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Experto en seguridad ciudadana e inteligente economista, el excomisionado de la Policía Nacional, Francisco Javier Bautista Lara, ha incursionado —con voluntad inquebrantable— en la escritura.  

Novelas, ficciones, ensayos literarios de carácter histórico y uno sobre su especialidad profesional ha acometido, sin dejar de “cometer” y editar poemas, inevitable afición —o maldición— de todo nicaragüense pensante.

A sus anteriores facetas de autor, habría que añadir otra que lo distingue: la de compilador dariano. Iniciada en 2010, aprovechando las consultorías que ha impartido en los hermanos países del istmo, esta loable labor intelectual ha producido ya dos tomos titulados “Último año de Rubén Darío”. En total, ambos abarcaron la revisión de 46 publicaciones periódicas y la reproducción de 394 textos: noticias, artículos breves y de autores centroamericanos (chapines, salvatruchos, catrachos, pinoleros, ticos y panameños) y, sobre todo, textos poemáticos de Rubén Darío, casi todos muy conocidos y no exentos de erratas. Por eso creemos que resultan excesivos y poco útil sus transcripciones: bastaba con citar sus títulos y fuentes. 

El Bardo Rei en Ismania

No quisiera yo disminuir el valor del esfuerzo de Bautista Lara, quien ha reactivado con legítimo interés la presencia de impacto de nuestro Bardo Rei en Ismania, o garganta pastoril de América. Así llamó Neruda al área centroamericana, donde nuestro Bolívar literario permaneció —transitoriamente o por varios lapsos de tiempo—, unos 23 años durante 24 ocasiones. Numerosos han sido sus antecesores y no es posible enumerar a todos. Me limitaré a decir que Costa Rica ha inspirado el mayor número de investigaciones sobre las huellas darianas dejadas ahí. A saber, entre otras, las de Teodoro Picado en 1920, Gustavo Alemán Bolaños (un nica) en 1924, Carlos Jinesta en 1944, Alejandro Montiel Argüello (otro nica) en los años 80, Pablo Steiner Jonas (un judío húngaro) en 1987, Günther Schmigalle (un teutón) en 2001 y Armando Vargas Araya en 2015. 

Sequeira y Montiel Argüello

En cuanto a Nicaragua, no es posible olvidar los pioneros aportes de Diego Manuel Sequeira siguiendo las huellas de Darío en su patria original y en El Salvador, como también a Alejandro Montiel Argüello con su muy útil monografía sobre las estadas darianas en Guatemala. Por tanto, Bautista Lara se incorpora con su “Último año de Rubén Darío” a esa prestigiosa lista de pesquisadores biohemerográficos. Sin embargo, en el lento aprendizaje del conocimiento dariano, nuestro compilador arrastró en sus notas al pie no pocos datos erráticos, procedentes de sitios web sin autoridad alguna como la de un tal Manfut. De manera que, en una nota dedicada a Hernán Robleto (1892-1969), se detectan tres errores: el título de la revista Nicarao, denominada allí “Nicario”; al famoso diario Flecha se le añade el artículo “La”; y se atribuye a la novela “Sangre en el Trópico” (1930) el Premio Rubén Darío de 1966. El título de la novela con que Robleto obtuvo dicho premio es “Y se hizo la luz”.

Nuño, no Niño

Pero tales minucias no constituyen graves pecados, como las alteraciones textuales de los versos de Darío. Por ejemplo, en el segundo tomo el apellido Nuño del poemita en memoria del amigo chileno Jerónimo Ossa (incluido en varias compilaciones de los poemas no incorporados a las ediciones de poesías completas) se modifica por “Niño”. Vengo, Jerónimo, por tu terruño / (Don Juan, don Pedro, don Luis, don Nuño) —debió transcribir Bautista Lara en lugar de “don Niño”. Otra fallas, esta vez leves, corresponden a la incorrección de incluir en la bibliografía del primer tomo un “paper” inédito, o manuscrito. Y en el segundo prescindir del suscrito como responsable de la selección y autor de los respectivos estudios preliminares y de las notas de una obra significativa de Darío: La República de Panamá y otras crónicas desconocidas (Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2011), compilación de sus prosas sociopolíticas. 

Dariano compilatorio

En fin, Bautista Lara se ha labrado tesoneramente la categoría de dariano: no como autor de un libro personal sobre Darío, sino como compilador de los textos que se escribieron en Centroamérica sobre nuestro padre y maestro mágico en sus últimos doce meses de vida. Soy el primero en reconocerlo y admiro su persistencia compilatoria, además de su modestia por comprender la grandeza de Darío y lo que él denomina pedagogía como autodidacta, lector precoz e incansable, emprendedor, agradecido y respetuoso. 

¿Cisne Negro?

Mas no comparto el concepto, tomado del financiero norteamericano-libanés Nassim Nicholas Taleb Premio Nobel de Economía, del “Cisne Negro” (o magno suceso improbable) que Bautista Lara aplica al fenómeno creador encarnado por el nicaragüense universal. Porque ello supone desconocer las bases materiales y culturales (me refiero especialmente a las de Chile y Argentina a finales del siglo diecinueve) que sustentaron y propiciaron la transformación poética emprendida por el autor de “Azul…” (1888) y “Prosas profanas y otros poemas” (1899).

Como es requetesabido, el Cisne fue uno de los principales símbolos emblemáticos de Darío: el blanco, desde luego. Pero no obvió al negro, como afirma Bautista Lara en la página 28 de su segundo tomo. Darío también lo conoció y ponderó en “Cantos de vida y esperanza. Los Cisnes y otros poemas” (1905): Y un Cisne Negro dijo: “La noche anuncia el día” / Y uno blanco: —“¡La aurora es inmortal!; ¡la aurora es inmortal!” / ¡Oh tierras de sol y armonía / aun guarda la Esperanza la caja de Pandora!

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