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A Manolo Cuadra Vega se le consideró, durante la primera mitad del siglo veinte, uno de nuestros notables intelectuales de izquierda, el poeta más carismático de su generación y el iniciador del cuento moderno en Nicaragua.

Adversario cívico del dictador Somoza García

Nacido en Malacatoya, departamento de Granada el 9 de agosto de 1907, falleció en Managua el 14 de septiembre de 1957, tras haber sido el primer escritor nicaragüense con mayor sensibilidad social y política. Adversario cívico del régimen dictatorial de Anastasio Somoza García (1937-1956), se solidarizó con las causas populares y nacionales, experimentando por ello carceleadas y destierros. De intensa vida aventurera, fue telegrafista, soldado, radioperador de la Guardia Nacional, militante del Partido Trabajador Nicaragüense, peón en las bananeras de Costa Rica y, sobre todo, periodista combativo. Como tal, colaboró en diversas publicaciones periódicas: La Noticia Ilustrada, La Semana, El Gráfico, Pantalla, El Heraldo, Los Lunes de La Nueva Prensa, Flecha y El Gran Diario, entre otras.

Narrador y poeta

Su narrativa abarcó tres obras: el testimonio ––equilibradamente objetivo y subjetivo–– de su confinamiento en la caribeña Pequeña Isla del Maíz: Itinerario de Little Corn Island (1937); los cuentos de Contra Sandino en la montaña (1942), lo mejor escrito hasta entonces sobre episodios nacionales y la novela Almidón (1945) que aun no se ha valorado justamente. Sus poemas los antologó en Tres amores (1955), volumen signado por el amor al amor, al mar y a la muerte. En su tiempo, Manolo sería el poeta más popularmente recitado. No en vano había adquirido una originalidad temprana y definitiva, asimilando influencias tanto del modernismo finisecular y de las vanguardias inaugurales, logrando piezas memorables. Al mismo tiempo, sobresalió como decidido sonetista y pionero de la poesía de protesta en Centroamérica.

Caracterizado por la honestidad, nunca se doblegó ––como muchos de sus coetáneos–– ante el poder de Somoza García. Lizandro Chávez Alfaro lo consideró nuestro “nuestro primer narrador” en la selección Solo en la compañía (1982), reeditada en Cuba ese mismo año, y en Nicaragua en 1992. Julio Valle-Castillo reeditó Tres amores (en 1992 también). 

Itinerario to Little Corn Island y su valor inaugural

Todavía, sin embargo, no se ha reconocido su significación histórica como merece. “Manolo Cuadra ––en palabras de Ricardo Morales Avilés, escritas a  principios de los setenta–– abrió caminos en tiempos difíciles y hay que recordar sus ánimos a los intelectuales de hoy”. Hablando de sus tres obras narrativas, Manolo creía que Contra Sandino en la montaña era muy trabajado y Almidón “un libro grotesco”, prefiriendo el Itinerario por tratarse de un “relato verídico de nuestra vida en el destierro”, o sea: de un documento humano y de inaugural valor literario. Por algo inició en Nicaragua una prosa narrativa muy distinta de la precedente: directa, escueta, amena y espontánea. Es decir: moderna. En dos meses el libro ––un tomito de noventa páginas–– se agotó. Lo cierto es que el Itinerario surgía como el texto revelador de un proyecto intelectual propio: el de la confrontación ––a través de la escritura–– al emergente poder dictatorial de Somoza García. En carta a su padre del 12 de abril de 1937, el mismo Manolo 
confiesa que no era por comunista ––según declaración del dictador–– que estaba confinado, “sino porque soy el único intelectual joven de algún valor que no le teme y a quien nunca podrá domesticar”.

Ágiles diálogos, episodios vitales, sentimientos elegíacos, humoradas singulares, afinidad ideológica con el bando republicano en la guerra civil española que entonces se libraba, recuerdos amatorios de Managua y Masaya contiene el Itinerario…, objetivo y subjetivo. Pero se destacan, sobre todo, descripciones precisas de los habitantes de la islita y de sus compañeros. 

Contra Sandino en la montaña y su calidad poética

Pasando a Contra Sandino en la montaña, nada mejor que transcribir la acertada reseña de Pablo Antonio Cuadra, aparecida en la sección “Brújula para leer” del granadino Cuaderno del Taller San Lucas (núm. 2, 8 de mayo, 1943): “Entre la ya numerosa que ha hecho nacer el guerrillero de Las Segovias, la obra de Manolo Cuadra conquista el primer puesto por su calidad poética. No es obra histórica. Es obra lírica. Cuentos o episodios donde la realidad trágica es a veces relegada a segundo término para darle primicia a la otra tragedia ––la del poeta–– que lucha con la expresión y vence la literatura en la mayoría de las anécdotas. […] Sus mejores cuentos ––como “Torturados”, “Pedrito”, “La casa”, “Música en la soledad”–– permanecerán para siempre en la literatura nicaragüense”. 

Almidón: logro artístico

En cuanto a su tercera obra narrativa, Manolo conforma una prosa excelente y exenta de excesos tres marcadas directrices: la ridiculización de las instituciones de la sociedad de su tiempo, la naturaleza vista y presentida como sedante a través de las rejas carcelarias y la inserción de collages, o recursos gráficos, de vanguardia, destinados a atizar la broma. Una sostenida broma que otorga sentido al absurdo, a la sorna y a la ironía, a partir del subproducto de la yuca (dichoso tubérculo que estructura vertebralmente el mundo ficcional de Almidón). Por lo demás, esta novela incluye la sátira al caudillo militar, prepotente y hegemónico: el coronel Belisario Cascantes (una caricatura, es evidente de Somoza García). Y a pesar de su apariencia caótica, mantiene una coherencia en su disparidad, “una dialéctica en su desorden desafiante” ––como advirtió Manolo en su introducción––, opinando con admirable desenfado sobre filosofía, cerámica, medicina, higiene sexual, agricultura e historia. 

La crítica mordaz de Manolo abarca el acontecer internacional ––recuérdese que la Segunda Guerra Mundial no había concluido cuando Almidón fue acometida en 1944 y el nacional. Un capítulo sobre una toma de posesión del presidente Cascante sobresale por su denuncia antimilitarista: “un feliz cruce ––señaló Mario Cajina-Vega–– de los engendros de Quevedo y las burlas de [Enrique] Jardiel Poncela [1901-1952]. El escenario y los personajes van de lo risible a lo grotesco, como la implacable realidad misma. 

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