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El último recuerdo que tengo de él es una tertulia cargada de mucha crítica de la buena, de esas que solo las horas de buena lectura y de gran formación académica pueden dar. Estábamos en León y el poeta sin miramientos ni piedad ponía los puntos sobre las íes sobre determinados escritores que muchos consideran consagrados.

Apenas este lunes leía un post muy de él, cargado de ese sentido crítico hiriente pero sustentado que me sacó una leve sonrisa. Un día después, en el Facebook en el que había leído ese su razonamiento, conocí de su partida.

Donaldo Altamirano, el poeta irreverente, el laureado pintor, fue sorprendido por un infarto que no le dio trega. Murió este martes en Minneapolis.  Ha partido el planificador, realizador y supervisor de laberintos abstractos, panóptico en poesía y provocador, incitador de reflexiones ajenas en manufactura de irreverencias líricas, trabajador en una sociedad de límites difusos. Así se presentaba en Facebook.

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