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Casi todos sus compañeros generacionales la amamos y reconocimos su  madurez prematura y plenitud verbal. Mas ella nunca ostentó ningún rasgo de prepotencia, de frivolidad o de diva. No envidiaba las piernas de Cindy Crawford y el furor sexual se halla ausente en su obra. Motivaciones profundas supo desplegar y resolver como muy pocas poetas latinoamericanas, entre ellas, argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972), a quien superaría por su impecable factura y sustancia lírica. 

Desde 1965 fui amigo de Ana Ilce Gómez. Laboré bajo su dirección, algún tiempo, en la Biblioteca del Banco Central y su apoyo correspondió a la de una hermana mayor. Conocí a fondo la nobleza de su corazón y quedé marcado, como muchos, por su parca poesía intensamente humana. Ella fue valorada a su tiempo, incluyendo al suscrito, por Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho, Juan Aburto y Beltrán Morales, Fanor Téllez, Julio Valle-Castillo; y muchos años más tarde, por Nydia y Conny Palacios, Isolda Rodríguez Rosales, Anastasio Lovo, Álvaro Urtecho y Steven F. White; por Erick Aguirre, Yaosca Tijerino, Carlos Calero, Víctor Ruiz y Luis E. Arce. 

Una afirmación errática

Helena Ramos la entrevistó con experiencia profesional a raíz de su incorporación a la Academia Nicaragüense de la Lengua a fines de 2005; y últimamente NLR  ––impulsada por el síndrome del figureo–– refirió en su blog la visita que hizo a la poeta a principios de este año. En ese texto ––frívolo, superficial y errático–– afirma que la aparición de Ana Ilce “causó tanto espanto” a los letrados de los años sesenta “que no soportaron ver a una mujer surgir como poeta”. Pero ignora que fueron hombres quienes la promovieron y admiraron su sorprendente calidad. Por suerte, Isolda Rodríguez Rosales le aclaró este irrefutable hecho histórico, puntualizando además “Ana Ilce nunca se proclamó feminista, en cualquier connotación que se le quiera dar al término. Más bien las poetas mujeres le dieron la espalda, porque ella era superior en todo sentido y con su sencillez dejó un ejemplo digno de tomarse en cuenta”.

La bloguera aludida, que no ha trascendido la diletancia literaria, aprovecha para atacar la política cultural de nuestro gobierno, culpándolo de marginar “la grandeza de esta poeta”. Pero quienes seguimos el desarrollo del cáncer mortal de Ana Ilce sabemos que la Vicepresidencia de la República la apoyó integralmente desde el principio hasta el fin, y que Rosario siempre ––desde muy joven–– demostró su cariño y solidaridad hacia ella. 

Dos homenajes en vida

Dos homenajes, por cierto, mereció Ana Ilce en vida. Un Autor y su Obra (noviembre, 2010), organizado por el Festival Internacional de Poesía de Granada y un dossier de la revista El Hilo Azul (verano, 2014), en el cual Sergio Ramírez anota: “La suya es una poesía perdurable, y una de las más singulares de nuestras letras… En esa poesía no hay nada gratuito, ni hay palabra que sobre, cada una de ellas en su sitio con precisión de relojería”. También Sergio entrevista a la homenajeada y le pregunta. “¿Quiénes fueron los poetas que te formaron cuando empezaste a escribir, los que más te llegaron y te dieron un camino a seguir?”. Ella contestó: “Jorge Eduardo, Juan Aburto, Roberto Cuadra… Básicamente ellos, después hubo otros, fueron los que más me ayudaron, prestándome libros. Yo les enseñaba mis poemas, me los corregían o me decían: esto está bien, esto no” (pág. 118). 

Testimonio de Roberto Cuadra

Desde luego, no podía faltar entre sus exégetas Roberto Cuadra, su descubridor y primer maestro, cuando ambos estudiaban en la Escuela de Periodismo. Su juicio póstumo ––comunicado por un común amigo–– lo acaba de emitir en correo electrónico a Iván Uriarte. Dice: “Cómo hubiera querido asistir al entierro de nuestra Ana Ilce. Cada vez que tengo chance de leer alguno de sus trabajos, descubro que esta mujer se alejó  de toda timidez mojigata y pueblerina, entregando desnuda su verbo limpio para dar paso al lacerante descubrimiento y al lamentable hecho de vivir. De sonreír, de libar tragos con sus amigos, de retirarse a su aposento en su casa de Monimbó y tal como una Penélope huraña, dolida y recelosa, tejer, hebra por hebra, hasta convertirlas en palabras para dar cuerpo y forma a textos poéticos que revelaron, para nuestro deleite y asombro, una poesía tremenda, remendada con sencillez de artesana y convertirla con su verbo inigualable en estupenda orfebrería poética. Y !claro! me duele mucho su muerte”. 

El suplemento especial de END

Por otro lado, El Nuevo Diario dedicó a la obra de Ana Ilce el domingo 5 de noviembre un excelente suplemento especial, coordinado por Matilde Córdoba y diseñado por Katherin Ballesteros. De nuevo Erick Aguirre, Víctor Ruiz y el suscrito contribuimos al análisis de su poesía; y Daisy Zamora se sumó a la convocatoria. En el estudio preliminar de su antología La mujer nicaragüense en la poesía (1992), Daisy tuvo el acierto de señalar que Ana Ilce ––entre las mujeres poetas de su generación–– era la que mayor provecho había obtenido del poema en prosa, escasamente cultivado por sus excompañeras.  

Ahora ––también con acierto–– Zamora ejemplifica la condición heroica y subalterna de mujer inherente a varios poemas de Gómez. Pero esta ––como afirmé en sus honras fúnebres–– “no necesitó alzar la bandera feminista para realizar su obra” (no aseguré que no era feminista). En realidad, Ana Ilce no se empeñó en formular un sistemático discurso feminista y carecía de justificación alguna para declararse víctima traumatizada del maltrato machista. Por eso Christian Santos no pudo incluirla en Mujer y poesía / Antología poética contra la violencia a la mujer  (2013). En dicha antología sí figura Daisy Zamora, quien define al marido arquetípico de sus amigas con estos 29 adjetivos: “parrandero, mujeriego, jugador, pendenciero, gritón, violento, penqueador, lunático, raro, algo anormal, neurótico, temático, de plano insoportable, dundeco, mortalmente aburrido, bruto, insensible, desaseado, ególatra, ambicioso, desleal, politiquero, ladrón, traidor, mentiroso, violador de las hijas, verdugo de los hijos, emperador de la casa, tirano en todas partes”; “pero ellas se aguantaron / y solo Dios que está allá arriba sabe lo que sufrieron”. 

“Soy una mujer / cálida / intensa…”

No tengo nada contra el feminismo, ni adverso a intelectual alguna, ni censuro a las lideresas que en el momento de enterrar a su madre pregonan su libertad de hacer de sus traseros un tambor, ni condeno a las exaltadas predicadoras del amor lésbico. A más de un centenar de auténticas mujeres relevantes ––de Nicaragua y del mundo–– he consagrado en mis investigaciones. Y una de tantas, estrechamente ligada a mi carrera literaria  fue la magnífica, pero modesta y hasta humilde Ana Ilce Gómez, en cuyo poema “Aria” confesó: “No soy ángel / que preside la vida, / ni sabia / ni agorera / únicamente / soy una mujer / cálida / intensa / que en su más apartada / intimidad / cree tener voz / y canta”. 

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