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Con el gesto amable de una sonrisa y un fraternal saludo, el pediatra Leonel Palacio del Carmen recibe en su consultorio a sus pacientitos acompañados de sus padres. Una vez que un paciente entra a su consultorio, según expresa, es su responsabilidad dedicarle toda su atención para cambiar su carita triste en un rostro más expresivo que les brinde tranquilidad a los papás y les devuelva el alivio a los pequeños.

El doctor es originario de Jinotepe, Carazo, cuenta que creció en esta localidad hasta los 14 años, hasta cuando por motivos de la guerra tuvo que partir hacia Estados Unidos, país en el que vivió por varios años. Posteriormente, se fue a estudiar Medicina General a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, concluidos sus estudios, continuó con su especialidad en pediatría, la cual cursó en la Universidad Autónoma de México; y una subespecialidad en Nutrición y Gastroenterología que realizó en el Instituto Nacional de Pediatría, también en México. Una vez formado como médico profesional, su meta fue siempre volver a Nicaragua.  Durante 10 años, el doctor Palacio fue el director médico del Hospital del Niño, La Mascota.

¿Cómo se define Leonel Palacio?

Soy un hombre responsable, dedicado a mi trabajo y me gusta lo que hago, soy comprometido con mi vocación.

¿En qué momento de su vida descubrió que la medicina era lo suyo?

Creo que tenía menos de diez años. Hubo un par de personas en mi vida, médicos, que creo que me impactaron. Recuerdo que una vez mi hermano menor se fracturó un pie y desde que llegó al hospital hasta su proceso de recuperación, todo eso se me quedó grabado en la mente. Yo vi cómo una persona pudo ayudar a otra  y por ahí se me metió la idea.

¿Por qué optó por especializarse en pediatría?

Creo que estaba como en cuarto o quinto año de la carrera, cuando en algunas de las rotaciones pasamos por pediatría y realmente ver tanta vulnerabilidad en los bebés llamó mi atención. Realmente, creo que no hay otro grupo dentro de la medicina con el cual me sentiría tan halagado a como me siento con los niños.

¿Siempre estuvo seguro de su vocación?

En algún momento, unos colegas me decían que si tuviéramos la oportunidad de volver a hacer las cosas, muchos de ellos, no volverían a ser pediatras, pero yo creo que cien veces volvería a ser pediatra, esta profesión me apasiona y con el grupo de pacientes que trabajo, que son niños, soy más que feliz.

¿Cómo ha sido la experiencia con los niños?

Fenomenal. Con los niños tengo muchas historias que contar. Es increíble verlos llegar aquí, cómo me abrazan y cómo me hablan. Recuerdo que yo tenía a una pacientita de tres años, que por cierto su familia viajaba a Corn Island, y una vez yo le dije a la pequeña que cuándo me llevaría a conocer allá, que me invitara y ella me respondió que: “sí, doctor yo lo invito cuando quiera, vámonos”. Para mi sorpresa, después la mamá me contó que le armó un bochinche en el aeropuerto llorando porque yo no estaba ahí. Entonces, te ganás el cariño de los niños.

¿Qué es lo más difícil a lo que puede enfrentarse un pediatra?

Yo creo que tiene que ver más con la relación que uno pueda ir desarrollando con los padres y en el entorno de la familia completa (padres e hijos), ese es el reto más grande. Muchas veces lo que es la parte médica no es tan complicada, pero mantener esa relación no siempre es fácil, tiene que ser una relación de mucha confianza, eso es difícil de irlo adquiriendo y es fácil de perderlo.

Y como pediatra, ¿a veces le toca hacer el papel de psicólogo con los niños?

Siempre. La medicina decimos que es un arte, es una disciplina, es una ciencia, un poquito de todo. Otra anécdota es que un día mi esposa me enseñó en el celular a un pediatra vestido de payaso haciendo mímicas y yo le dije: ¿y qué creés que yo hago todos los días en el consultorio? yo hago lo mismo. Ella se sorprendió, pero aquí tenemos que hacer de todo.

¿Qué planes tiene?

Si tenemos salud, primeramente Dios, seguiremos aquí en mi consultorio, en la Clínica Pediátrica Fontana, pero así a corto y mediano plazo, espero continuar con mis prácticas de la manera en la que lo he venido haciendo.

¿Cuáles son sus pasatiempos favoritos?

Pasar con la familia, yo disfruto mucho de mis dos hijos y de mi esposa, procuramos hacer cosas juntos, nos gusta salir e ir a comer, y son momentos que aprovechamos para platicar y reforzar nuestra comunicación.

¿Cómo hace para equilibrar su tiempo?

Entre ser médico y compartir tiempo de calidad con mi familia, debo decir que ellos se equilibran a mis horarios, mi familia ha sido muy solidaria y me ha apoyado muchísimo, no sé cuántas veces hemos estado listos en que vamos para el mar un domingo y yo me regreso y es duro para ellos.

A veces, cuando me tengo que quedar, uno de mis hijos me dice: papá, yo me quedo con vos, pero yo le digo, tranquilo, andate con la familia. Sentir ese apoyo, es lo que realmente te hace día a día continuar.

¿Qué recuerdo guarda de su periodo universitario?

Los turnos. Cuando yo me formé en México como pediatra hacíamos turnos de 72 horas, yo entraba un sábado en la mañana y salía un lunes en la noche y martes estaba otra vez en el hospital, dormía una o dos horas por noche y a veces las ocupaba para estudiar. Yo no podía dormirme si un paciente estaba grave.

Hay médicos que toman gaseosa para mantenerse despiertos, pero yo creo que son otras cosas las que deberían mantener activo al médico en un turno, como lo son: la responsabilidad con el paciente y el sentir realmente lo importante de estar despierto, yo no me acuerdo nunca de haber tenido que tomar algo para mantenerme despierto.

Actualmente, ¿Qué cargos profesionales desempeña?

Veo pacientes externos y hospitalizo en el hospital Metropolitano y en el hospital Salud Integral, hago procedimientos como endoscopias pediátricas, evaluaciones de pacientes en unidad de terapia intensiva para la parte nutricional, y brindo consultas en la Clínica Pediátrica Fontana.

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