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Con la nueva versión de Tarzán no esperen ver la clásica historia desde su origen, sino que es un paso más allá del hombre salvaje, que ya domesticado como Lord Greystoke en la Inglaterra de 1890, tiene la oportunidad de regresar al Congo africano, donde pasó su niñez. 

De estas manera la historia  nos lleva a un complot donde Tarzán regresa a su amada selva, sin saber que es un peón en una convergencia mortal de la avaricia por diamantes y la venganza de un enemigo jurado del hombre mono.

La trama hace gran esfuerzo por sobresalir con las ya necesarias imágenes digitales para crear escenarios impresionantes, con batallas con aborígenes y gorilas, barcos estallando, además de mega cocodrilos hambrientos. 

Así nos encontramos con Alexander Skarsgård quitándose las alitas del vampiro sádico Eric Northman (que lo hicieron famoso en la serie Thrue Blood), para saltar entre mega árboles y a falta de telarañas saliendo de sus muñecas, alcanzar lianas para casi volar en el bosque.

Como su compinche de trama está la actriz australiana Margot Robbie, encarnando a una Jane con pinta de súper modelo poco creíble en “semerendo” bosque salvaje, donde los aborígenes africanos son rellenitos, mientras otros parecen salidos de las luchas de la WWE. Algo que tira al suelo la imagen de los larguiruchos que vemos en los documentales de la National Geografic.

La fresa del pastel fue Christoph Waltz, como el capitán Rom, quien otra vez hace el papel de villano que no convence y ralla en la ridiculez.

La leyenda de Tarzán es entretenida, aunque pudo ser mejor.

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