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Osmar Bravo, “Píldora”, tiene una cara dura porque dura ha sido su vida. Duros fueron los meses cuando estaba en la panza de su madre; dura fue su infancia en aquellas montañas espesas de Muelle de los Bueyes, cuando su familia huía acusada de pertenecer a la “Contra”. 

Actualmente está en Gales, Inglaterra, entrenando para participar en la competencia de boxeo, en la categoría de los 81 kg. En mayo salió de Muelle de los Bueyes, dejando a su madre y a su esposa, y derribó a muchos contrincantes hasta ganarse el derecho de participar en los Juegos Olímpicos 2012. No solo es boxeador, también entrena fútbol, y en el pasado fue basquetbolista.

A 254 kilómetros de Managua, sobre la carretera que va hacia El Rama, en el barrio Las Rosas, justo a 500 metros antes de llegar al puente bajo el que fluye abundante el río Mico, hay una lomita arcillosa donde está levantada una pequeña casa construida con ripios de madera, plástico y zinc. No hay allí una sola rosa. La casa es, más bien, la cara de la pobreza extrema de la que hablan los informes oficiales presentados en lujosos hoteles.

No tiene letrina, baño ni lavadero. Abundan allí las fotos familiares, uno que otro trofeo, y la bondad de sus moradores. A pocos metros, sobre la misma loma arcillosa, está un cuarto de madera de 3x2 donde vive un joven ebanista que dedica la mayoría de su tiempo al boxeo, pero que sueña con tener en el futuro un taller de ebanistería. Es un artesano que hace de las llantas, lapas coloridas.

Entre ambas construcciones rústicas hay unos cuatro palos de madera enterrados. Amarrado a uno de ellos, en posición vertical, sobresale un asiento de moto que un día fue negro. Ese vetusto banco que alguna vez dio comodidad a un motorizado, ha sacado de apuros al ebanista. Es su sandbag, y ha sufrido los golpes de este hombre fuerte que hoy a punta de jab, cruzados, ganchos y uppercut, clasificó para la cita olímpica en Inglaterra.

Al ebanista le dicen “Píldora”, porque en su adolescencia, cuando trabajaba el machete, quiso alegrar a unos compañeros de jornada bailándoles y cantándoles una canción que hablaba sobre la píldora del amor.

El muchacho es hermano de “Pildorita” y “Pildorón”, e hijo de Carmen Amador, quien este día no salió a las calles a vender su atol debido a que le aqueja un dolor crónico en el estómago. “Píldora” no lo sabe. Hace seis días la llamó desde Gales. Ella estaba subiéndose a un taxi cuando repicó el teléfono y tuvo que hacerse la fuerte para que su hijo no percibiera que el dolor la tiene mal. No quiso desconcentrarlo, dice.

“Píldora” es un personaje en el pueblo. Lo conocen por sus tiempos de basquetbolista en el barrio San Sebastián, adonde entró por corpulento y alto, y donde aprendió a hacer tapones, convirtiéndose luego en un gran defensor. Lo conocen también por ebanista. Por futbolista de “Los Fénix”. Y ahora: por ser un boxeador de renombre que “cruzó el charco”.

Los que lo conocen dan fe de su seriedad, de su disciplina. Hay muchachas que han bailado con él en el “Arcoiris”, y que jamás le conocieron una sonrisa. Nereida, su pareja y la madre del pequeño Osmar, de un mes, no menciona la alegría entre las cualidades del boxeador, quien antes de irse repartió entre ella y su madre los viáticos que le dieron.

Osmar Bravo, “Píldora”, de 27 años, ríe poco o nada. Tiene cara de piedra, enormes puños, y su mamá, la personificación de la tristeza y de la humildad, lo admite a medias.

Es cierto, dice la señora, quien a ratos llora porque no le gusta recordar cómo fue la infancia de “Píldora” en aquellas montañas donde está asentada la comunidad Las Pavas. Era 1984, y Nicaragua estaba en guerra. Un día llegó a visitarlos un familiar que estaba involucrado en la contrarrevolución. Ese día se terminó la paz y empezó la persecución política. La mamá del ebanista está llorando y no puede seguir recordando la historia del joven, quien nació en la comarca Santa Fe, de Nueva Guinea.

