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Ivet Cruz es una persona que desde niña supo lo que deseaba ser en esta vida. Se define como una mujer temerosa de Dios; una persona que traza sus metas con absoluta claridad y trabaja con tenacidad para alcanzarlas sin cansarse; además afirma que es alguien que trata de ser coherente con su vida y con los valores morales y principios éticos que sus padres me inculcaron. 

Nació en Matagalpa, aunque siempre ha sentido que dejó el cordón umbilical en Villa Nueva, Guapotal, la finca de su padre, don Napoleón Cruz González, de quien dice estar orgullosa, porque es un hombre con una extraordinaria sabiduría, un inmenso calor humano y un maravilloso don de gente. 

“Provengo de una familia grande y unida. Somos cinco hermanas y dos hermanos; gran parte de mi niñez la viví en el Colegio Perpetuo Socorro de Matagalpa, un colegio internado, a la fecha inexistente. Vivíamos ahí porque en ese entonces no había carretera para la finca; mis padres tenían que viajar a caballo gran parte del trayecto de la finca a la ciudad y para poder estudiar, teníamos que quedarnos en el colegio, mis hermanos y yo, pues no teníamos casa en Matagalpa. 

¿Cómo le marcó la vida el vivir en un internado?

Recuerdo lo duro que era ver a mis padres solo una vez al mes; aunque entendía que ellos tenían que irse a trabajar a la finca y nosotros debíamos estudiar; para mí, fue duro y muy triste vivir sin ellos en esa época. 

Mis vivencias en el Perpetuo Socorro, sin duda alguna, marcaron mi personalidad, pues ahí teníamos horario para todo: para bañarnos, para hacer tareas, para ver televisión e incluso para ir a misa; sin siquiera pensarlo, hice propios esos hábitos de disciplina y orden. 

Algo de lo que me orgullece de mi niñez es haber aprendido a trabajar duro gracias a mi padre. Él me enseñó a no sentir vergüenza por el trabajo y a conocer todos los procesos relacionados con la producción y el procesamiento del café, desde el corte hasta el secado.

 Y pese a que nunca me he dedicado a este cultivo, siento que me dejó como herencia el amor al trabajo. Con justa razón creo que gracias a Guapotal, hoy soy una mujer de trabajo. ¡Definitivamente, nunca dejaré de sentirme “guapotaleña”, así llegue a ser traductora de la ONU!

¿Cuántas carreras ha estudiado?

Varias. Estudié traducción inglesa en la UCA en Managua; luego, viajé a Colombia, donde viví ocho años y estudié una maestría en relaciones internacionales en la Pontificia Universidad Javeriana y una Especialización en periodismo en la Universidad de los Andes, además de muchos cursos relacionados con la traducción y el periodismo. A mi regreso a Nicaragua, estudié una especialización en traducción del inglés al español vía electrónica con la Universidad de Valladolid, España. Actualmente, estudio una maestría en la enseñanza del español como lengua extranjera en la UNAN. 

¿Cuál fue la primera y por qué la escogió?

Mi carrera de base es la traducción y la escogí porque amo los idiomas; desde que estaba en quinto grado de primaria sabía que iba a estudiar todo lo relacionado con los idiomas, el periodismo y las relaciones internacionales; a esa edad, no sabía los nombres de las carreras, pero sí sabía que me iba a dedicar al mundo de los idiomas y las letras. 

Amo mi trabajo porque me permite conocer muchas disciplinas del conocimiento. Me fascina traducir; un día aprendo de derecho y al otro, me siento toda una especialista en cacao, por ejemplo. Me encanta escribir, jugar con las palabras; creo que cada palabra tiene una identidad e intensidad propia; la traducción no es un ejercicio mecánico, pues al traducir, nos sumergimos en la cultura e idiosincrasia de una lengua. 

¿Qué le atrajo del periodismo?

El deseo de dibujar con las palabras las experiencias que viven los seres humanos; dar a conocer historias que mejoren el modus vivendi de quienes las experimentan; poner en la palestra pública los problemas de la sociedad y ser puente de solución; ser voz de quienes temen hablar, pues como sociedad, nos debemos los unos a los otros.

¿Cómo es el campo laboral para los traductores?

Es una profesión mal valorada. No existimos como verdaderos profesionales, pues ni la carrera como tal existe ya. Creo que fui uno de los últimos grupos de la carrera de traducción de la UCA y el cierre de muchas ONG en el país ha reducido aún más nuestro abanico de opciones laborales.  

¿Cuándo descubrió su vocación literaria? ¿Cuál es su género favorito para escribir?

He vivido con ella toda mi vida; aún conservo mis primeros dos cuadernos de poemas que escribí en Guapotal; incluso, en Colombia, comencé a escribir mi primera novela que la dejé en el cuarto capítulo; por eso me identifico con gran regocijo con la narrativa. 

¿Qué ha sacrificado para poder estudiar tanto?

La vida en familia, esos momentos de alegría que una comparte con los suyos y a los que he tenido que renunciar por atender mis compromisos académicos; incluso ahora mismo, quisiera poder ir a Matagalpa más seguido, abrazar a mi padre y darle un beso a mi madre, pero debo estudiar. 

¿Qué metas tiene en la vida?

La meta inmediata es terminar mi maestría en la UNAN con éxito y ser traductora de las Naciones Unidas; recientemente hice el examen para certificarme como tal y espero en Dios haberlo pasado; aunque si no es así, ¡no desistiré hasta lograrlo! Ése ha sido mi más grande sueño como traductora y el que anhelo materializar. 

¿Cuáles son sus pasatiempos?

En realidad, tengo muy poco tiempo libre: mi trabajo, la universidad y mis cortos viajes a Matagalpa consumen todo mi tiempo, pero sí disfruto mucho los momentos que comparto con mis sobrinos; me encanta jugar con los más pequeños. Me divierten sus encantos y ocurrencias infantiles. Fuera de eso, disfruto leer y escuchar música. 

Crédito de foto:

Peinado y maquillaje: Yahoska Álvarez Salón y Spa 
Fotogragía: Orlando Valenzuela/END

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