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Roma 1960

Es el día del Maratón en los Juegos Olímpicos. Por las calles, atravesando lugares históricos y saludando monumentos, un atleta africano con su corazón rugiente, alma de fiera y determinación espartana, va corriendo descalzo en busca del Arco de Constantino con el propósito de ganar el oro olímpico. Los que lo ven pasar, como si un viento de furia controlada lo estuviera empujando hacia la grandiosidad, se muestran genuinamente impresionados, y sienten dolor en sus pies, no él, Abebe Bikila, perteneciente a la guardia imperial de Etiopía, nacido en agosto de 1932, desconocido hasta ese día como atleta de elevado nivel de competencia.

Claro que tenía experiencia. No corres descalzo, si la piel de tus pies no está cubierta con la suficiente callosidad. Bikila, quien desde muy pequeño cuidaba rebaños, no encontró zapatos que se adecuaran con la comodidad requerida al formato de sus pies, y decidió correr sin ellos, como lo hacía en los campos, ahora por más de 40 kilómetros.

El marroquí Rhadi Ben Addesellem lo retó durante 20 kilómetros, hasta que Abebe, como recibiendo un soplo divino, comenzó a distanciarse, y acercándose al final de la ruta, realizó un sprint espectacular convirtiéndose en el primer africano en ganar una medalla de oro olímpica.

Cuatro años después, en Tokio, ya con zapatos, repitió la proeza superando otra enorme dificultad: seis semanas antes en aquel 1964, fue operado de apendicitis, y su fase de adiestramiento fue sometida a drásticas modificaciones, haciendo pensar que no conseguiría el óptimo estado atlético. Chequeen el video. Fue a fondo desde el propio arranque y cerró tan fuerte, que estableció una nueva marca mundial con dos horas, doce minutos y once segundos, obteniendo su segundo oro olímpico en la devastadora prueba.

Regresó al escenario en México 68, pero afectado por una lesión en la rodilla, y el hecho irreversible que ya no era el mismo, abandonó en el kilómetro 17 provocando lamentos. Ese mismo año, consecuencia de un accidente automovilístico, quedó paralizado de la cintura hacia abajo, reducido a una silla de ruedas.

El precursor de los grandes fondistas africanos acaparadores de medallas, murió en 1973, víctima de una hemorragia cerebral a los 41 años. Las huellas que dejó son indestructibles.

 

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