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Los tres grandes del Muralismo Mexicano –sentenció Luis Cardoza y Aragón – son dos: José Clemente Orozco.
    De tres a dos,
    de dos a uno.

El único: Orozco, alias “El Tigre”, quien no hablaba, solo pintaba, con los labios fruncidos sobre los que  levantaban una mosca o unos bigotes hirsutos.

José Luis Cuevas con unos ojos felinos, gran melena sobre la frente, pulseras de cobre y cuero, chuspa o chaqueta negra estacionó su motocicleta  en el parqueo de Bellas Artes, Avenida Juárez y San Juan de Letrán, y acabó con el Muralismo: desmitificó las inditas y los inditos de Diego Rivera y redujo al caballete las gesticulaciones de Siqueiros, pero se quedó, burlesco y feliz, con un pedazo de carne y hueso en la mano: era la mano de Orozco.

En esta reyerta anticipadamente Orozco había perdido una mano, criatura cercenada, mutilada, el “glorioso manco del espanto”. Cuevas es la mano cortada de Orozco.

Orozco es el muñón. Sin embargo y por eso mismo, Orozco pintó y dibujó las manos más perfectas: Anatómica, expresiva, académica y artísticamente hablando, manos solo comparables a las manos de Durero.

Si con algún otro pintor de la Escuela Mexicana tiene nexo Cuevas es con Frida Kahlo, más bien, con su dolor óseo y canino. El dolor humano, animal, brutal, parado en seco. Así como se continúa una tradición, si hay artes visuales en el México actual es por acciones y expresiones como estas de Cuevas. Nada mexicano pintoresco hay en Cuevas, todo en él es raigal, auténtico, milenario. Su dibujo procede de las líneas incisas en la cerámica prehispánica que se sueltan en trazos sensuales y sexuales y universales Cuevas es la mano. Mano que agarra y desgarra. Mano-garra. Mano que araña. Mano-araña. Ya se ha dicho que Cuevas viene del burdel, de la carnicería y del quirófano. 

Su buril y su pluma son bisturí, puñal tajadizo y cuchillo de doble filo. Sierra o hacha que parte y corta huesos, muslos y pellejos. Sus sepias, sus tintas ocres, café, azules, grises o negras que parecen trapos sucios, ensangrentados, en los que un criminal se limpió las manos. Su trazo es cicatriz visible y permanente, sutura, verdugón, su espacio es piel antediluviana, corrugada, repollo de pellejo, vagina de momia. Es raro un pintor culto. Cuevas suma esta otra rareza.

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