pablo—, / de la palabra el ademán preciso, / severo el traje, el alma silenciosa / y honda; silenciosa y elegante… Y continúa, ya emprendido su viaje transatlántico a España, alumbrado por la luz mediterránea, declarando: Fui siempre un disidente literario. / En el año del Pez y la Serpiente, / me escribió Cuadra, con su buena letra / de dibujante y su melancolía: / Poeta, no se aparte de la tribu. / Yo nunca fui tribal pero sí amigo / de mis maestros y coetáneos. / Jamás he sido imitador ni adepto. / Le di a mi patria los mejores años, / y la parte mayor de mis escritos.

Y continúa a sus 75 años: Sin invocar a Anteo, tiene mi obra / vocación de caoba centenaria. / Al lado de mis hijas, hoy escribo / estos versos como hechos con espátula /… Nicaragua / y España rivalizan en laureles / y condecoraciones que me abruman / más que la poesía planetaria, / y que parecen homenajes póstumos. // Viudo soy, y tengo el pelo cano. / Es poema de amor mi libro undécimo, / y me alivia el misterio un nuevo libro.

Mas el certificado de autenticidad, ejecutado en precisos endecasílabos como los versos anteriores, no puede ser más íntimo: Se retira el poeta a los dominios / de sus libros en piel encuadernados; / a su tacto educado en la caricia; / al tacto de sus Hebes de alabastro; / a su afinado tacto de luciérnaga, / y de sus copas de Bohemia al tacto. / ¡Qué prodigio en las yemas de sus dedos! / ¡Qué porcelanas de Limoges  y Sévres! / La vida se hace magia por el tacto / de charolada pátina en sus bronces, / y el tacto es el sentido del amor.

Otro concierto: el de Darío

Poema sinfónico de Darío (2007) y Ofertorio filial (2008) se titulan las dos recientes producciones editadas de Zepeda Henríquez. El primero, prologado por la estudiosa francesa Claire Pailler, es otra configuración épica-lírica: la de Rubén Darío, mayor héroe civil de Nicaragua, en quince cantos armónicos. He aquí un fragmento del quinto, dedicado a su tercer amor (Francisca Sánchez): Hay todavía otra mujer, la amante; / Francisca, una aldeana, / hija del guardabosques / de la Casa de Campo, de Madrid, / y a quien Darío conoció / en su paseo por aquellos bordes / forestales y a las luces / de un madrileño cielo de cristal de roca. / Ella dio descendencia a don Rubén. / Nuestro poeta y un poeta amigo le enseñaron a leer. / Ambos vivieron en el barrio / de Salamanca, que es el mío. / Y Francisca, en París, / lució sombreros a la moda. / Habitaron, por último, una torre barcelonesa, llena de silencios / o de separaciones. / Y fue el Atlántico el desamor.

Homenajes filiales

En cuanto a su más reciente título, Zepeda Henríquez pulsó las notas más sensibles de su alma. Primero, devotamente dedica un poema a su madre (Enriqueta Henríquez, pianista): Estás aquí y allí; / estás en el ayer, pero también en el ahora. / Y estás donde confluyen / mis ojos sordos, / tus oídos ciegos —dicen cuatro de sus versos. Y, en seguida, pide cristianamente por su padre (Eduviges Zepeda, funcionario del Tribunal de Cuentas): Señor, con el espíritu de bruces, añiñado: Te ruego por mi padre, ya en otra dimensión que sólo mides Tú —comienza su “Plegaria en versículos”, y termina, tras evocarlo: Oh Dios Eucarístico, militante de cada generación, Te ruego por mi padre. 

Finalmente, nuestro poeta no ha puesto punto final a su fecunda fidelidad creativa. Otro homenaje, en la línea de los conciertos de Sandino y Darío, prepara: Pulso y púa de Carlos III. Yo tuve el privilegio de leer sus primeras páginas y me parecieron dignos del gran monarca ilustrado del siglo XVIII.

 

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