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1 José Emilio Pacheco llamóla poesía “la perra infecta, la sarnosa”, “la que nadie quiere comprar ni nadie quiere leer —pero todo el mundo quiere escribir—”. Tenía razón. Sin embargo, la era electrónica nos ha convertido en lo que tanto odiamos. Estamos hechos de versos. Son parte de nuestra construcción genética. Buenos o malos, los escribimos todos los días cuando la sensibilidad le sale al paso a la indolencia y a la crueldad, y decimos por WhatsApp: “Mientras dormía iba naciendo el alba” “¡Ayúdame! ¡Me siento solo ante la vida!” “El pasado me persigue y el futuro me devora”. 

2 Dijo Sócrates al ver el abismo de su ignorancia: “Sólo sé que no sé nada”. De modo que quienes nos dedicamos al oficio de la palabra deberíamos sentir vergüenza al llamarnos escritores. Mejor sería aceptar que solo somos simples aprendices o humildes servidores de nuestro idioma. La lengua siempre tiene la razón. Nosotros erramos. 

3 Definición de Facebook: el lugar más violento del mundo, incluso más que Aleppo. 

4 Hasta la década de los noventa del siglo pasado decir groserías era una transgresión al idioma. Así, las palabras altisonantes eran reemplazadas con eufemismos. Ahora se dicen directamente sin saber que el lenguaje se degrada con cada zafiedad que diseminamos por  Twitter, tal como antes se dispersaban por la radio, a través de tangos y boleros, palabras como “amor”, “te quiero”, “bondad”.

5 Señor Harold Bloom: después de Yaweh no es Shakespeare. Es Cervantes. No obstante, para no polemizar con usted colocando en la cima a un autor de lengua española, propongo al rey Salomón. A él se le atribuyen obras tan hermosas como parte de los Salmos, el Libro de Job, el Cantar de los cantares, Proverbios, el Eclesiastés, el Eclesiástico, el Libro de la sabiduría, etc. De ser el rey sabio el auténtico autor de estos libros, ante el Shakespeare, como su personaje Hamlet, palidece. 

6 Lope de Vega, el “monstruo de la naturaleza”, se enamoraba frecuentemente. Esos momentos de angustia y pasión produjeron miles de sonetos que se desprenden en versos tan hermosos como: “Ir y quedarse, y con quedar partirse”, “Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa”, “Suelta mi manso, mayoral extraño”, “Quejoso está el amor, que los amores/se han remitido a vuestro pecho helado”. Ahora, cuando nos enamoramos, repetimos las palabras de un reguetón que dice: “Despacito/quiero desnudarte a besos despacito./Firmo en las paredes de tu laberinto/y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito”.  

7 Sobre la generación X: Nacimos durante la Guerra de Vietnam. Vivimos las guerras civiles de Centroamérica y las dictaduras del Cono Sur. Nos hirieron. Nos mostraron, como dijo T.S. Eliot, “el miedo en un puñado de polvo”. Crecimos paralizados entre el temor y la apatía. Hablamos sobre suicidios, antidepresivos y ansiolíticos. Pero resolvemos nuestras angustias en la mesa del bar. Nos drogamos. Nos asustan la consistencia, la rutina y la disciplina. Culpamos a los demás sin admitir que también nosotros somos parte de la infamia. Le hemos heredado nuestros peores rasgos, amplificados, a los millennials. 

8 La brillante y luminosa Edad Media, la era de los grandes tratados médicos, las épicas, los hermosos poemas, la patrística y la escolástica, de los más importantes descubrimientos musicales, del canto gregoriano y del nacimiento de las lenguas romances y las universidades; la edad de Alfonso X el Sabio y de Ramon Llull. La Edad Media es también la edad del libro de buen amor. El contraste: la edad electrónica, la era de la masificación y de la ignorancia. La edad de la glorificación del pop en oposición a la música clásica, de la deseducación universitaria y de los zombis que eligen profesiones por dinero y no por pasión. La edad del populismo y de Justin Bieber y Taylor Swift, de la felicidad obscena vendida como un producto más. En ella es imposible aceptar lo que Kierkegaard aceptó sin disimulo, porque se corre el riesgo de ser tildado de “raro”: “Yo no soy un hombre sereno; estoy triste hasta lindar con la mayor amargura”. 

9 Querido Rubén Darío: Como nunca, en esta tierra de la que hace cien años te fuiste, campea la violencia en las advenedizas almas y en las tonterías de la multitud. Campean los superhombres, pero no los de Nietzsche, pues pocos saben quién fue, sino los cantos áfonos de una especie de telegrafía llamada ciberespacio. También las horribles blasfemias de las academias, y muchas cosas más de las que nadie puede librarnos, ni siquiera Don Quijote, el “caballero errante de los caballeros” que santificaste en 1905. 

10 Globalización: sinónimo de masificación y despersonalización. Época sombría en la que el charlatán se erige como autoridad, y en la que creemos saberlo todo y no sabemos nada. La era de la alienación. En esta oscura y sombría época, las potencias del alma-memoria, entendimiento y voluntad, según San Ignacio de Loyola, han quedado desvirtuadas por el ruido incesante y la fiesta de la vida. El conjuro contra la globalización sería releer el capítulo 27 de la segunda parte del Quijote, es decir, la aventura del rebuzno, sátira al gregarismo popular, mal de esta era. En este pasaje, como en El retablo de las maravillas, Cervantes pone de relieve la ignorancia y el peligro de las masas, ya que su fuerza es aplastante y solo conduce al caos. 

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