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Esta noche, el Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra acogerá la presentación del reconocido dariísta Jorge Eduardo Arellano de dos obras editadas por la Fundación UNO, en su colección literaria de Centroamérica: las cartas desconocidas de Rubén Darío y la antología que el propio vate realizó de su obra poética, titulada Darío por Darío.

Sobre el valor literario de ambas conversamos con el doctor Arellano.

¿Cuál es la importancia del libro Darío por Darío?

Se trata de la selección que de su propia obra poética realizó Darío en su madurez, de una gran oportunidad que escasos poetas de nuestra lengua y de otras han tenido. O sea, de una autoantología.Jorge Eduardo Arellano.

¿Cuándo y quiénes la planearon?

En julio de 1914 los fundadores de la Biblioteca Corona, una casa editorial de Madrid: Ramón Pérez de Ayala y Enrique de Meza. Ambos la solicitaron al máximo creador del modernismo en carta de 18 de julio del año referido.

¿Fue la única antología dariana que apareció antes de su tránsito a la eternidad?

No. En 1910 se habían publicado (o mal publicado) unas Obras escogidas en tres volúmenes. El primero contenía un extensísimo estudio preliminar de Andrés González Blanco, crítico español; el segundo en 317 páginas una muestra mínima de poesías (4 de Azul…, 14 de Prosas profanas y 35 de Cantos de vida y esperanza) y el tercero en 397 páginas fragmentos de su prosa.

¿Agradó a su autor esa edición?

De ninguna manera. Los tres volúmenes, lanzados por la Librería de los Sucesores de Hernando, carecían de calidad tipográfica. Al parecer, Darío no tuvo más intervención en ellos que “mal vender” la edición, junto con su piano, para “poder hacer frente a la situación”. ¿Cuál? La precaria, económicamente hablando, de su cargo como embajador residente de Nicaragua ante el rey de España Alfonso XIII. Así lo comunica en carta del 12 de enero de 1909 a Santiago Argüello.

¿Cuánto dinero le pagaron por su antología de la Biblioteca Corona?

Dos mil pesetas, una suma entonces apreciable. Esta vez la edición fue lujosa: en papel vergé, a dos tintas, con mayúsculas decoradas y ribetes de color en cada página. El colorido en cada tomo es distinto: rojo en el uno, morado en el dos y verde en el tres. No hubo un cuarto, como se ha creído o sospechado.

¿Cuántos fueron los poemas escogidos por Darío?

Ciento cincuenta, distribuidos en los tres tomos bajo el título general de Obra poética; pero cada uno poseía el suyo: Muy siglo XVIII (aparecido en 1914), Muy antiguo y muy moderno (en 1915) e Y una sed de ilusiones infinita (1916). Esos títulos procedían de una estrofa del primero de los Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer nomás decía”.

¿De qué obras tomó Darío ese centenario y medio de poemas?

De cinco: 44 de Prosas profanas (1896, 1901), 55 de Cantos de vida y esperanza (1905), 55 de El canto errante (1907), 9 de Poema del otoño y otros poemas (1910) y 7 del Canto a la Argentina y otros poemas (1914). Como se ve, prescindió de las tres ediciones de Azul… (1888, 1890 y 1905).

¿Qué otra peculiaridad habría que destacar?

El de las ilustraciones, ejecutadas por Ángel Vivanco; todas ellas de gusto versallesco y motivos neoclásicos.

En su opinión, ¿en qué reside el máximo valor de esta antología?

En la conciencia del poeta al elegir los títulos definitorios de cada tomo y rigurosamente, los textos poemáticos de acuerdo con su propio orden que él legaba a la posteridad.

Pero no se encuentra en ellos su oda “A Roosevelt”.

Es cierto. Y también “A Colón”, “Tutecotzimi”, “Allá lejos” y “Momotombo”. Tal vez Darío concibió un cuarto tomo, titulado “Audaz, cosmopolita” y “Con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo”. Pero la inminencia cuasi apocalíptica  de la Primera Guerra Mundial seguramente lo impidió. Por eso en las dos ediciones nicaragüenses de esta obra (la primera data de 1967, con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento), Pablo Antonio Cuadra la complementó con treinta poemas más, todos perdurables.

¿Existen ediciones en otros países?

Solo otras dos. Una en Barcelona, Editorial Lumen, de 2002, preparada por Alberto Acereda; la otra en México, D.F., Joaquín Mortiz, de 1913, a cargo de Ricardo Llopesa. El título de la primera es Y una sed de ilusiones infinita; y el de la segunda:

Antología personal. Pero ambas prescindían de antología complementaria. De ahí el valor de Darío por Darío.

Pasando a las Cartas desconocidas de Rubén Darío, ¿qué significa para usted esta compilación?

Es el trabajo dariano que me ha exigido mayor concentración y tiempo (casi un año y medio) y el que ha recibido más reconocimiento. Lo llevé a cabo en mis ratos libre cuando me desempeñaba como jefe de la misión diplomática de Nicaragua en Santiago de Chile.

¿Cuáles fueron sus fuentes?

Aparte de treinta epistolarios anteriores, iniciados en 1920 con las treinta y tres piezas recogidas por el peruano Ventura García Calderón, la revisión de dos archivos: el de la Universidad Complutense de Madrid y del archivo del escritor en la Biblioteca Nacional de Chile, más una colección de cartas conservadas en la University of Southern California en Los Ángeles.

¿Cuántas cartas presentó en su compilación?

Doscientas cincuenta, tras compulsar más de novecientas. Todas escritas por Darío, no dirigidas a él. Las distribuí en orden cronológico: primer período centroamericano (3 de julio, 1882-9 de junio, 1886), período chileno (24 de junio, 1886-9 de febrero, 1889), segundo período centroamericano (9 de febrero, 1889-13 de agosto, 1893), período argentino (13 de agosto, 1893-9 de diciembre, 1898) y período europeo o cosmopolita (1 de enero, 1898-6 de febrero, 1916). Es decir, un lapso comprendido de sus 15 a sus 49 años.

¿Quiénes lo reseñaron?

Tuvo dos resúmenes valorativos anónimos: uno en Acan-Efe y otro en el Handbook of Latin American Studies (vol. 60). En Nicaragua lo comentaron Pablo Antonio Cuadra, Rosario Aguilar, Álvaro Urtecho y Carlos Midence; en España Ricardo Lobato, Günther Schmigalle y Noel Rivas Bravo; en Estados Unidos Odón Betanzos Palacios y Luis Mario. En Chile, Salvador Murillo; y en Costa Rica Leda Cavallini, Denisse Duncan, Dorian Díaz, Pedro Rafael Gutiérrez y Alfonso Chase. Este sostiene que mi compilación descubre “un Darío en todo el esplendor de su talento, de su intimidad, del dolor de ser y estar en medios incomprendidos, pero siempre superando todas las limitaciones”.

Como se ve, fue bien recibido

Así es. Casi veinte sumaron los escritos que la percibieron en su verdadera dimensión. Chace añadió que se consistía  en “un libro conmovedor, ampliamente anotado, algo que no podía permanecer inédito, u oculto en la historia. Un libro para seguir amando a Darío”.

 

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