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Estuve en el epicentro del terremoto emocional que estremeció México con la muerte de Juan Gabriel. El día 3, en el Estadio de “Las Chivas”, se presentaría en Guadalajara -ciudad en la que me encontraba- con los boletos casi agotados. Esa mezcla de talento, capacidad de superación, entrega a corazón abierto, espontaneidad y carisma, hacía que mientras el tiempo pasaba y lo golpeaban diferentes enfermedades acelerando un deterioro físico, todos siguieran queriendo un pedazo de Juan Gabriel “El Divo de Juárez”, como le llamaban.Edgar Tijerino.

En la taquería “Los Faroles”, una de las más populares de Guadalajara, se hacían comparaciones con “Monstruos” previos en la captación de admiración y simpatías como Pedro Infante y Cantinflas. Escuchando las argumentaciones, no se necesitaba ponerle más picante a los tacos de carnitas. ¿Y ahora, cómo vivirá México sin 'Juanga'? escribió la columnista de Reforma y El Mural, Guadalupe Loaeza. Pienso que siempre se vive, aún sin Pancho Villa y sin Zapata, lo importante son las huellas que se dejan, cuando se convierten en imperecederas, como las de Juan Gabriel.

UN CANTO DISTINTO

Si todavía estamos escuchando a Pedro Infante, Jorge Negrete y José Alfredo Jiménez, es fácil imaginar los tiempos futuros escuchando a Juan Gabriel, que no le cantó a las borracheras ni a las mujeres traidoras, pero fue más variado en el manejo de los sentimientos: “Yo sabía de cariño y de ternura, porque desde pequeño eso me enseñó mamá”, decía Alberto Aguilera, el décimo hijo de una pareja de campesinos, que perdió a su padre Gabriel afectado por distorsiones y fue dejado cinco años en un internado por su madre, carente de recursos. Un internado en el que se familiarizó con la soledad.

En una columna del diario Milenio, quizás el que más me atrae leer cada vez que estoy en México, se cita una frase de Juan Gabriel, en respuesta precisa y contundente al cuestionamiento sexual que lo ha perseguido y ha derrotado: “Para llegar a superar todas las adversidades como lo he hecho, y llegar a ser lo que soy obteniendo respeto, hay que ser muy hombrecito”. ¿Cómo discutirle eso? pensé. En un país de machismo excesivo, Alberto Aguilera, después Adán Luna buscando un nombre artístico, y finalmente Juan Gabriel, con los nombres de su maestro de música en el internado Juan Contreras, y el de su padre Gabriel Aguilera, el fiero batallador frente a los retos de la vida, nunca se escondió y logró imponerse.

RECONOCIMIENTO TOTAL

Las columnas de las páginas de opinión, presentaron al amanecer del lunes, titulares sacados de sus canciones: “Nada que dar”, “Llora el Noa, Noa”, “Que no, que no”, “Hasta que te conocimos”, “Deja su amor eterno para el mundo”, y la ganadora del Premio Cervantes, la famosa escritora Elena Poniatowska, publica en La Jornada, una entrevista que le consiguió Carlos Monsiváis hacía mucho tiempo, con el título: “En la misma ciudad y con la misma gente”.

“Haber tenido la oportunidad de nacer, es un gran triunfo”, dice el hombrecito, agregando: “eso te facilita la posibilidad de superarte y convertirte en un gran ser humano, sin complejos”. Es obvio que salir del hoyo, enfrentar los retos y derrotarlos, doblegar prejuicios, es para hombres. Eso no se le puede discutir a quien, cuando le preguntaron sobre su homosexualidad, respondió “lo que se ve no se pregunta mijo. Ese soy yo”.

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