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Dalia Torres, de 22 años, es una cara conocida en el deporte nacional. El próximo 23 de julio viajará a Londres para participar por segunda ocasión en los Juegos Olímpicos, que se celebrarán en la capital de Inglaterra cuatro días después.

La joven, quien trabaja en el área contable de una empresa generadora de energía eólica, se retirará pronto de la natación para dedicarse a cumplir otros sueños, esta vez profesionales. En tanto, se entrena buscando un récord nacional.

En 2008, Dalia estaba en Pekín cumpliendo el sueño de participar en unos Juegos Olímpicos. En la mesa donde almorzaba, la acompañaba Omar Núñez, el otro nadador que también se enrumbará a Londres a finales del mes. Por aquellas cosas del destino, cumplió un sueño no escrito. Un sueño ni siquiera dicho: conocer al gran Michael Phelps.

No hubo plática, una mirada, una sonrisa, ni tampoco un tropezón que la acercara al tritón estadounidense que ha logrado lo que se consideraba imposible. Simplemente tuvo la dicha de que Phelps, el mito consagrado por haber conseguido más campeonatos olímpicos en la historia, se sentara frente a ella.

Dalia cuenta lo anterior con el entusiasmo típico de la adolescente que acaba de conocer a su ídolo, sin quitar de su rostro esa sonrisa que le sale fácil. Sonrisa que mantiene durante toda la entrevista, sobre todo, desde que empieza a contar sus inicios en la natación, allá cuando tenía cinco años y su madre decidió que aprendiera este deporte para que pudiera sobrevivir.

Su mamá, dice, quería respirar aliviada cuando su hija mayor, la única mujer, viajara a San Juan del Sur, adonde iban constantemente, o cuando saliera con alguna amiga a un lugar donde hubiese piscina, mar o río. “Quería perder el miedo a soltarme”, comenta Dalia.

A los ocho años, su actual entrenador “la descubrió”. Supo que la chavala tenía madera para nadar y empezó a competir. Pero antes tuvo que dejar el taekwondo. Su mamá la puso a escoger entre una de las dos disciplinas, y optó por meterse en el agua y dejar de aprender a tirar patadas y a bloquear. Después de eso vinieron los entrenamientos.

“Cuando debía estar en un equipo, ella me dio a escoger. Yo sin dudar me quedé en natación”, recuerda.

Esta joven no tiene problemas con el cambio corporal que supone practicar natación. Su único inconveniente es el no encontrar camisas apropiadas para su trabajo. Por eso las compra más grandes y las da a ajustar.

Entre sus principales logros está la medalla de oro en el Campeonato Centroamericano y México de Natación, Camex. Consiguió también medallas de bronce en los 50 metros estilo mariposa y en los 50 pecho.

“En Pekín, en los 50 metros libres, de 110 quedé en el puesto 50 y logré hacer el récord nacional y absoluto”, dice.

Luego saca la franqueza típica de los atletas nicas, que en el fondo resienten no tener el entrenamiento, las instalaciones y el apoyo del que gozan los deportistas de otros países.

“No vamos a ganar, no tenemos la preparación, pero siempre vamos a tratar de poner en alto el nombre de nuestro país y buscar algún récord nacional y absoluto de acá”, expresa.

Según Dalia, uno de los problemas que enfrentan los atletas nicas es la falta de tiempo. “Los grandes mundialistas se dedican solo a eso.

Ese es su trabajo: nadar, jugar béisbol, aquí no, lo hacés porque te gusta, no recibís nada de plata”.

“Entre lo más complicado está conseguir el equipo porque no se vende aquí. Por ejemplo: los trajes de baño son largos y de una tela especial. Cuestan alrededor de US$300 el más barato, y el problema no es solo la plata, sino que hay que mandarlos a traer”, expresa.

A causa de eso y de sus metas profesionales, dice que se retirará en un futuro inmediato. “Si me hubieran preguntado si estaba dispuesta a dedicarme enteramente a la natación hace cuatro años, habría dicho que sí, porque es darle la oportunidad a mi país de colocarse dentro de los 16 mejores”. Pero ahora no.

“Quisiera ir creciendo desde mi mundo profesional. Seguir entrenando, nadando, y esperar hasta que Dios me diga: pará”.

A Dalia le gusta leer a Paulo Coelho porque le agrada la literatura de autoayuda. No le atrae nada que tenga que ver con desvelarse ni las fiestas bullangueras. Es más, como se diría en buen nica, una chavala casera. Come mucha pasta porque así lo necesita. Mucho pan. “Este es un ejercicio tan completo, que si no comés bien te debilitás y no hacés los tiempos”, explica.

Hay alguien a quien no le gustaría olvidar en la plática: a Dios y a su familia. “He aprendido que siempre hay personas que van a querer tu bien y tu mal, pero mi familia me ha enseñado que no debo demostrarle nada a nadie, que debo respetar a mi rival y seguir adelante, que no debo presionarme, porque cuando te divertís hacés las cosas bien”.