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La vocación para la actuación y hacer teatro despertó en Alicia Irene Pilarte desde muy temprana edad. 

La granadina de 57 años cuenta que sus primeras presentaciones artísticas las realizó en el colegio María Auxiliadora, en Granada: “en la escuela siempre estuve involucrada en todas las actividades culturales, bailando, haciendo fonomímica o recitando poemas”.

Admite entre risas que en la escuela hasta la apodaron “la estrella”,  sin embargo, fue en 1979, para el triunfo de la revolución, cuando su vocación emprendió vuelo.

“Escuché que estaban convocando a un taller de teatro en el canal sandinista de televisión, entonces inmediatamente fui, me inscribí y entré, con los años se pasó a llamar taller de teatro Justo Rufino Garay”, compartió.

Actualmente la teatrista es directora del grupo TeUCA, de la Universidad Centroamericana, con el que recientemente estreno la obra Cuadros de amor y Humeral fresco. Trabaja con el grupo Agora, Drugos y con el grupo Las hijas del maíz, con las que continúa presentando la obra: “Divorciadas, evangélicas y vegetarianas”.

¿Usted escribe obras?

No. Yo como directora hago adaptaciones de las obras que se escogen para escenificar. Siempre adaptado a lo nicaragüense o reduciendo los guiones, ya que aquí el público no está acostumbrado a estar en una sala de teatro más de una hora y media.

¿Cómo es la vida de una teatrista aquí en Nicaragua?

Para mí el teatro es mi trabajo y yo lo considero que es una labor igual que la de los demás, yo me siento una profesional del teatro porque yo gano en esto, tengo mi salario, tengo mis honorarios como directora artística, no me considero una persona diferente a nadie. 

¿Qué función debería desempeñar el teatro?

Para mí el teatro debe tener una función social, entonces todas las obras en las que estoy trabajando están orientadas en esa dirección.

¿Cuál fue la primera obra en la que participó como actriz?

Fue hace muchos años en el Sistema Sandinista de Televisión. Una obra de teleteatro llamada Los invasores, de un autor chileno. Hice de protagonista, como líder guerrillera que estaba a cargo de una casa burguesa, no recuerdo los detalles con exactitud. 

¿Y como directora?

La primera incursión que hice fue con Papelet, por cierto yo escribí esa obra, esa sí es de mía autoría, es una obra infantil que hice con mi compañera teatrista Ligia Luna. La presentamos en un festival de niños y adolescentes.

Para usted ¿qué es la felicidad en lo artístico?

Es el momento en que se lleva a cabo la función, exactamente cuando los espectadores logran la comunicación y se identifican de alguna forma con lo que están viendo. 

A su criterio, ¿qué le sobra y qué le falta al teatro en el país?

Yo creo que le falta más de lo que le sobra, porque hay muy poco teatro en Nicaragua, somos unos cuantos los que hacemos. Hay muy pocas salas de teatro, y las que hay no te ofrecen un financiamiento y una proyección adecuada. Como artista, una misma tiene que proyectarse. Hacerse la publicidad, más apoyo institucional, sin embargo, hay mucho talento. 

Como espectadora ¿qué le apasiona cuando va al teatro?

La puesta en escena, las actuaciones, el mensaje y contenido. Pero sobre todo la comunicación.

Durante las interpretaciones, ¿qué tan malo es que se mezclen los sentimientos del actor con los del protagonista?

No se deberían usar las vivencias como persona para el personaje. Pero sí se utiliza como recurso para estimular una emoción verdadera, utilizar tus recuerdos como un estímulo para que esa emoción salga.

Además del talento, ¿qué se necesita para ser teatrista? 

La actuación y todo lo que tenga que ver con ella debe ser acción, hacer, y ¿qué es hacer? estar en el escenario, tener un entrenamiento o un taller de las universidades. Trabajar tu voz y la dicción, todo esto complementa el estudio del teatrista. Mucho ejercicio de improvisación, estas técnicas son las que te forman como actor y después como director. El aprendizaje debe ser integral.

De todos los personajes que ha escenificado, ¿con cuál se ha sentido identificado?

Hubo un personaje que interpreté en el Justo Rufino Garay, la obra se llamaba La empresa perdona un momento de locura. Interpreté a una psicóloga, éramos dos actores René Medina y yo. Ese personaje me gustó mucho, sentía que se parecía a mí como persona, su vestuario, muchas cosas de las que hacía y decía

¿Qué ha aprendido usted en el teatro a través de los años?

Hay una frase de un maestro grande del teatro que decía que si el teatro no te hace un excelente actor se espera que te haga una mejor persona, y yo he tratado de ir por ese camino, aunque no es fácil. Ser más humilde y sencilla, y que como te dije, yo no considero que hacer teatro te haga una diva y no lo soy, no me siento, ni quiero serlo. 

¿Qué miedo siente como parte de este gremio cultural del teatro?

Como persona tengo muchos, pero como teatrista el temor que tengo siempre es a no avanzar. El quedarme inerte o con un mismo estilo de teatro. En lo personal  siempre trato de cambiar e innovar teniendo en cuenta las facilidades económicas que tengo con los grupos, lo económico me limita a veces. 

¿Cuál es su estilo?

Mi estilo es realista, viene de la realidad pero es más estilizado. Por ejemplo, en la escenografía yo no puedo poner un bosque si no que tengo dos árboles. Trabajo con la analogía o solamente un poco de elementos minimalistas. Eso también te define lo económico, no me gusta mucha parafernalia, en el teatro todo lo que está en escena tiene que estar con un objetivo, no solo por adornar.

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