La Escuela de Boxeo “Los Tigrillos”, Muelle de los Bueyes, no tiene domicilio. Hoy practican en el kiosco del parque, mañana en un predio baldío, y pasado mañana en una casa prestada por la Alcaldía. En esa casa se quedan un tiempo, pero luego hay que desalojarla, entonces vuelven a la calle, al patio desocupado, al parque. Así funcionan desde hace ocho años. Así “Píldora” refinó su talento de boxeador.

La escuela improvisada cuenta con dos caretas, dos pares de guantes, un par de mascotas y 25 chavalos, que por el día trabajan en el campo, hacen mezclas, pegan bloques y trabajan para la Alcaldía haciendo calles. No tienen sandbag ni como el de “Píldora”. Menos un ring. Mucho menos dinero. Lo único que les sobra es entusiasmo.

Hamigton Barquero, de 20 años, es de los íntimos de “Píldora”. Hace cinco minutos le pidió permiso al jefe de obra para dejar la pala y dar la entrevista. Ellos “esparrineaban” juntos en el patio de doña Carmen, y corrían cuatro kilómetros diarios. Hoy entrena con mayor entusiasmo. Entrena pensando en “Píldora”.

El entrenamiento de hoy está empezando. Comenzó antes, así que algunos no podrán venir, pues sus patrones no les dieron permiso. “Somos la mera raíz con él”, dice uno de los chavalos mientras está quitándose las botas y poniéndose un short para empezar el entrenamiento en el kiosco del parque.

Hace poco, cuenta Rolando Lanzas Crovetto, vicepresidente de la escuela, hicieron una cartelera. Cobraron 20 pesos por la entrada, y cada boxeador se ganó 120 pesos. Algunos ya han ganado medallas en torneos municipales. “Somos un pueblito, pero tenemos grandes talentos”, comenta Lanzas Crovetto.

El alcalde de Muelle de los Bueyes, Gilberto Pérez, suele ayudar estos noveles boxeadores. “Osmar es una virtud de Muelle, ha sobresalido aun con muchas dificultades”.

El profesor de matemáticas del Instituto de Muelle de los Bueyes, Mario Vivas, fue quien metió a “Píldora” al baloncesto. “Sería ventajoso meterlo porque es alto y corpulento”, le comentó entonces a un amigo. Así es que lo convencieron. Sabían que Osmar atajaba las dificultades económicas metido en el deporte.

Siendo adolescente, su madre viajaba a Tipitapa tras la promesa de un solar que jamás le dieron. Él se quedó viviendo en la iglesia Jordán, y desde entonces se dedicó al deporte.

A Osmar lo conocía de la escuela. “Es muy humilde, muy popular, muy apreciado”, cuenta el profesor Vivas. Cada triunfo de “Píldora” se sabía en el pueblo con una velocidad pasmosa. Él llamaba a su mamá desde donde estaba para avisar cómo iba, y luego se regaba la bola. Desde Brasil informó que había perdido ante un contrincante clave, luego les avisó que había ganado ante otro y lo mejor: que estaba clasificado para los Juegos Olímpicos de Londres. En el pueblo quisieron premiar su perseverancia.

La banda del colegio se organizó y ubicó en la entrada junto a los colegiales, que estaban estructurados en bloques. En los barrios se recolectó dinero para comprar pólvora, y a las cuatro en punto la mitad del pueblo esperó a Osmar, quien aquel día salió de Managua en el bus de las 10.

Cuando se bajó del bus, el alboroto empezó. Lloró, sacó sus medallas y los recortes de periódicos donde hablaban de su hazaña. Encabezó la caminata hasta el otro lado de la ciudad. Ese día, su madre dejó la tristeza. “Osmar es nuestra gran esperanza”, dice el profesor Vivas.

El adolescente a quien su hermano le enseñó a defenderse boxeando, y que luego dejó el fútbol para dedicarse enteramente a ser púgil porque consideró que el balompié no iba con él, es esperado en su pueblo como se espera la fiesta patronal.

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