
Aun camina erguido. El peso de los años es notorio en el hombre cuyos ojos color esmeralda evocan el espejeo de la luz del sol en las aguas del mar, el elemento omnipresente en su obra poética.
Ha sido el invitado más perseguido de la octava edición del Festival Internacional de Poesía y también el más esquivo. Llegar hasta él fue como transitar por el mar en el que sus personajes emprenden la travesía odiseica de isla en isla hasta arribar al archipiélago principal.
Derek Walcott es el hombre de pocas palabras, discurso contundente y genialidad en versos que en 1992 fue laureado con la distinción máxima de la literatura universal, el Premio Nobel.
En entrevista con EL NUEVO DIARIO el más grande aeda del Caribe, quien al recibir el Nobel se reconoció como testigo del amanecer de una cultura que se está dibujando a sí misma, compartió que “la literatura caribeña es joven, pero con mucha fuerza porque fue reprimida por el colonialismo”.
Walcott es un poeta que ha combinado su producción en versos con obras de teatro que tienen como eje temático la cultura antillana, siendo su libro más famoso el intitulado Omeros.
“Esta obra es fundamentalmente un tributo hacia Homero, el autor de La Odisea. Al leerla nos encontramos con que el paralelismo es obvio con la historia de Odiseo que va de una isla a otra y en cada una encuentra aventuras basadas en la superstición, compartió el poeta cuyas frases se entrecortan como ahogadas por el cansancio.
Asimismo, agregó que el paralelo entre el archipiélago del Caribe y el griego es fuerte, “cuando ves un bote en el Caribe trasladándose de una isla a otra es como ver a Odiseo navegando hacia su hogar”.
Un mestizo convencido de la grandeza de la mezcla cultural, Derek Walcott considera que el compromiso con su pueblo radica en que es fiel al hecho de que viene de una sociedad bilingüe, donde se habla francés criollo e inglés, lenguas que de manera especial utiliza en las obras de teatro.
“Estoy comprometido con el francés criollo y el inglés en la misma medida, no es que me incline más hacia uno que hacia el otro, pienso en inglés no en francés criollo, pero me gusta este último porque es muy lindo. En fin, no es un problema tener una sociedad bilingüe, sino más bien es beneficioso, acotó.
En cuanto a la importancia del mar en su vida y en su obra, asegura que es su privilegio, “porque en la isla donde vivo (Santa Lucía) en cuanto me levanto lo primero que veo es el mar, los barcos yendo de una isla a la otra, y aunque el agua a veces es responsable de mucha destrucción, esa presencia del mar es inevitable y el ritmo de él es parte de mi obra, que trata de seguirlo”.
Walcott refutó la tesis de algunos críticos que relacionan la estructura de la Odisea con la de Omeros, pues él argumenta que no tendría ningún mérito tratar de reescribir a Homero, así que su obra es un poema de asociación, por ejemplo, "yo asocié ver un bote de vela con Odiseo, pero no es él quien va ahí sino un pescador de la isla”.
Nuestro breve acercamiento con Derek Walcott terminó con el rapsoda evitando hablar de la grandiosidad del galardón que lo consagra a la inmortalidad literaria y limitándose a afirmar que “el Nobel fue lo que me trajo a Nicaragua, porque lo gané estoy aquí. La fama es vacía".
Después de la última toma fotográfica, lo dejamos en la silla de mimbre colocada cerca de la piscina del hotel y nos despedimos del Nobel cuyas manos son las responsables de que sea también dueño de una obra pictórica, cuya temática está íntimamente vinculada a su poesía.
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