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No se me olvida nunca la fecha de nacimiento de Jaime Incer Barquero, la misma de Sofía Loren y de la fundación de nuestra Academia de Geografía e Historia de Nicaragua: el 20 de septiembre de 1934. Ha entrado, pues, a la edad octogenaria y continúa siendo joven, con ese entusiasmo creador capaz de producir “cosas brillantes y hermosas”. Así lo demuestra en Los Volcanes de Nicaragua, su reciente aporte a la bibliografía nacional, editado por la Fundación UNO y correspondiente al volumen cuarto de la serie Geografía y Naturaleza de su Colección Cultural de Centroamérica. 

Una obra magna

De 28 capítulos consta esta magna obra de Incer Barquero: desde una “Introducción al estudio de la vulcanología nicaragüense” hasta el “Recuento de las últimas erupciones”. O sea: al del despertar del Momotombo, tras cien años de relativa calma, en diciembre de 2015; y a la inmediata formación del nuevo lago de lava en el interior del cráter Santiago ––todavía visible–– del Parque Nacional Volcán Masaya. Los restantes 26 describen, en orden cronológico, los fenómenos volcánicos acaecidos en Nicaragua desde Acahualinca, a partir de sus historias, leyendas, exploraciones y descubrimientos. Su autor ––acucioso observador y difusor de la ciencia nacional–– ha dedicado no pocos años a visitar y estudiar la impresionante alineación de los volcanes de Nicaragua. Para ello, ha consultado una extensa bibliografía en la región centroamericana y en las bibliotecas de varias universidades estadounidenses, logrando clasificar más de 400 erupciones en Centroamérica durante cuatro siglos: de 1524 a 1924.

El Cosigüina y su explosión colosal

Desde luego, Incer Barquero describe detalladamente cada uno de nuestros volcanes ubicados en el “Cinturón de Fuego del Pacífico”. Y comienza con el Cosigüina, cuyas atronadoras detonaciones conmovieron Nicaragua, El Salvador y Honduras, y los altos vientos transportaron sus cenizas a Colombia, Jamaica y México donde cayeron. La hecatombe, por cierto, inspiró a José María Sandres ––vecino del Ocotal–– un testimonio narrativo consistente en 160 octosílabos. Decían los primeros veinte. El martes en la mañana / se fue opacando el sol. / y luego vino un temblor / con una señal extraña. / A las diez, una oscurana, / nos cubrió con maravilla, / las cosas que no veían, / las gentes en confusión, / y se rezó la oración / siendo las doce del día. // A la una de la tarde / comenzó a llover ceniza, / que con gran violencia y prisa / se dispersaba en el aire. / La gente hallóse cobarde / de ver el tiempo distinto; / se clamó al Dios verdadero / y esto fue el veinte de enero / del año de treinta y cinco. 
 

Lista de nuestros volcanes 

Le siguen al Cosigüina los volcanes Maribios (Chonco, San Cristóbal ––el más alto de todos––, Apastepe, Telica, Orota, Cerro Negro, Las Pilas, Ajusco, Momotombo ––el mayor impacto literario dentro y fuera del país––, y Momotombito), los antiguos volcanes alrededor de Managua (Apoyeque, Jiloá, Nejapa, entre otros), los volcanes Dirianes (Masaya con sus cuatro cráteres y Mombacho) y los del Gran Lago de Nicaragua (Zapatera, Concepción y Maderas). Por limitación de espacio, no podría resumir todos los capítulos de la amena, magistral obra de la que hoy me ocupo, ampliamente ilustrada con fotografías de los volcanes y retratos de sus exploradores famosos entre ellos los gringos John L. Stephens (1805-1852) y Ephraim George Squier (1821-1888), los teutones Karl von Seebach (1839-1880) y Karl Sapper (1866-1945), más el español Dionisio Martínez Sanz (1878-1971). Pero yo no quiero olvidar que la misma Fundación ya ha difundido otras dos publicaciones en su serie Educación: Ciencias naturales en Nicaragua y Manual de 
Astronomía en Centroamérica, ambas únicas en su género. Tampoco quisiera saturar de información erudita, procedente de Los volcanes de Nicaragua, obra que todo compatriota amante de su tierra debe adquirir para disfrutarla. Porque es un gozo en principio, el que produce la lectura y el conocimiento de esta obra realizada con intellecto d’amore, como toda la producción de su autor: naturalista, geógrafo, astrónomo, biólogo, vulcanólogo (aunque él prefiere el término volcanero), ictiólogo, ornitólogo, etnólogo, antropólogo, historiador, traductor, divulgador, cronista, ambientalista y hasta fotógrafo, como también lo fue el gran sabio enciclopédico leonés del siglo antepasado Gregorio Juárez (1800-1879).

 

Entre el rigor científico y la eminencia humanista

Mas en “Los Volcanes de Nicaragua” el antecesor más remoto a nivel centroamericano que reconoce su autor es Miguel Larreynaga (1772-1847), el primero de los nicaragüenses preocupado e interesado en el fuego de los volcanes. En resumen, Jaime actualiza y culmina toda una tradición de prestigiados vulcanólogos y su nueva obra “se sale del marco corriente, sin dejar de ser rigurosamente científica y eminentemente humanista”. Así lo afirmó Pablo Antonio Cuadra de la Geografía de Nicaragua de Incer Barquero, nuestro más fecundo sabio contemporáneo.

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