19 de diciembre de 2012 | 00:05:00


Las mil nostalgias de La Tortuga Morada

Managua, Nicaragua | elnuevodiario.com.ni

La postal eterna en la mente de los managuas


Pasajes, personajes y recuerdos que la inmortalizan trascienden hasta nuestros días, atesorados en las memorias de muchos de los protagonistas de esa historia que parece no extinguirse, y que marcó corazones para siempre

Por Letzira Sevilla Bolaños | Terremoto

La postal eterna en la mente de los managuas
Así lucía la Avenida Central o Roosevelt en las animadas noches capitalinas. CORTESIA NICOLAS LOPEZ MALTEZ / END


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Como el Coliseo Romano, Managua no perdió su esplendor en los escombros, esos a los que quedó reducida la madrugada del 23 de diciembre de 1972.

40 años después del terremoto de ManaguaPermanece como una postal impregnada de vida en la memoria de quienes patinaron en sus parques, en los que la Sonora Matancera alegraba el ambiente a través de magnavoces, así como en la de aquellos que disfrutaron del espectáculo en que se convirtió la primera escalera eléctrica de Nicaragua, instalada en la tienda de Carlos Cardenal.

Pasajes, personajes y recuerdos que la inmortalizan trascienden hasta nuestros días, atesorados en las memorias de muchos de los protagonistas de esa historia que parece no extinguirse, y que marcó corazones para siempre.

Si bien aquel diciembre de 1972 se recuerda como una capital de luz, invadida por millares de bombillos miniaturas que en su conjunto imprimían en las avenidas el furor de la Navidad, también el espectáculo moderno de luces que llegó a Managua a finales de la década de los 60 y que se apoderó de la vida nocturna de los bohemios y bailadores permanece incólume en los asiduos visitantes de las discotecas y centros de diversión.

El esplendor de las primeras discotecas

“Esa Managua era alegrísima”, atinó a decir el escritor Carlos Alemán Ocampo, que en su momento abrazó y adoptó la filosofía hippie, tuvo el cabello largo y promulgó el Love and Peace.

“Antes del terremoto vivimos el esplendor de las primeras discotecas que se mostraban como la gran novedad por el deslumbre de las luces de colores.

Las paredes también se convirtieron en parte de esa modernidad porque fueron pintadas con colores raros, “pinturas monstruosas´ les llamábamos”, manifestó Alemán Ocampo.

De sus recuerdos de joven resalta que era la época de la música rock, que tuvo como su primer gran templo La Tortuga Morada, “un club de llaves muy apetecido, al punto que afuera se formaban corrillos de gente que esperaba que algún amigo que pudiera entrar lo llevara al ansiado local”.

Siguiendo el ritmo del flash-back, Alemán Ocampo resaltó un sitio llamado discoteca Go-gó, que tenía como novedad una mujer bailando en una jaula.

También menciona como punto neurálgico de la Managua nocturna la disco The Happyning, que quedaba en la Calle 15 de Septiembre, que dicho sea de paso, según don Nicolás López Maltez, era la calle más grande de Centroamérica.

Las cantinas

Algo muy importante que señaló el escritor, es que a pesar de que Managua tenía su centro muy bien organizado, en el que conservaba los lugares de diversión que se podrían considerar como exclusivos, en los barrios también tenía sitios muy visitados por la gente de clase media para abajo.

“Esa Managua tenía unas cantinas famosas. Es difícil que alguien que gustaba de la diversión nocturna no se acuerde de “El sapo triste”, ubicado en la zona de las cantinas famosas y tradicionales como El Infierno y El Negro Williams, que eran para traguear.

Había otras como El último trago, Hasta aquí llegué, que se convertían en el deleite de los que padecían mal de amores y trataban de ahogarlos con licor”, señaló.

“También habían en otras zonas, recuerdo un sitio llamado el Foker, que era de los más viejos salones de baile de Managua y parece que coexistió con el Casino Olímpico, de Moncho Bonilla, al que una subida del lago se lo llevó. Hubo también un night club en la zona de Las Piedrecitas, en el que tocaron originalmente “Los satélites del ritmo”, manifestó.

Los lugares selectos

“Los managuas teníamos lugares muy selectos y con excelente música para divertirnos, como el Club Andrew, donde tocaba Charlie Robb, que era un extraordinario trompetista que deleitaba tocando jazz. Gozábamos también de establecimientos para comer o platicar.

El Colonial era uno de los restaurantes más lujosos y estaba ubicado entre la Bolívar y la Roosevelt, en la segunda calle.

No puedo olvidarme de El Jardín Cervecero, situado en la intersección de la Roosevelt y de la 15 de Septiembre. El restaurante Almendarez estaba frente a la Explanada de Tiscapa, que era un sitio para echarse tragos y comer, no era un salón de baile”, señaló con precisión el autor de Vida y amores de Alonso Palomino.

Cafetería La India

La vida en los grupos intelectuales también marcó la Managua preterremoto.

