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Dos fueron los poemas de Gómez seleccionados por White: “Calle de verano” y “Furiosos pájaros”, más el prosema “Letra viva”, en el que traza su agónica errancia por el mundo, porque solo ha de triunfar la zarpa y el dentellazo puro de la muerte. Pero reclama su opción vital: A mí denme el reposo, el hosco sello de mujer que sostenga la poronga de agua nueva y recién hecha.

En efecto, desde sus inicios su voz fue novedosa y de singularidad absoluta, madura y sabia técnicamente hablando. Y con esta divisa: sin alzar ––como otras poetas surgidas después–– la bandera feminista, la insignia del erotismo o el estandarte revolucionario. 

CMR, Roberto Cuadra y yo

Desde pequeña ––confesó en una entrevista a principios del 64–– escribía. Tomé en serio el asunto cuando me vine a Managua  y conocí al poeta Carlos Martínez Rivas, quien me alentó y enseñó muchas cosas para ejercer el oficio. Roberto Cuadra también la impulsó y promovió, conmigo, en Novedades Cultural. Del 25 de julio y del 10 de octubre del 65 datan, respectivamente, nuestras notas de presentación. En la mía afirmé que con sus muestras poéticas iniciales superaba a todas “las anteriores y abundantes pedorras liricoides”. A partir de esa fecha, me enamoré de Ana Ilce; pero ella restringió nuestra relación a la de  hermano fraternal. 

Presencia en Poesía joven nicaragüense

Yo la escogí, junto a Michèle Najlis ––otra sorprendente voz que le precedió uno o dos años–– para representar a la generación del sesenta en la antología canónica que compilé y anoté en 1971: Poesía joven nicaragüense. Cuatro poemas confirmaban su calidad: “El otro día está aquí”, “En Sorgono”, “Estoy sola ahora” y “Nada hace falta ni sobra” (1967), glorificación de la unidad amorosa e indisoluble con sus progenitores: 

Padre y Madre, llenan el pueblo. Lo demás / sobra. Lo demás no hace falta para afianzar / remates de esta casa. / Si madre con ademán de lince preside mis más / escondidos pensamientos, / si padre llámame a la mesa y yo / como volviendo de otras puertas me acerco / y beso / los pliegues infinitos de sus años; / y si estamos los tres / regocijados uno contra el otro / y a horcajadas del tiempo / aguámosle fiestas a la tuerce, / entonces, / nada hace falta ni sobra / porque ya nuestro amor está completo.  

Padrinazgo de PAC y Juan Aburto

Ella aún no había editado poemario alguno. El primero fue “Las ceremonias del silencio” (1975), financiado por el Banco Nacional de Nicaragua, donde laboraba cercana a Juan Aburto; y bajo el prestigioso sello editorial El Pez y la Serpiente. De ahí que haya gozado del merecido padrinazgo de Pablo Antonio Cuadra y del mismo Aburto.

En su penetrante prefacio, PAC la llamó “La hilandera”, especificando: Abajo ––en tierra–– la hilandera del amor. Arriba ––en el taller nocturno–– la tejedora del mito. Verdugo y víctima. Judicial y sáfica. Leyéndose su sentencia. Pero salvándose de su cadalso poema a poema. Por su parte, Aburto ––en la contratapa de “Las ceremonias del silencio”, escribió: La solitaria Ana Ilce, perdida en lo recóndito de la provincia de su Masaya natal y extraña a cenáculos literarios, como un secreto ritual y asistida por un sentimiento de su raíz aborigen, fue construyendo el mundo de su poesía inmensamente dramática y humana, en una verdadera ceremonia del silencio.

Juicios de Beltrán Morales

Como era de esperarse, Beltrán Morales ya había distinguido la poesía de Ana Ilce Gómez en su comprimido panorama: “Poesía última nicaragüense” (febrero, 1973). De ella ––afirmó–– “cabe asegurar que es la mujer que con mayor inteligencia ha escrito en Nicaragua, sin que esta inteligencia haya opacado su definida feminidad”. Además elaboró, si no la única, la más acertada reseña del primer poemario de Ana Ilce, reproducido en la segunda edición ampliada de 1989:

Sin gritos ni estridencias, y desplegando conciencia artesanal, ella alcanza una verdadera igualdad en la jerarquía de los sexos. Se trata de una poesía ––la misma Ana Ilce lo dice–– ulcerada por la pasión de la palabra. Su poemario resalta la eternidad del tiempo y la fugacidad del amor. Resalta también el dominio del poema en prosa que, entre otras cosas, asegura la permanencia de la poesía de Ana Ilce Gómez.

