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“No te creas, tengo mis miedos, no soy un superhéroe, lo que pasa es que en mi vida hay un antes y un después del trasplante --de hígado, al que se sometió en 2003--. Ahora soy mucho más fuerte, voy más tranquilo, casi a cámara lenta y estoy teniendo una vuelta a la vida maravillosa”, dice el cantante en una entrevista con Efe.

La excusa es la presentación de “Sinphónico”, un nuevo trabajo discográfico con grabaciones inéditas de algunos de sus grandes éxitos junto con la Orquesta Sinfónica de RTVE. La edición especial incluye el histórico recital que dio el pasado 22 de julio en el Teatro Real.
La gira, acompañado por la orquesta sinfónica, le llevará por toda España y América a partir del próximo viernes, cuando arranca en Oviedo (norte de España). Pero solo dos días después estará en el Festival de Cine de San Sebastián presentando “Mi gran noche”, junto con De la Iglesia y el resto del equipo.

Está tan contento con el resultado que ya está pensando en nuevos proyectos cinematográficos. “Haré más cine, procuraré cada dos años tener tiempo entre gira y gira, pero dependerá siempre del guion. Ahora me gustaría hacer una cosa muy seria, porque al público siempre hay que darle sorpresas”, afirma.

Lo de Alphonso, su personaje en “Mi gran noche”, un trasunto disparatado de lo que podría ser él mismo, es de todo menos serio. Un divo endiosado que lucha por el mejor ‘share’ durante la grabación, con meses de antelación, de un especial de Nochevieja. “Me la he pasado muy bien. He tenido unos compañeros maravillosos, con Carlos Areces me he reído de lo lindo, aparte de que ahora hay unos medios técnicos que lo hacen todo mucho más apetitoso”, señala el cantante, que no rodaba desde hacía casi cuatro décadas.

“Es la primera vez que tengo que hacer de algo. Antes hacía de mí mismo en películas románticas donde se me moría la novia, aquí interpreto a un artista que nada tiene que ver conmigo, ha sido muy divertido”, insiste.

Y eso que al principio pudo tener algún reparo, admite, al ver sobre guion que Alphonso era un tipo “un poquito malote”, el arquetipo de estrella caprichosa y egocéntrica hasta los límites más insospechados.

“La clave me la dio mi hijo Manuel, me dijo: ‘Papá, a estas alturas todo el mundo sabe cómo eres, nadie va a pensar que estás haciendo de ti mismo, al revés, se van a reír mucho porque saben que no eres así”, cuenta.

De hecho, Raphael transmite todo lo contrario, una constante sed de aprendizaje y de retos, como demostró el año pasado cantando en un festival ‘indie’ (Sonorama) o con su actitud al embarcarse de nuevo en el cine sin condiciones.

“A los directores no se les puede poner condiciones”, asegura. “Tú lo que pides es un guion, y una vez que lo has aceptado, te tienes que poner en manos de esa persona y tener confianza absoluta en lo que estás haciendo”.

En su camerino, antes de un concierto, pocas excentricidades. “Hay un cesto de fruta que nunca tomo, mucha agua y una manzanilla que me tomo siempre antes de salir”. Un solo hábito, eso sí, no hablar.

“A mí me ha venido muy bien el internet y los móviles, porque en vez de hablar puedo poner mensajes. Así no malgasto energía. Desde las tres o las cuatro de la tarde no hablo y eso permite que al salir la primera nota esté limpísima y eso me crea confianza para seguir”.

Así pues, parece que habrá Raphael para rato. En su hiperactividad tranquila, el cantante ya está preparando un nuevo disco, que verá la luz en mayo, con canciones compuestas por autores jóvenes como Enrique Bunbury, Manuel Carrasco o Vega.

“Yo sigo trabajando por realizarme artísticamente. Soy un artista que en vez de estar acabando parece que está empezando siempre. Para mí es bueno ser así, no me gusta la nostalgia. Cuando me preguntan que cuántos años tengo, yo les digo ‘¿Años? Años no, tengo siglos’”.

 

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