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El doctor Isidro Valle es originario de Masaya y viene de una familia humilde, pero muy educada, según sus propias palabras.
De hablar pausado, trato afable y devoción por la medicina en su máxima expresión, asegura que   sus padres son sus formadores y artífices de lo que hoy es. Al parecer en su sangre corren “los genes médicos”, pues él y sus cuatro hermanos son doctores y uno de sus hijos también lo es.

¿Por qué estudió medicina?

Mis principales impulsores fueron mis padres. Particularmente mi papá. Creo que si él hubiera tenido la oportunidad de estudiar hubiera sido médico. Nunca me lo dijo, pero era autodidacta, Mi madre y mi padre eran muy bondadosos y dados a ayudar. A medida que fui creciendo el ambiente en mi casa se volvía académico yo miraba a mi papá estudiar y a mis hermanos también.

Eso contribuyó a que yo fuera buen alumno. Siempre me gustó ser bueno y destacar como estudiante. Nunca fui un líder pero sí destacaba en el grupo.

Mis hermanos también me sirvieron de motivación porque todos son médicos en distintas especialidades.  

Estudié en la UNAN-Managua cuando comenzaba a desarrollarse la facultad pues antes solo estaba en León.  Siento que clasifiqué en el examen porque estaba decidido a estudiar medicina.

Cuando tenés un propósito y una convicción con un proyecto no hay nadie que te detenga.

Me preparé para el examen como unos seis meses y nunca dudé de que iba a clasificar. Cuando comencé la carrera en los diferentes años de estudios sentía fascinación por poder entender cómo funciona el organismo, cómo funcionan las enfermedades y cómo pueden prevenirse.

¿Cuál es el requisito primordial para ser médico?

Se requiere de la vocación de servicio, el que estudia medicina debe tener las ganas de ayudar a alguien y mis padres siempre tenían esa vocación. A la fecha mi gran recompensa como médico es poderle devolver la sonrisa a mis pacientes. Me satisface  hacerles saber que hay alguien dispuesto a ayudarles.  Con pequeños detalles el médico le transmite bienestar al paciente.

¿Por qué se especializó en pediatría?

Cuando me recibí como médico general al concluir mi servicio social escogí especializarme en Pediatría, porque creo que me sentí siempre muy cómodo tratando a los niños. Creo que me sentía que era lo más grande poder regresarle la alegría a un niño. Es una especialidad llena de bondades y siempre tuve la percepción de una especie de sufrimiento de ver a un niño padecer de alguna dolencia.

¿Algún caso en particular que le haya impactado?

El médico siempre se ve obligado a enfrentar situaciones difíciles, pero creo que lo más difícil y doloroso es cuando un paciente se me ha muerto. Informarle a un padre o a una madre esta noticia es una situación de dolor que se vive y se siente pero no se puede describir.  Eso es duro y te hace reflexionar sobre la vida, que hay que cuidarla y que hay que enseñar a los padres y a los hijos a ser felices.

¿Cómo llegó a optar por  endocrinología?

Me gradué de pediatra en la cuna de la pediatría de Nicaragua que es el Hospital La Mascota. Tuve la dicha de tener grandes maestros y me di cuenta que estaba llena de sacrificios esta carrera y que si quería ser buen pediatra tenía que dar lo máximo.

Vi en la endocrinología la especialidad que más se complementaba con el pediatra general.

Mi gran maestro y mentor fue el doctor  Alfonso Matus Sequeira. Al  observar la entrega y dedicación de mi maestro me motivé a investigar sobre la endocrinología, que es cuidar al niño desde que es una célula, es estudiar los fenómenos de crecimiento y desarrollo, y todas las enfermedades que se puedan derivar en esa etapa.

La especialidad la realicé en México en el Hospital Infantil Federico Gómez  donde también tuve grandes maestros.  Un ambiente de disciplina y estudio al igual que en La Mascota.

¿Qué ha aprendido en el campo de trabajo?

Tengo 18 años de ser endocrinólogo pediatra, a lo largo de estos años he desarrollado no solo habilidades médicas en mi campo, sino que lo principal es la sensibilidad que he cosechado hacia el ser humano, hacia el que necesita. He desarrollado la capacidad de escuchar y eso me ha permitido adquirir mayor experiencia.

Mis principales maestros han sido los niños, me han enseñado cómo los debo tratar y muchos piensan que tratar a un niño es difícil, pero yo creo que no, pues en la medida que ellos sienten el calor humano con el que se les atiende se van relajando.

Siempre he pensado que es más difícil tratar con adultos que con niños. El niño es un ser humano fresco, siempre es original, no tiene conceptos previos ni prejuicios.

¿Qué trastornos prevalecen en Nicaragua respecto de su especialidad?

Los tres campos que más se atienden  son las enfermedades que tienen que ver en primer lugar con el crecimiento y desarrollo: niños con dificultades para crecer y se van quedando muy pequeños; niños con problemas para alcanzar un desarrollo determinado en algún momento cronológico, o por el contrario niños que van creciendo más rápido.

El segundo campo son los padecimientos de la glándula tiroides que son probablemente la segunda causa de consulta. Son frecuentes los bocios, el hipotiroidismo y el hipertiroidismo.

El tercero es la diabetes infantil y este golpea bastante al médico, porque es una enfermedad devastadora y en la actualidad se está volviendo una epidemia.

El médico siempre está muy comprometido con el aspecto  académico. Yo siempre estudio porque la medicina avanza a pasos agigantados. Quiero devolverle a la vida lo que me ha dado a través de mis alumnos.

Una meta por alcanzar es hacer investigación, que es difícil en nuestro país y nuestro medio, y escribir sobre endocrinología para combinar conocimientos y práctica.

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