Esta permanencia la demostró en su segunda obra, igualmente tersa y diestra, límpida y mesurada: Poemas de lo humano cotidiano (2004), premio único del Concurso Nacional de Poesía escrita por mujeres Mariana Sansón. El poema “Máscara del insomnio” es uno de sus más significativos. Dicen sus últimos versos: Toda mi vida anticipada. / Mis angustias sobre la rueda infinita de la existencia. / Mi amor y mi dolor. / Toda la brevedad convertida en eternidad. / A través de esta larga y recurrente noche / de insomnio.

Comprensión de Anastasio Lovo

No cabría en este ensayo registrar la presencia integral de Ana Ilce en las numerosas antologías de poesía nicaragüense contemporánea y en algunas latinoamericanas, ni toda la recepción crítica que ha suscitado, ni a sus autores, excepto al más comprensivo: Anastasio Lovo. “La poesía de Ana Ilce Gómez ––anotó este poeta y crítico–– posee la virtud de ser un don capaz de trasmitir el de la gracia y otorgar otros dones”. Entre ellos, asumir el silencio como matriz cósmica y reasumir, con plenitud y pulcritud, los eternos temas axiales del quehacer poético: el amor, el tiempo, la muerte y la misma poesía.

No todos sus poemas, pero sí los más logrados caben dentro de estos ámbitos. Por ejemplo, “El otro día está aquí”, escrito en 1965 a sus 21 años e inserto en Poesía joven nicaragüense: Nadie diría que hemos envejecido. Nadie sabe / cuánto tiempo ha pasado. / Él todavía tiene cabellos oscuros en las / sienes, aquellos cabellos largos café negro / que como cortinas le caían en la frente. / Es joven. No parece un hombre de 50 años. Ni yo / una mujer de 45. Ayer / por la calle alguien me preguntó / por nuestros hijos. No los tenemos. / Solo tuvimos un precioso jardín con la estatua / del Dalái-Lama en el centro / y una fuente en la que él y yo nos / asomábamos con el agua clara formando pequeños / remolinos que giraban / hasta hacernos perder la cabeza. Por allí / pasaba el verano y el invierno. El polvo que / venía del norte diciendo cosas tristes / y luego los charcos que se secaban, recordándome / sus años y los míos. / Hoy quizá un trofeo de caza vale más para él / que un beso mío. Me he retirado de aquel / dulce paisaje de la vida; he olvidado la / suave cortina de sus cabellos cayéndole en la frente / y por el antiguo jardín miro pasar las densas / polvaredas, es el oro ––me digo–– / y luego los charcos que se secan ––es la edad–– / ¡Ah! ¡pero yo fui una chica de veinte años / que plácidamente soportaba el amor y el tiempo!

Incorporación a la ANL

Diré, finalmente que ––precedida de Rosario Aguilar–– Ana Ilce fue la segunda mujer que ingresó como miembro de número a la Academia Nicaragüense de la Lengua, porque representa dignamente la poesía escrita por mujeres en nuestro país. Esta decisión fue tomada el 29 de septiembre de 2005 Julio Valle-Castillo contestaría el discurso de la recipiendaria el 12 de julio de 2006 enumerando su temario: abismo, adioses, rencores tiernos, testamentos de amor, racimo de espadas, luz o ceguedad, entre otros aspectos de su poética parca e intensa.

Cuando le informaron de manera extraoficial su admisión en el cenáculo letrado, ella recibió la noticia con asombro. “Mi actitud interior fue la de no aceptación, por mi naturaleza un poco retraída y silvestre” ––comentó. No obstante, aceptaría el honor desde su responsabilidad de escritora, ya que constituía no solo un reconocimiento a su obra poética sino a las de sus compañeras generacionales.  

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