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Neurótico, culto, irónico, divertido y de una sencillez desarmante, la personalidad de Woody Allen ha quedado más que clara en sus películas, en las que el protagonista masculino siempre se acerca peligrosamente a su yo personal, el que se ha transmitido a través de historias que siempre equilibran cuidadosamente comedia y drama.

Nacido en Brooklyn el 1 de diciembre de 1935, descendiente de judíos rusos y austríacos, Allen Stewart Konigsberg comenzó con tan solo 15 años escribiendo chistes para un periódico local, después pasó a crear gags para diferentes programas de televisión, que él mismo interpretaría con bastante éxito.

Un inicio tardío

Cuando contaba con 30 años, en 1965, le encargaron su primer guión para una película, el de “What’s New Pussycat”, que iba a protagonizar Warren Beatty y en la que él también tenía un pequeño papel. Aumentó sus líneas y las mejoró respecto a las de Beatty, que abandonó la producción y fue sustituido por Peter Sellers.

Una experiencia que le hizo darse cuenta de que no podría trabajar sin tener el control absoluto de sus películas, algo por lo que luchó desde el primer momento y a lo que nunca ha renunciado.

Su debut fue “What’s Up, Tiger Lily?” (1966), que dirigió, protagonizó y para la que escribió el guión, estableciendo un sistema de trabajo que repetiría en casi todas sus películas durante las siguientes décadas y que solo ha abandonado en sus últimos filmes, en los que ha cedido el protagonismo masculino a actores como Jonathan Rhys Meyers, Hugh Jackman, Colin Farrell, Ewan McGregor, Javier Bardem, Colin Firth o Joaquin Phoenix. 

Sin embargo antes de llegar a esa fase, Allen ocupó todas las facetas posibles en sus películas, que destacaron desde el principio por su estilo irreverente. “Take the Money and Run” (1969), “Bananas” (1971), “Everything You Always Wanted to Know About Sex But Were Afraid to Ask” (1972), “Sleeper” (1973) y “Love and Death” (1975) fueron los títulos de esa primera época, alocada, de su filmografía. 

“Annie Hall” 

Pero sería con la introducción de toques dramáticos --aún manteniendo la comedia-- cuando Woody Allen dio con la clave y la estructura en la que mejor encajaban las historias que quería contar en la gran pantalla.

Fue con “Annie Hall”, una película protagonizada por Diane Keaton, su musa y pareja del momento, con la que el realizador demostró un talento especial para mezclar comedia, romance y drama, para sacar lo mejor de las actrices con las que trabajaba y para retratar con cinismo las relaciones de pareja.

Cuatro Óscar --mejor película, actriz, director y guión-- hicieron de Allen el director de moda, y su película se convirtió en un icono para los cinéfilos, además de dejar memorables escenas para la historia del cine e imágenes que los turistas buscan ávidos en sus visitas a Nueva York, en especial el lugar en el que se besa la pareja protagonista con el puente de Brooklyn de fondo.

Porque si hay algo que Allen adore más que el cine, es su ciudad, Nueva York, como demostraría año tras año cuando no acudía a la ceremonia de los Óscar --ha acumulado 24 nominaciones a lo largo de su carrera y ganado 4 premios-- porque se celebraba en lunes, el día en el que él tocaba el clarinete en el Michael’s Pub de Manhattan (luego pasaría al hotel Carlyle).

Solo en 2002, y como homenaje a una ciudad gravemente afectada por los atentados terroristas del 11 de septiembre, seis meses antes de la gala, Allen acudió por fin a la entrega de los premios de la Academia de Hollywood. 

“Creí que me habían llamado para devolver los Óscar” que había ganado por “Annie Hall”, con la que obtuvo el premio a la mejor película y mejor director en 1977, pero “ha sido para rendir un homenaje a mi ciudad”, dijo entonces.

Una ciudad a la que homenajeó en “Manhattan” (1972) y que siguió siendo escenario y un personaje más de su cine en películas como “Broadway Danny Rose” (1984), “Hannah and Her Sisters” (1986), “Radio Days” (1987), “New York Stories” (1989), “Alice” (1990”, “Manhattan Murder Mistery” (1993) o “Bullets over Broadway” (1994).

Películas míticas, como otras de sus historias. Desde la locura de “Zelig” (1983) a la dulzura de “The Purple Rose of Cairo” (1985), la tristeza melancólica de “Interiors” (1978) o la inteligencia de “Another Woman” (1988).

