Paula Andrea Arce de Chamorro
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En los últimos años hemos visto cómo la obesidad y el sobrepeso se han convertido en uno de los grandes problemas epidemiológicos a nivel mundial. Todos sabemos que para su tratamiento la modificación en el estilo de vida es indispensable al igual que el incremento de la actividad física. Aparecen también otras propuestas más agresivas como las pastillas, gotas, cirugías, colocación de mallas linguales, etc. Sin embargo, los resultados no están siendo buenos y la batalla contra la obesidad continúa.

¿Por qué me engordé?,  esta es la pregunta del millón de dólares, muchos se lo plantean y por esto quiero compartirles otra visión que podría dar respuesta a lo que está ocurriendo.

Sabemos que el tratamiento de la obesidad debe tener un enfoque integral y esto incluye no solo limitarse a comer bien y a hacer ejercicio, sino a incluir ayuda de tipo emocional y psicológica para obtener mejores resultados y más adherencia a las propuestas convencionales para bajar de peso.

Nuevos planteamientos indican que la obesidad como síntoma y enfermedad  se genera como respuesta a cierto tipo de desequilibrios y conflictos  de tipo emocional, que al no ser tratados de forma adecuada, al no reconocerse y no verse se manifiestan de forma física. La obesidad es aumento de la grasa y el tejido grasoso o adiposo tiene varias funciones:

La primera es la reserva de energía por si llega la epóca de las “vacas flacas”, aún nuestro cuerpo tiene la memoria de nuestros antepasados de “guardar” para los tiempos de escasez. 

La grasa sirve de protección y da calor al cuerpo

La grasa sirve de sostén a algunos órganos y sirve para la fabricación de hormonas.

Es importante para la fertilidad y la reproducción, ayuda a que el embarazo llegue a término y permite alimentar al bebé.

Muchas veces las personas pueden tener conflictos de tipo emocional que hacen desarrollar la cantidad de grasa en el cuerpo para equilibrar o compensar de alguna forma estas emociones que no se reconocen o no pueden manejarse.

Cuando hay separaciones, pérdidas y hace falta el contacto, cuando hay sentimientos de abandono, cuando hay algún vacío en el interior, esto se puede llenar con materia y la grasa suple esta necesidad muy bien. La grasa protege, calienta, acoge.

Si la persona se siente agredida, necesita protección, requiere fuerza,  el tejido grasoso comienza a ejercer esta función.

Muchas veces el comer es la forma de liberar el estrés que generan algunas situaciones y esto se convierte en un patrón que nuestro cerebro registra como normal.

Es importante reconocer que nuestro organismo es muy complejo y no siempre 1 más 1 es dos, en cuestiones de obesidad hay que ir más profundo para tener más éxito. 

Es necesario comenzar a conocer más nuestro cuerpo, a reconocer y ver nuestras emociones y a sanar nuestros conflictos para tener  más posibilidades de controlar nuestras enfermedades.

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