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Un poemario con olor a hierbas, a flora y a fauna del campo, con evocaciones de la infancia y teñido de un existencialismo filosófico fue el ganador del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2016.

La exaltación de la naturaleza y el llamado ecológico cargado de profundo sentimiento, más la riqueza estética que logró impregnarle su autor, hicieron que “La desnudez perdida”  se impusiera en la convocatoria en la que participaron  30 obras, de las cuales 18 procedieron de Nicaragua, tres de El Salvador, dos de España, dos de Estados Unidos y uno de los siguientes países: Puerto Rico, México, Cuba y Argentina.

El jurado del certamen seleccionó cinco finalistas y de la ganadora aseveraron que  la eligieron por “su contenido ecologista, excelente manejo del prosema y visión poética enfocada en detalles en apariencia mínimos, pero que construyen el sentido de la existencia”.  

“Decimos otorgar el Premio Único del Certamen Internacional de Poesía Rubén Darío 2016 a la obra ‘La Desnudez Perdida’ firmada con el seudónimo ‘Crusoe’, en virtud sus calidades superiores a las otras cuatro y su poder de alumbrar los hechos y recuerdos”, se lee en el acta del jurado, que posteriormente indica que al abrir la plica se conoció que corresponde al poeta nicaragüense Iván Uriarte, con quien conversamos sobre la obra galardonada.

¿Por qué eligió el seudónimo Crusoe?

En verdad, y me gusta que me lo preguntes, este es un seudónimo que no he escogido para ocultar mi identidad, sino más bien para mostrarla de alguna manera. No sé si el jurado lo percibió así. Mis primeros años de niño los pasé en contacto con la naturaleza, porque mi madre, Margarita Baltodano de Uriarte, era maestra rural, así pues que mi primigenia visión del mundo proviene de  esos años de interrogaciones y descubrimientos acerca de todo movimiento que el ojo de un niño puede percibir cuando de pronto se ve en la cúspide de una colina o en la profundidad de una montaña, estupefacto de alegría al oír cantar  por primera vez al jilguero. Yo aprendí a leer con mi  madre, y un día dejé el mundo maravilloso y enajenante de los pasquines (“Mandrake el mago”, “El fantasma”, “Dick Tracy”) por el primer libro de aventuras que me hizo profundizar mejor en el mundo que enfrentaba a diario. Me refiero, evidentemente, al “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe. Recuerdo que lo leí con tal avidez, que cuando ya  estaba a mitad de la lectura mi madre me dijo que le contara lo que estaba leyendo, y parece que se lo reproduje con tal claridad, que ella, cuando terminé el libro, comenzó a leerlo desde la página donde había suspendido mi narración oral.

¿Tiene el libro una evocación biográfica?

Desde luego que el poemario tiene una evocación biográfica y es, precisamente, la evocación de esos años en contacto con la naturaleza. Todo en el poemario se vuelve simbólico, porque yo no narro nada, evoco como dices, y creo, me parece, la fábula de ese niño que, cuando camina en la mañana después de su frugal desayuno, los árboles salen a saluda. Pero también le pasan cosas trágicas que él no comprende, como cuando me acerqué al nido (me maravillaba descubrirlos) de un pájaro, y me encontré una culebra enrollada en su lugar. También recuerdo que  en un momento dado jugaba con fósforos, que me parecían un descubrimiento, y de repente la colinita donde estaba cogió fuego. Aterrorizado corrí hacia una poza cercana, y con un guacal o una pana traté de apaciguar el fuego, el cual devoró la colina y solo quedaron en el ambiente trozos de carbón y briznas negras que pasaban frente a mí llevadas por el viento. Eso está  recreado allí de manera muy distinta, convertido en una escena de difícil interpretación. La poesía enaltece el mundo, lo que nos acontece no lo repite.

¿Qué significa la piedra, que Darío consideró dura e insensible, en este poemario?

En efecto, hay un poema que se llama “Ontología de la piedra”, que no estaba en el original, pero que lo agregué a la publicación del libro. El conocido poema de Darío, “Lo fatal“, utiliza la piedra como  mera referencia en lo que respecta a su dureza. Darío ve la piedra en su forma exterior. Yo exploro su interior, comienzo donde Darío termina su referente y me remonto a su formación geológica de alguna manera, y a su interioridad desde luego, que es mi descubrimiento poético. Es un poema que está en la misma línea de “Acahualinca”, un texto que es también una ontología prehistórica de las famosas huellas que dejaron nuestros antepasados en las cercanías del lago de Managua.

¿Podemos decir que “La Desnudez Perdida” es un poemario existencialista?

Existencialista en sentido filosófico, en absoluto. Hay, si cabe, un existencialismo lírico, o sea la exaltación de recuperar la perdida verdura del mundo, la humedad de la selva primigenia con su fauna nematelmíntica que fertiliza el subsuelo, así como arañas, serpientes y sabandijas de todas las especies y toda la maravillosa fauna cuadrúpeda casi desaparecida de nuestro planeta. En este sentido creo que es un libro lleno de oxígeno, un llamado a considerar los árboles como algo más que verdaderas reliquias, sino más bien como el único porvenir que el hombre puede construirse todavía. ¡La vuelta a la isla de Robinson, sin salir de ella!

¿Existe un hipervínculo entre “7 poemas atlánticos” y “La desnudez Perdida”, en tanto en ambos nos escontramos con una intrínseca relación entre verso y naturaleza?

En  realidad, son poemarios disímiles: “Los siete” es el descubrimiento de un paisaje, el de nuestra región autónoma, de otras etnias y otra lenguas, aunque nuestras. “ La desnudez” es la lucha interior por recuperar una naturaleza casi desaparecida, pero exaltada a través del único filtro posible: los ojos de la infancia. Son poemarios que coexisten, pero “La desnudez”  está cerca de la posible liberación de nuestro planeta por el surgimiento del hombre ecológico, angustiado por recuperar el medioambiente, hoy casi perdido.

¿Cómo califica el ejercicio de mezclar versos con prosemas y de recurrir a la prosopopeya?

Me parece de lo más saludable para la poesía contemporánea. El versolibrismo se ha vuelto casi un castigo para el lector contemporáneo, y es la causa por la cual la poesía ha perdido en gran parte su recepción lectoral hasta el día de hoy. El abuso de escribir mala prosa en verso se ha vuelto común entre poetas bisoños y otros que pasan por grandes poetas (de cuyos nombres no quiero acordarme). Ya Darío había asimilado la lección de Baudelaire (“Petis Poemes en Prose”) en el “Álbum chileno” de “Azul...”, y más tarde un poeta venezolano, poco conocido, José Antonio Ramos Sucre, toda su poesía la vertió en prosemas. En nuestro medio Coronel Urtecho y Mejía Sánchez reiniciaron esta tarea. Yo comencé a hacerlo en mi  poemario “Pleno día” y sistemáticamente lo realicé en “Genealogía de las Puertas”.

El poema en prosa suelta más la sintaxis del poeta y no se ve constreñido a estar cortando sus líneas escriturales constantemente, tal vez sin ningún sentido, porque tal vez ha perdido el rigor del verso, que debe conservarse tanto en prosa como en verso. El poema en prosa  además da más rigor, mayor libertad y mayor apego a la sintaxis. En mis talleres  de escritura creativa ha sido saludable, y en el Círculo Hispanoamericano de Los Ángeles, al que me invitan todos los años, ha sido acogido como una novedad. Hay allí un poeta costeño, Iván Figueroa, que ha renovado y mejorado  totalmente su producción poética.