Cine lejos de Nueva York

Woody Allen también ha hecho cine fuera de su adorada Nueva York, especialmente en los últimos años.

En “Everyone says I love you” (1996), salió de Nueva York, aunque no del todo. Rodó en su escenario favorito, pero también en Venecia y París, ciudades en las que situó un musical repleto de caras conocidas, como Julia Roberts, Drew Barrymore, Alan Alda, Edward Norton,  Tim Roth, Goldie Hawn o Natalie Portman.

Londres fue el escenario de “Match Point” (2005), “Scoop” (2006) y “Cassandra’s Dream” (2007) y Barcelona, de las peleas de Javier Bardem y Penélope Cruz en “Vicky Cristina Barcelona” (2008).

También París ha tenido su película de Allen, “Midnight in Paris” (2011), una deliciosa historia que recorría la época bohemia de la capital francesa, que contó con la colaboración estelar de Carla Bruni. Y Roma, en “To Rome with Love” (2012). Sin olvidar que Estados Unidos es muy grande y en “Blue Jasmine” se trasladó a San Francisco para brindarle un gran papel a Cate Blanchett que lo aprovechó a conciencia y se llevó un Óscar.

El culebrón personal

Más allá de sus personalísimas películas, Woody Allen ha sido noticia, a su pesar, por una historia personal más propia de un culebrón que de sus delicadas historias.

Tras romper con Diane Keaton, mantuvo algunas relaciones breves hasta que, en 1980, empezó a salir con Mia Farrow, que protagonizaría 13 de sus películas. 

No se casaron y ni siquiera compartían casa, pero era una relación en apariencia sólida. El realizador adoptó los dos hijos que la actriz había adoptado en solitario, Dylan y Moses. Además, Farrow había tenido tres hijos con el compositor André Previn --Matthew, Sascha y Fletcher-- y habían adoptado a Soon-Yi, una niña coreana de seis años. A todos ellos se unió Ronan, el hijo biológico de Farrow y Allen.

Una gran familia que en 1992 saltó por los aires. Mia Farrow acusó a Allen de abusar sexualmente de Dylan, que entonces tenía siete años. Poco después se supo que el cineasta había iniciado una relación con Soon-Yi, la hija adoptiva de Farrow, que tenía solo 20 años.

Durante años se lanzaron duras críticas contra Allen, que siempre aseguró que Farrow actuaba por venganza. Los cargos de abusos sexuales finalmente se retiraron y la pareja llegó a un acuerdo sobre la custodia de sus hijos: Ronan, Dylan y Moses. Pero en la realidad, el director perdió todo contacto con los menores.

En 1997, Allen y Soon-Yi se casaron, posteriormente, adoptaron dos niñas. Y en 2014, Dylan se reafirmó públicamente en sus acusaciones contra su padre, algo que negó su hermano Moses.

Y para terminar de enredar la historia, en 2013 Mia Farrow insinuó que Ronan no era hijo de Woody Allen, sino del cantante Frank Sinatra, con el que estuvo casada entre 1966 y 1968 y con el que siguió viéndose tras el divorcio.

El cine como refugio

Una complicada época personal de la que salió a base de hacer cine y de no responder a las críticas ni a los comentarios que desde todas partes le lanzaban. 

Encadenó películas como “Manhattan Murder Mystery” (1993), de nuevo con su musa Diane Keaton --una muestra pública de su apoyo--, “Bullets over Broadway” (1994), “Mighty Aphrodite” (1995), “Everyone says I love you” (1996), “Deconstructing Harry” (1997) o “Celebrity” (1998).

Siguió con su ritmo habitual de estrenar una película cada año y continuó acumulando nombres importantes entre los intérpretes que se morían por trabajar con él: Kenneth Branagh, Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Scarlett Johansson, Penélope Cruz, Evan Rachel Wood, Rachel McAdams, Kathy Bates, Cate Blanchett o hasta la entonces primera dama de Francia, Carla Bruni, que apareció en “Midnight in Paris”.

En la presentación en el Festival de Cannes de su última película, “Irrational Man”, resumió de forma tan precisa como concisa su filosofía de vida: “Todo lo que creas en tu vida se va a evaporar. El universo desaparecerá. Todo lo que hizo Shakespeare o Miguel Ángel, todo va a desaparecer por mucho que lo cuidemos. Así que mi conclusión es, que la única forma posible en la que puedes afrontarlo es con distracciones. Y hacer películas es una maravillosa distracción”.

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