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De la continuación de “Dios no está muerto” no se puede esperar una producción con enorme despliegue artístico, porque no es el interés principal de la productora, sin embargo nuevamente usa el drama para cumplir con su objetivo: llevar el mensaje religioso a las grandes audiencias.

La primera película “Dios no está muerto” trató de un debate universitario, desarrollado en la clase de filosofía de un profesor que más que ateo, era un tipo con un trauma de su infancia que en su adultez, como docente, termina por llevar su rencor a las aulas de clase donde se debate el argumento científico de que Dios no existe.

Ahora, en la continuación se explota el tema de forma más detallada y se lleva a una Corte Judicial.
Siguiendo el plano argumental  primario de su predecesora, el escenario es un aula de clases, ahora en una secundaria Hope Springs, Arkansas, donde una simple pregunta de una estudiante que hace comparación religiosa, mete en aprietos a la joven maestra cristiana llamada Grace Wesley (Melissa Joan Hart), cuando esta contesta a su alumna desde un concepto religioso sencillo sobre las enseñanzas de Jesús.

El refrán dice que el escándalo es el pecado, y aquí se demuestra. Un alumno capta el momento con su celular y lo que era una charla de clases pone al borde del despido a Grace, teniendo una directiva escolar furibunda que le acusa de hacer prédicas religiosas arcaicas y opresivas.   

La suspensión de la profesora lleva a esta a una corte judicial, precedida por el Juez Stennis (Ernie Hudson), una persona religiosamente intolerante, frente al cual el abogado defensor Jesse Metcalfe (Tom Endler), debe luchar para demostrar el derecho de opinión de Grace, y la libertad religiosa establecida constitucionalmente.

La pugna judicial, visto por los medios de comunicación, pone en el tapete de la opinión pública la situación y nuevamente se origina el debate sobre la existencia de Dios.

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