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Marcelo, a sus cuatro años, domina prácticamente a sus padres. Ellos no han logrado conseguir que el niño acate órdenes o respete las normas más convencionales del hogar; no obstante, ambos están convencidos de que esto sucede porque aún está pequeño y esperan que conforme pasen los años esta conducta vaya mejorando.

La sicóloga Alejandra Domínguez manifiesta que “en algún momento de la crianza de nuestros hijos, los padres manifestamos  preocupación ante cuál es realmente la clave para disciplinarlos, pero la realidad es que para arraigar la disciplina es necesario que desde pequeños los iniciemos en este proceso. Cabe mencionar que la disciplina se logra de manera gradual y, por lo tanto, para obtener un resultado satisfactorio es necesario proceder a implementar una dinámica constante para lograr nuestros objetivos”. 

Para ella, poner límites quiere decir guiar y educar al niño para enseñarle qué está bien y qué está mal hacer, ya sea porque su vida está en riesgo o porque lo que hace no es una forma adecuada para relacionarse sanamente con otras personas. 

“Establecer límites implica una enseñanza profunda, constante y consciente para que los niños puedan comprender y asimilar de forma interna el porqué de las cosas; puesto  que  viviendo en sociedad, sin límites simplemente no podríamos funcionar, porque nos sentiríamos perdidos y sobrepasados, ¡pero cuidado! Usemos nuestro razonamiento y antes de actuar en automático, preguntémonos cuál es el propósito y la utilidad de ponerles límites a los niños para actuar desde un porqué consciente y no desde un porqué automatizado”, señala Domínguez.

Modelo

La sicóloga Domínguez propone recurrir a la disciplina positiva, “que es un modelo educativo para entender el comportamiento de los niños y la forma de abordar sus actitudes y así poder guiarles en su camino, siempre de forma positiva, afectiva, pero firme y respetuosa, tanto para el niño como para el adulto”.

Explica que este modelo se basa en la comunicación, el amor, el entendimiento y la empatía para disfrutar las relaciones familiares, brindando herramientas a los padres para entender el comportamiento de sus hijos (incluso cuando no es adecuado) y corregirlo con respeto, sin luchas de poder y siempre de manera positiva. Es un enfoque que no incluye el control excesivo ni la permisividad. Se basa en el respeto mutuo y la colaboración, todo con la intención de enseñar al niño competencias básicas para la vida.
La disciplina positiva va más allá de establecer una serie de reglas que los niños han de seguir porque los padres decimos.

Este paso resulta fundamental en la puesta de límites, porque si los papás nos dedicamos a establecer una serie de reglas y luego nos encargamos de hacerlas cumplir a través de sermones, castigos o el control excesivo, los niños simplemente se revelarán cuando los padres no estén presentes y actuarán conforme ellos quieran o crean mejor. 

Disciplina positiva

Domínguez explica que la disciplina positiva propone una puesta de límites en conjunto con los niños porque cuando ellos son tomados en cuenta, sobre todo en situaciones donde son protagonistas, se muestran más dispuestos y colaboradores. 

“Esto sucede así porque los niños al ser considerados se sienten respetados y valiosos, lo cual les provoca un sentimiento de bienestar y disposición. En este sentido, padres e hijos hablarán de las reglas de la casa y por qué los límites son importantes.”, señala.

Añade que los padres siempre serán quienes establezcan una pauta coherente ante el límite, pues el niño no puede decidir que su límite de ver la televisión será de 3 o 4 horas seguidas, pero sí podría decidir que llegando de la escuela le gustaría descansar mirando la televisión el tiempo que se acuerde y que luego de ese tiempo le tocará hacer la tarea. Hay límites en los cuales los niños no pueden participar en su implementación porque no son opcionales, por ejemplo: insultar, pegar, agredir, robar o morder a otras personas.

Tampoco pueden participar de la puesta de límites que tienen que ver con su seguridad, como por ejemplo: no cruzar la calle con luz roja, usar cinturón de seguridad, jugar con fuego o tocar los enchufes. En estos casos, los padres deben actuar serenos y firmes, a la vez diciendo siempre lo mismo.

“Para finalizar, no debemos olvidar que los padres somos la guía y soporte para el establecimiento de normas o límites, pero además es parte de nuestro deber incorporar la disciplina con base en el desarrollo socio-afectivo del niño o la niña. Recordar y afianzar nuestro rol como modelo para conductas futuras en los hijos, ya que con respeto y amor mantendremos un ambiente de paz y armonía en nuestras familias”, concluyó.

Cinco criterios para una disciplina positiva 

•Es amable y firme al mismo tiempo (respetuosa y motivadora)
•Ayuda a los niños a sentirse importantes (conexión)
•Es eficaz a largo plazo
•Enseña valiosas habilidades para la vida (respeto, habilidad para resolver problemas, participación, colaboración, responsabilidad…)
•Ayuda a que los niños desarrollen sus capacidades y sean conscientes de las mismas.

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