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Botero se mira en el espejo de “papá” Picasso

Foto por: EFE

Una periodista observa la obra “La Cornada” en la exposición del artista colombiano Fernando Botero, en el Hotel Caumont en Aix en Provence (Francia).

Fernando Botero se mira en el gremio de los pintores sin temor a "ser aplastado".

Desde concepciones antagónicas de la pintura, un hilo invisible enhebra las obras de Pablo Picasso y del colombiano Fernando Botero, que se mira en el espejo del genio malagueño sin temor a ser “aplastado”.

Donde Picasso deconstruye, Botero hiperconstruye; donde uno descompone las formas, el otro las ensalza; donde el primero pinta espanto y dolor, el segundo dibuja placidez y alegría. Pero una nueva exposición en Aix-en-Provence (sureste de Francia) ilumina las afinidades que pese a todo vinculan a ambos. “No me siento aplastado por la obra de Picasso, lo digo sin ninguna modestia”, admite el colombiano a un grupo de periodistas en el centro de arte Hotel de Caumont en esa ciudad mediterránea. Botero insiste en que el “diálogo” que entablan unas 60 de sus obras con una veintena del español “no es una competencia, sino un homenaje, una oportunidad de presentar a dos artistas de estilos totalmente diferentes pero no opuestos”. Para el colombiano (Medellín, 1932), pintar es “hacer lo mismo que los anteriores, pero de una forma distinta”, y bajo esa premisa explora a lo largo de su vida temas recurrentes en la obra de Picasso, que estructuran la exposición.

Un orondo e idealizado Picasso, que Botero pintó en 1998, abre el recorrido, que se detiene primero en los retratos y posteriormente en los bodegones y las naturalezas muertas, un género al que ambos imprimieron su toque característico. El sueño juvenil de Botero no era diferente al de cualquier pintor de su generación: viajar a París, ser Pablo Picasso. Pero enseguida, el colombiano se rebela contra su “papá”, a quien descubre en 1944 gracias a los libros de arte, y encuentra su estilo realzando las formas y los volúmenes que Picasso había descompuesto años antes. Ambos beben de las fuentes de los clásicos (en muchos casos las mismas), con versiones por ejemplo de las Meninas velazquianas, en un esfuerzo constante por reinterpretar la realidad desde aproximaciones diferentes.

El desnudo y la sensualidad o la referencia a eventos históricos son dos lazos que recoge la exposición, antes de adentrarse en dos temas en los que la influencia picassiana en Botero es incuestionable: la tauromaquia y el mundo del circo.

“En la pintura no hay tantos temas, es más bien limitado. Quien se dedica a buscar temas no es un pintor, es un ilustrador”, dice el colombiano, siempre provocador.

En pocos cuadros se verá mejor la afinidad y al mismo tiempo la distancia sideral que separa a ambos que en “La cornada”, la revisión que hace Botero de “La muerte del torero”. En el cuadro del colombiano, el toro sonríe mientras hiere de muerte al matador, que planea dulcemente sobre el animal como si estuviera dormido.

En esta “corrección a su manera” que realiza Botero del original, la cabeza del matador ya no aparece arrancada del resto del cuerpo ni hay un caballo al que se le salen las tripas, y apenas hay rastro de dramatismo y de violencia por la cornada.

“Yo miro sobre todo la estética. El arte es para dar placer a la gente. En la historia del arte la pintura ha sido siempre más bien amable, no hay más que fijarse en los temas que escogían los impresionistas”, reivindica Botero.

En el fondo, insiste, de Picasso hay que alabar su “coherencia”, algo que él también reclama al haber apostado “por el volumen como mi idea radical”. La exposición, que estará abierta hasta el próximo 11 de marzo, está comisariada por Cecilia Braschi, quien destacó la fuerte influencia que en sus orígenes ejercieron siempre sobre la obra de Picasso y de Botero.