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Exaltación del habla campesina; paisajes bucólicos descritos en el mejor estilo del Renacimiento español; renovación de palabras que para los centros urbanos de la primera mitad del siglo XX nicaragüense resultaban extrañas —ratear, pereque, cuadril, etc.—;  resurrección del “locus amoenus” o paisaje idílico en el que los enamorados gozan su amor.

Estamos en 1934 y Pablo Antonio Cuadra ha publicado, en Santiago de Chile, los “Poemas nicaragüenses”. Con ellos, el poeta se opone al desastre cultural, que significó la ocupación de los infantes de marina en Nicaragua. Ese mismo año, Camilo Zapata hace lo suyo: compone “Caballito chontaleño” y, junto a la Vanguardia granadina, erige una identidad nacional. 

Es el nacimiento del son nica. En métrica de seis por ocho y por lo general en tonos mayores, el son nica hace parejas con el pensamiento de los jóvenes granadinos al darle al mestizo y al indio un espacio en la cultura nicaragüense.

El nuevo canto competía con el fox-trot y el swing, traídos por los infantes de marina estadounidenses en los años veinte durante plena intervención, iniciada en 1912. 

Camilo Zapata lleva a la radio lo que antes solo se escuchaba en la campiña y lo convierte en moda. Hoy se nos hace imposible imaginar el milagro cultural del Padre del Son Nica. Sin embargo, basta un ejercicio: en una fiesta de nuestros adolescentes, embrujados por Justin Bieber y Taylor Swift, uno de sus mayores decide tocar en el iPhone ya no digamos “El solar de Monimbó”, sino “Regalame tu pañuelo” o “Minga Rosa Pineda”, canción que representa la cúspide de la decepción amorosa de nuestra música vernácula.

Pueden suceder dos cosas: sentir vergüenza por poner delante de los amigos algo ‘indio’ en una fiesta ‘culta’ —llamar ‘indio’ a alguien es la peor ofensa que se le puede decir a un nicaragüense de piel oscura— o detenerse ante la duda. Papá, ¿qué significa ‘ratear’? A lo que el padre debe responder: ‘ratear significa ‘amarrar’. ¿Mamá, ¿qué es ‘cuadril’? ‘El cuadril es la cintura’. 

A principios del siglo XXI pensábamos que el neoliberalismo había exterminado la última huella de nuestra cultura. Nos equivocamos. El grupo musical la Nueva Compañía, puso a sonar los sones de Camilo Zapata y la juventud enloqueció al descubrir el disfrute y el deleite de bailar un aire nicaragüense en la discoteca. Aún no se hablaba de globalización. A finales de la primera década del nuevo siglo se viralizaron las redes sociales y el gusto por la música pop se impuso definitivamente. Un video de Selena Gómez ahora recibe millones de ‘me gusta’, mientras que uno de Camilo Zapata deja mudo a cualquiera. 

El Padre del Son Nica nació el en Managua el 25 de septiembre de 1917, el mismo año en que nació Juan Rulfo en México, el futuro autor de “El llano en llamas”. Es un año clave para las artes. Antonio Machado publica sus “Poesías completas” y Juan Ramón Jiménez “Platero y yo”. Los tres autores encumbran el habla llana y popular, tanto de la región mexicana de Jalisco como de Castilla y Andalucía, en momentos de grandes crisis nacionales. Juan Rulfo le sale al paso a la Revolución mexicana con “Pedro Páramo”, mientras que Machado y Jiménez analizan a través de su lírica el desastre económico y espiritual que significó para España perder los últimos territorios en América. Camilo Zapata le seguirá la huella a Sandino, quien luchó por darle un espacio en la sociedad al campesino nicaragüense. 

Zapata fue el primero en grabar un aire popular nicaragüense en disco de acetato. Ingeniero topógrafo, su pasión fue la guitarra. Debido a su profesión conoció gran parte del territorio nacional y su habla. Por la noches se escapaba a Miralagos, a orillas del lago Xolotlán, para tocar la guitarra y darse a conocer como cantante y compositor. 

Archiconocidas fueron en su tiempo “El nandaimeño”, “Flor de mi colina”, “El ganado colorado”, “La Juana Ignacia”, entres otras. Pero, el maestro también compuso valses, tangos, pasillos, boleros y villancicos y es, como afirmó Jorge Eduardo Arellano, junto a Erwin Krüger y Tino López Guerra, el ‘trío de oro’ de la música típica nicaragüense. Sin él no se explican Carlos Mejía Godoy ni su hermano, Luis Enrique Mejía Godoy, sus grandes sucesores. Tampoco Otto de la Rocha.

Murió en 2009, pero aún en 1993 albergaba la esperanza de que su obra sobreviviría cuando dijo: “No hice nada de dinero en mi carrera artística, pero no me quejo de mi suerte, pues la mayor paga que he recibido toda mi vida fue el aprecio y el cariño de mi público”.

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