Un lugar emblemático fue la Cafetería La India, punto fundamental en el que era común que los escritores pasaran toda la mañana y a veces parte de la tarde, porque estaba equidistante entre La Prensa literaria de Pablo Antonio Cuadra y Bellas Artes, donde estaba Rodrigo Peñalba.

“Todos los que iban a bañarse de literatura un rato con PAC y los que los sábados cobraban la colaboración a la Literaria, iban a parar a La India.

En ese tiempo fue una novedad que PAC pagaba 50 o 100 pesos, según el tamaño del artículo, dinero que era suficiente para pasar el sábado comiendo y echándote el trago en ese sitio de confluencia artística”, advierte Alemán Ocampo.

Ni la modernidad ni las nuevas grandes construcciones pueden competir con esa Managua, según Carlos Alemán Ocampo, porque según él “más que los sitios lo que deleitaba es que podías caminar tranquilo aunque fueras mareado y vieras turbio el piso, se podía caminar sanamente, cosa que no sucede ahora”.

Las mil nostalgias de La Tortuga Morada

Un diriambino que fue “entenado” del nieto de Rubén Darío, del doctor Rubén Darío Asualdo, se convirtió en agente modernizador de la Managua preterremoto.

“El suegro de mi mama era embajador en Inglaterra y por eso me mandaron a estudiar allá. Luego estudié en la Universidad de la Florida y recuerdo que venía de vacaciones a Managua, que era pequeña y una ciudad en la que nos reuníamos muchos de los que estudiábamos en el extranjero para vacacionar”, recuerda Roberto Rappaccioli, el padre de La Tortuga Morada, la discoteca que cambió Managua.

Según Rappaccioli, Roberto Terán fue su único patrón. “Tenía 23 o 24 años, era bohemio y después de que salíamos de trabajar de la Kodak nos íbamos a tomar unos traguitos al Gambrino, ahí pedías una media y te daban un platón de bocas, era bien barato”, señaló.

Y en ese mundo de bohemia, Rappaccioli conoció una discoteca en Estados Unidos donde tocaban música rock, “luego fui de vacaciones a Costa Rica y fui a un club que habían abierto en San José donde un grupo tocaba rock, en ese momento pensé que me gustaría abrir algo así en Managua.

Compraron las luces en Miami

Hablando de eso conocí a Alberto Lacayo, que era pariente mío, y tenía esa idea, así que decidimos abrir una discoteca siguiendo la moda de los club de llaves. En ese momento solo el 113, que era un piano bar en Managua, vendía una tarjeta para ser miembro”. Ya con la idea bien madurada, Rappacioli emprendió la travesía a Miami, donde “compramos las luces psicodélicas, entre comillas, que por ese entonces comenzaban, conocimos a un gringo que nos introdujo a esas luces intermitentes que nunca se habían visto en Managua. Pasamos tres meses preparándonos y conocí a Los Rockets, que ya habían grabado dos disco y eran populares”.

Según Rappacioli, Los Rockets encajaban con la idea que tenían porque eran peludos y extravagantes, era algo diferente. El local que rentaron estaba como a dos cuadras y media arriba del Cine González, en frente tenía la Farmacia 22-24, al lado era una lavandería de la familia Sánchez y a las pocas cuadras estaba La hormiga de oro, famosa sorbetería.

“Decoramos bien bonito, las paredes a tono con las luces y Los Rockets deleitaban a la gente. Como parte de la estrategia le dimos el 10% de La Tortuga Morada a una señora que era bien conectada con la sociedad. Así el local se hizo bien popular, llegaban los poetas, músicos, todo era nuevo”, resaltó.

Los detractores

En esa historia de luces y música, los periodistas jugaron un rol primordial, pues si bien según Rappaccioli al comienzo los apoyaron, unos que trabajaban en Novedades empezaron a chantajearlos y como no quisieron dar el brazo a torcer, “le echaron tanta leyenda negra a La Tortuga”.

“Por esos días alguien había abierto la Go-Gó, un sitio que no tenía decoración pero había muchachas bailando música rock. Nosotros fuimos la primera discoteca pero antes de eso lo que estaba de moda era el Club Andrew, donde tocaba un moreno que se llamaba Charlie Robb. Ese lugar se llenaba porque era lindo. En el segundo piso estaban las mesas y abajo, al fondo, el escenario, también tocaban música bossa-nova”, rememoró.

Los días de La Tortuga Morada son inolvidables para esa generación de rockeros que encontró en Janeth Barnes a uno de sus iconos primordiales.

 

“Uno de los más distinguidos salones de baile era El Plaza, que debía su nombre al hecho de estar ubicado frente a la Plaza de la República donde ahora está el monumento a Carlos Fonseca. Ese local se derrumbó con el terremoto del 23 de diciembre de 1972, ahí murió mucha gente, quedaron aplastados”.
Carlos Alemán Ocampo, escritor.

 

 

 


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