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Ercilia, Alnayir, María Elena y William tienen algo en común: todos viven en La Venada,  una de las islas del Archipiélago de Solentiname, y todos son hijos y  nietos de pintores primitivistas, de ahí que no es difícil saber qué profesión tienen, ya que todos escogieron el oficio de sus padres. Ellos son la tercera generación de pintores primitivistas de Solentiname.

Ante tanta belleza natural, llena de verdor, paisajes idílicos, bandadas de garzas blancas, grises y patos chanchos volando hacia el horizonte en atardeceres de ensueño, es difícil ser artista en Solentiname y no expresar de alguna forma amor a la naturaleza.

Al menos así lo sienten estos cuatro jóvenes herederos de una tradición pictórica que traspasa los límites de las 36 islas del archipiélago, reconocido en todo el mundo. En Solentiname no existe escuela de bellas artes, pero desde mediados del siglo pasado, con la ayuda del poeta Ernesto Cardenal y pintores como Róger Pérez de la Rocha y otros,  sus pobladores han desarrollado el arte de pintar el mundo que les rodea: sus casas, el lago, sus aves, su colorida flora, sus costumbres  y su vida cotidiana.

Hijo de tigre, sale rayado -Alnair Arellano-

Ercilia del Carmen Arellano Castillo tiene 25 años, pero desde que tenía  16 incursionó en el mundo de  la pintura primitivista. Sus padres, que son reconocidos pintores de la isla, la motivaron con su ejemplo y le enseñaron a combinar los colores. Recuerda que cuando estaba en el colegio le gustaba participar en los concursos de pintura y ganó varios de ellos.

Aprender a pintar le resultó fácil porque desde que nació estuvo rodeada de pinceles, óleos de colores y de un paisaje lleno de vida, donde abundan las aves, las flores, mariposas, tortugas, monos, guardatinajas, garrobos y otros que le sirvieron de inspiración. Recuerda que su primer cuadro fue un pájaro momoto, ave migratoria de Costa Rica que ha hecho de este lugar su refugio durante el duro  verano.

FOTOS: Pinceladas primitivistas

Su tema preferido son los paisajes llenos de mucho verdor, plantas de colores vivos, animales silvestres y de la vida cotidiana. Los cuadros que pinta, los vende principalmente a extranjeros que llegan a su casa, por eso dice que sus obras están en Francia, Alemania, Estados Unidos y España, hasta donde las han llevado los que los han comprado. 

Al igual que su abuelo, Rodolfo Arellano, conocido como el patriarca de los pintores primitivistas de Solentiname, ella piensa heredar su oficio a sus hijos, “porque esto es como una cadena que ya uno trae en la sangre”. Su mayor anhelo es participar en una exposición con varios artistas de las islas.

La cumiche

A los 11 años, Alnayir Yuniel Arellano pintó su primer cuadro, era un paisaje con garzas, guairones, espátulas rosadas y otras aves en una isla poblada de muchos árboles de coloridas flores. Ahora Alnayir tiene 14 años y pinta en una mesita de la sala de su casa, con la luz que entra por la ventana que tiene vista al lago. En la escuela le gusta pintar  los trabajos de sus compañeros. 

Le encanta pintar  todo lo que ve en la naturaleza, desde peces, flores de pitahaya, oropéndolas, águila pescador, los árboles de roble cuando están floreciendo y paisajes que mira alrededor de su casa y de las isletas cuando viaja en los botes. Sin duda es una niña con mucho talento.

William Iván Altamirano Arellano aprendió el arte de los colores viendo pintar a su mamá y a su hermana, quienes combinan los oficios de la casa  con  la pintura primitivista que realizan en el corredor de su hogar.

Para William el tono preferido es el verde, porque dice que aquí todo es verde: el verdor de los árboles, sus hojas, todo pinta de verde, no así las aves, a las que pinta de fuertes colores vivos. 

Aunque William estudia una carrera profesional en la universidad Martín Lutero, de San Carlos,  asegura que después de graduarse trabajará en su profesión, pero no piensa olvidarse de la pintura, “porque es algo bonito que uno lleva en la sangre”.  Por el momento, lo que obtiene de la pintura le ayuda pagar sus estudios.  

María Elena Arellano tenía 15 años cuando empezó a pintar, y ahora que tiene 24 años, siente que la pintura era  lo suyo. Con la paciencia que solo ella sabe tener y la habilidad para hacer trazados muy finos en la tela, María Elena crea paisajes de la vida cotidiana en las islas, donde los pobladores en sus botes y la flora y fauna son sus principales elementos de inspiración. Sus cuadros  han sido expuestos en galerías de Masaya y Managua, y muchos han viajado a Francia, Estados Unidos y otros países. “La pintura es mi profesión para toda la vida, dice con orgullo María Elena.

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